30 de octubre 2006 - 00:00

El triunfo de un líder inoxidable

Los sectores humildes brasileños ven al presidente Lula da Silva como un hijo del pueblo, capaz de hablar su propio lenguaje y de entender sus necesidades.
Los sectores humildes brasileños ven al presidente Lula da Silva como un hijo del pueblo, capaz de hablar su propio lenguaje y de entender sus necesidades.
Brasilia - Si algo ha demostrado Luiz Inácio Lula da Silva durante los últimos cuatro años, es que sabe caminar como un equilibrista sobre el filo de una navaja y que su campechano carisma es una carta electoral casi imbatible en Brasil.

A mediados del año pasado, cuando las denuncias arreciaban contra el gobierno y el Partido de los Trabajadores (PT), muchos llegaron a contar los días que faltaban para la destitución del jefe de Estado.

Hace un mes, acarició la reelección en primera vuelta, pero el festejo se le atragantó por otro escándalo en el PT, que forzó una nueva elección y puso en duda sus posibilidades de triunfo.

Sin embargo, Lula se repuso como el año pasado, cuando la corrupción descabezó al PT y llevó ante la Justicia a sus entonces ministros José Dirceu y Antonio Palocci, compañeros de dos décadas de vida política.

Este incombustible sindicalista de 61 años está casado con Marisa Leticia Rocco, madre de tres de sus cuatro hijos.

Abrevó en el marxismo, se curtió luchando contra la dictadura en los años 70 y sabe de adversidades desde su infancia, en el interior de Pernambuco, un pobre estado del miserable nordeste brasileño.

Nació en 1945, pero no sabe si fue el 6, como dice el registro, o el 27 de octubre, como decía su madre, muerta en 1980.

Su padre, el analfabeto Arístides da Silva, tuvo 22 hijos con dos mujeres: Lindu, la madre de Lula, y Valdomira, prima de la anterior, con la que huyó a San Pablo cuando faltaba un mes para que naciera el actual presidente.

Todos llegaron a convivir en un cuarto en San Pablo, donde a los cinco años conoció a su padre y a los siete empezó a trabajar, vendiendo tapioca y naranjas en un muelle. Fue limpiabotas y acabó la primaria en 1956.

Fue el primero de la familia con un título, el de tornero mecánico, que es el único que puede colgar en su despacho.

A los 14 años se empleó como tornero y en 1966 entró al sindicato metalúrgico de Sao Bernardo, desde cuya presidencia lideró el mayor movimiento obrero de la historia brasileña.

En 1980, con la apertura política, Lula se juntó con un centenar de obreros e intelectuales para fundar el PT, nacido trotskista y hoy ubicado más al centro que a la izquierda.

Fue candidato presidencial del PT en 1990, 1994, 1998 y 2002, año en que llegó al poder con 52 millones de votos, enfundado en sobrios trajes y con un lema de «paz y amor» que hizo olvidar al desaliñado barbudo que pregonaba socialismo y revolución.

  • Enemigo inesperado

    En sus primeros meses de gobierno, llevó a las primeras planas de los diarios la cara africana de Brasil y paseó a su gabinete por las regiones más pobres del país, para que sus ministros de «buena cuna» sintieran el olor de la pobreza. Sin embargo, en lo económico no dudó en abrazar la ortodoxia. En la izquierda, dentro y fuera del PT, lo llamaron «neoliberal», pero los ignoró a todos.

    Hasta mediados del año pasado, nadie ponía en duda su reelección, pero se le cruzó el enemigo más inesperado: uno de los mayores escándalos de corrupción que se recuerden en Brasil, centrado en el PT y en sus más fieles escuderos. Apareció entonces el Lula pragmático.

    Se dijo traicionado, desmarcó al gobierno del PT para dar ingreso a partidos de centro y derecha, y hasta sostuvo que «jamás» fue de izquierdas, sino sólo «un sindicalista».
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