Dividir para reinar: ¿a quiénes les habla el candidato Trump?

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Embiste contra China, la izquierda y los que protestan contra el racismo. Coquetea con los supremacistas y se encierra en un núcleo duro cada vez más reducido. La economía, clave. ¿Llega a tiempo?

El discurso que pronunció Donald Trump por el día de la independencia de los Estados Unidos sorprendió a los analistas por su tono agresivo, que puso en la vereda de enfrente a enemigos tales como China, la “izquierda radical” y hasta a quienes protestan contra un racismo enquistado en las fuerzas policiales del país. La sorpresa, en un punto, no debería ser tal a esta altura. ¿Acaso ese estilo no le alcanzó para ganar las elecciones de 2016? El suyo es, al fin y al cabo, un discurso populista de manual, solo que cuatro años después –desgaste, pandemia y caída de la economía y el empleo mediante,– parece hablarle a un “pueblo” más chico, tal vez insuficiente para encarar la aventura de la reelección.

Es cierto que los discursos presidenciales de cada 4 de julio están diseñados para que se hable de unidad nacional; eso hace que la cuerda que toca hoy el jefe de la Casa Blanca resulte más disonante. Su America first (“Estados Unidos primero”) sigue presente, solo que la encarnación de ese ideal apela hoy a menos estadounidenses, situación que le urge cambiar conforme se acerca el 3 de noviembre.

El discurso populista, ya sea progresista o conservador, se caracteriza por algunos elementos básicos: un líder, un mito fundante, el nacionalismo, la identificación de un enemigo externo con agentes interiores y un pueblo al que se apela sin mediaciones institucionales y de modo emocional.

El líder es el propio Trump; ¿quién si no? El mito, su triunfo de hace cuatro años contra “Washington”, símbolo del establishment y de un sistema podrido. El nacionalismo le moja la camisa a medida que habla. El enemigo externo, China y una globalización que empobrece a los trabajadores y a la clase media estadounidenses. El problema es el pueblo, que parece habérsele achicado de golpe.

El foco del discurso trumpista siempre fue el ciudadano blanco, de clase media empobrecida o trabajador perjudicado por la deslocalización industrial y una prologada caída de ingresos. Hombre, además, de valores conservadores, poco politizado y residente de los Estados Unidos profundos, no de las costas más cosmopolitas. Sin embargo, esas es una estilización y el secreto de su éxito de 2016 fue que logró que ese núcleo duro no excluyera a otras categorías de enojados con “el sistema”, demócratas desencantados y personas recelosas de la figura de una Hillary Clinton con demasiada historia y demasiados enredos a cuestas.

De hecho, según bocas de urna posteriores a esos comicios, si bien perdió por 12 puntos porcentuales entre las mujeres y por 80 entre los negros, su desempeño en esas categorías no empeoró lo hecho antes por otros candidatos republicanos. Es más, entre los afroestadounidenses y los hispanos fue superior al que registró Mitt Romney en 2012 frente a Barack Obama. Lo justo y necesario.

Un problema para él es que no puede darse ahora el lujo de ninguna fuga. Su victoria de hace cuatro años fue tal en el Colegio Electoral, no así en votación popular, lo que achica su margen.

En los últimos años y meses, sin embargo, pasaron cosas. Su modo de hacer política –divisivo, populista– encuentra mucha resistencia en Estados Unidos, un país de instituciones fuertes y una prensa difícil de doblegar, que ha ventilado sus demasías y escándalos. La economía experimentó un auge impactante y el desempleo cayó al 3,5% en febrero, pero la pandemia se ensañó particularmente con Estados Unidos debido a su desaprensión. Muchos se sensibilizan por el hecho de que el país ha sido el más golpeado del mundo por el nuevo coronavirus, con unas 130 mil muertes, un cuarto del total global, pero más todavía han sufrido por la pérdida de sus puestos de trabajo.

Flexible, con amplia libertad de despido, el mercado laboral estadounidense es extremadamente sensible a los shocks externos. Las cuarentenas aplicadas en los estados ante la indolencia del Gobierno federal, la saturación de los centros de salud en estados clave y una retracción esperable de los consumidores en un contexto de miedo llevaron a la pérdida súbita de 46 millones de empleos, tendencia que comenzó a revertirse pero que todavía arroja un saldo fuertemente negativo, con una desocupación que terminó junio por encima del 11%.

La credibilidad del líder está dañada y así lo demuestran encuestas de intención de voto que lo ubican muy detrás del poco atractivo Joe Biden, números que, si se repitieran el noviembre, harían que no haya Colegio Electoral que valga para el oficialismo.

Desde los jardines de la Casa Blanca, Trump rompió el sábado con el protocolo unificador de todos los 4 de julio y repartió palos para todos.

"Hemos sido golpeados por el virus que vino de China”, señaló, a la vez que denunció a ese país por supuestamente haber ocultado la crisis en sus inicios, algo por lo que, aseguró, “tendrá que rendir cuentas”.

"Logramos muchos avances (contra el COVID-19). Nuestra estrategia está funcionando", dijo a quienes ven con inquietud cómo los contagios acumulan récords en estados del sur y el oeste, varios de los cuales –Florida, por empezar– serán decisivos para su suerte electoral. La cura, prometió, estará a disposición "mucho antes del final del año”. Más le vale.

"Cuanto más mientan, cuanto más calumnien, más vamos a trabajar para decir la verdad y más vamos a vencer”, les dedicó a la prensa y a los demócratas.

"Estamos en camino a derrotar a la izquierda radical, a los marxistas, a los anarquistas, a los agitadores, a los saqueadores y a gente que en muchos casos no sabe para nada lo que está haciendo", disparó contra muchos protagonistas de las protestas que siguieron al asesinato policial del afroestadounidense George Floyd. Una vez más, el discurso de ley y orden prevaleció sobre la condena al racismo o sobre la intención de reformar fuerzas de seguridad podridas hasta la médula por esa enfermedad, algo que, seguramente no molesta solo a los revoltosos.

"Es por eso que homenajeamos a generaciones de héroes estadounidenses cuyos nombres están en los monumentos, en las páginas de historia y en los corazones de la gente. Por eso nunca permitiremos que una muchedumbre enojada borre nuestra historia y derribe nuestros monumentos”, enfatizó, en clave nacionalista, pero de espaldas a muchos ciudadanos que, si bien no acuden a derribar estatuas, participan de un debate social intenso que pone en cuestión a personajes vinculados al pasado esclavista. Pocos días atrás, debió deshacer retuits de videos de contenido supremacista blanco, flirteos que aplaude una tribuna pequeña, pero que espantan a muchos de quienes pudieron haberlo votado en su momento.

Si el secreto del discurso populista es romper una supuesta armonía y dividir a la población entre amigos y enemigos, acaso Trump esté en problemas. En el último 4 de julio de su mandato, se mostró tan desafiante como siempre, pero crece la percepción de que le habla a un núcleo duro cada vez más pequeño, blanco, masculino y conservador. Deja cada vez menos espacio para incluir en su “pueblo” a centristas, demócratas con tendencia a la defección, ciudadanos que deploran el racismo… Sin hacer mucho –acaso porque no tenga demasiado para dar–, Biden flota.

Una recuperación decidida de la economía sería su tabla de salvación. Sin embargo, el rebrote de COVID-19 es un problema y acaso dependa de la vacuna que promete para que el regreso del frío y la apertura de las urnas le eviten una nueva oleada del virus, más confinamientos y la prolongación de limitaciones a la actividad.

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