EEUU: recrudece el monstruo del racismo

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La población afroestadounidense vive en condiciones propias de un país subdesarrollado, algo que los ocho años de administración del demócrata no cambió. Trump, el fuego y la nafta. Noviembre.

Barack Obama culminó el 20 de enero de 2017 sus dos mandatos en la Casa Blanca dejando un legado discreto en términos de la promoción racial que se esperaba del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos. Además, el hecho de que haya transferido el poder al populista de derecha Donald Trump resulta revelador de hasta qué punto su gestión no logró mejorar sensiblemente los estándares democráticos ni los niveles de equidad social. Fue, al cabo, una esperanza frustrada.

Su reacción ante el asesinato en Minneapolis del ciudadano negro George Floyd a manos del policía Derek Chauvin es reveladora de la extrema formalidad de su enfoque. Aunque obligadamente responsable en sus declaraciones en medio del levantamiento popular de parte de la población negra, Obama emitió un comunicado tibio en el que señaló que “tenemos que recordar que, para millones de estadounidenses, ser tratados de modo diferente según su raza es trágica, dolorosa y enloquecedoramente ‘normal’, ya sea al tratar con el sistema de salud o al interactuar con la justicia criminal, al trotar por la calle o simplemente al mirar pájaros en un parque”.

“Esto no debería ser normal en los Estados Unidos de 2020. Si queremos que nuestros hijos crezcan en una nación que vive conforme a sus más altos ideales, podemos y debemos hacerlo mejor”, añadió.

“Recaerá principalmente sobre los funcionarios de Minnesota asegurarse de que las circunstancias que rodean la muerte de George Floyd sean investigadas y se haga finalmente justicia. Pero recae sobre nosotros, al margen de raza y ocupación -incluidos la mayoría de hombres y mujeres en las fuerzas de orden que hacen con orgullo y correctamente su trabajo cada día- trabajar juntos para crear una ‘nueva normalidad’”, culminó.

La maniobras de estragulamiento no son una novedad para las policías de los Estados Unidos. Incluso en tiempos de Obama, en julio de 2014, se recuerda cómo efectivos, filmados al igual que el asesino de Floyd y sus cómplices, estrangularon en Nueva York al afroestadounidense Eric Garner. Lo que siguió fue un levantamiento tan extendido y violento como el actual y, como este, inevitablemente pasajero. Nada pasó en el medio, salvo la frustración de la “revolución Obama”.

La violencia debe ser condenada cuando toma la forma de una reacción vandálica y más aún cuando es aplicada por el Estado a través de sus fuerzas de seguridad. Con todo, debe llamar a la reflexión el hecho de que, si los disturbios de las últimas noches no se hubiesen producido, el oficial predestinado por el apellido probablemente seguiría en su casa. En efecto, Chauvin mató a Floyd el lunes 25 de mayo, los disturbios estallaron esa misma noche y, si bien ya había sido separado de la Policía de Minnesota, recién fue detenido el viernes 29 bajo cargos de homicidio en tercer grado (que se produce sin intención de matar pero con “depravada indiferencia” ante los efectos de la acción que lleva a la muerte) y de homicidio involuntario en segundo grado (cuando alguien comete un acto sin reparar en el riesgo letal que conlleva). La primera figura implica una pena máxima de 25 años, aunque las sentencias efectivamente aplicadas suelen imponer la mitad de eso. La segunda, oscila entre una condena que va de un mínimo de uno a tres años y una máxima que oscila entre los cinco y los quince. Especialistas dicen que, si fuera encontrado culpable, algo que no es seguro dados los antecedentes de la Justicia estadounidense al tratar casos de brutalidad de policías blancos cometidos contra minorías, Chauvin podría ser encerrado por doce años.

El 8 de noviembre de 2016, Ámbito publicó una entrevista a Hawk Newsome, entonces presidente del movimiento Black Lives Matter (“Las vidas de los negros importan”) en Nueva York (leer aquí). En la misma, realizada en el marco de la cobertura de los comicios que ganaría Trump, este justificaba su militancia por la abstención en el hecho que de la entonces candidata Hillary Clinton “prometió justicia para las familias de las víctimas, pero eso es hipócrita, porque ella fue parte de esta administración (de Obama). Tenemos un presidente demócrata, negro, y aun así mucha gente sigue muriendo”. “Seguimos sufriendo con este presidente negro. Votamos por un superhéroe, pero lo que conseguimos fue un hombre”, agregó.

En efecto, los indicadores sociales de la población afroestadounidense no variaron demasiado en los ocho años de Obama y siguen siendo propios de países subdesarrollados, indignos de la potencia que es Estados Unidos.

De acuerdo con un artículo publicado en febrero último por el Center for American Progress (ver aquí), desde que comenzaron a confeccionarse estadísticas sobre el desempleo entre los negros en 1972, ese indicador “habitualmente ha más que duplicado el de la población blanca”.

En tanto, un estudio de 2017 de la Universidad de Stanford titulado “Inequidad social en empleo e ingresos después de encarcelamiento” (ver aquí) consignó que la tasas de detenciones es “entre cinco y ocho veces más altas entre los afroestadounidenses que entre los blancos”.

Según datos oficiales de 2018, el 22% de los negros de los Estados Unidos vive en la pobreza, contra el 9% de los blancos. Asimismo, sus chances de vivir en zonas de recursos públicos de salud insuficientes son 70% mayores que los de la población blanca.

No sorprende así que la pandemia de Covid-19 también se cebe hoy con los más frágiles. Según el APM Research Lab (ver aquí), de acuerdo con datos de 40 estados y del distrito federal, la cantidad de negros muertos por ese mal es de 54,6 por cada 100.000 habitantes, contra 24,9% de los latinos y 22,7 de los blancos. El Center for American Progress citó un viejo dicho: “Cuando los blancos se resfrían, los negros tienen neumonía”.

Trump condenó la muerte de Floyd, pero su reacción ante los disturbios, antes que la voluntad de apaciguar, equivalió a echarle nafta al fuego.

El viernes tuiteó que “estos matones están deshonrando la memoria de George Floyd y no dejaré que eso suceda. Acabo de hablar con el gobernador (de Minnesota) Tim Walz y le dije que el ejército estará totalmente con él. Ante cualquier dificultad, asumiremos el control pero, cuando comiencen los saqueos, comenzarán los tiros. ¡Gracias!”. La red social, en guerra con el republicano, añadió debajo del mensaje una leyenda que advierte sobre su “incumplimiento de las reglas de Twitter relativas a glorificar la violencia”.

Pero el hombre no se quedó en eso. Después de que los desórdenes llegaran a la puerta misma de la Casa Blanca, el sábado tuiteó: “Los así llamados ‘manifestantes’, manejados profesionalmente, pudieron hacer poco ante la Casa Blanca contra la memoria de George Floyd. Fueron solo para crear problemas, pero fueron fácilmente manejados por el Servicio Secreto. ¿Hoy, entiendo, hay noche MAGA en la Casa Blanca?”.

“MAGA” es Make America great again, o “hagamos grande de nuevo a Estados Unidos”, su eslogan de campaña. Literalmente, Trump convocó a sus simpatizantes para que se enfrentaran, si fuera necesario, con los manifestantes.

El hombre está otra vez en campaña y no se anda con miramientos. En noviembre enfrentará a Joe Biden, el vicepresidente moderado de Obama. ¿Será que este tiene algo diferente para ofrecer en materia de igualdad racial?

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