23 de marzo 2007 - 00:00

Europa, del sueño a una crisis impensada

El alcalde de Roma, Umberto Tupini (parado a la derecha), lee ante los delegados de losseis países firmantes el documento fundacional de la Comunidad Económica Europea. Elbloque, hoy de 27 miembros, celebrará el domingo su primer medio siglo de existencia.
El alcalde de Roma, Umberto Tupini (parado a la derecha), lee ante los delegados de los seis países firmantes el documento fundacional de la Comunidad Económica Europea. El bloque, hoy de 27 miembros, celebrará el domingo su primer medio siglo de existencia.
Bruselas -. Llovía sobre el Capitolio de Roma aquel atardecer de marzo en que los tratados que fundaron la Comunidad Económica Europea y Euratom pasaron para la firma, de mano en mano, de belgas a franceses, de franceses a alemanes, de alemanes a italianos, de italianos a holandeses y de holandeses a luxemburgueses. El primer ministro anfitrión, Antonio Segni, animaba a sus colegas con un augurio meteorológico: «Sposa bagnata, sposa fortunata» (novia mojada, novia afortunada).

El 25 de marzo de 1957, los seis Estados sólo se comprometían a una futura unión donde bienes y ciudadanos circularan libremente, pero las expectativas eran mucho más altas. Las campanas de la torre capitolina repicaron poco antes de las siete para anunciar el pacto en la Sala degli Orazi e Curiazi, ante un fresco que representa el final de la guerra en la antigua Roma. Era lunes, pero se habían suspendido las clases y los romanos celebraban la primera gran fiesta europea retransmitida por televisión. El alcalde de Roma, Umberto Tupini, vaticinaba «un siglo de unión en paz, libertad y prosperidad». A los 50, la novia se ha convertido en mucho más que un mercado común y ha cumplido el pronóstico de Tupini.

Entre los seis miembros que reunían a 160 millones de personas y los 27 con más de 494, ha transcurrido una historia de unificación y refuerzo de las instituciones comunes, pero la entidad política que se predecía como la «salida natural» avanza con muchos obstáculos.

La ambición del 57, pese al rechazo de la Comunidad Europea de Defensa en la Asamblea francesa tres años antes, falta ahora entre políticos reticentes a Bruselas y poco convincentes al vender Europa a sus ciudadanos. La excusa de la crisis ha servido para renguear casi dos años, desde el no de Francia y Holanda al Tratado Constitucional que hubiera abierto la puerta a una mayor integración, con Javier Solana como ministro de Exteriores (con más poderes y, sobre todo, presupuesto) o un Parlamento Europeo menos simbólico, además de reducir el número de comisarios y simplificar las votaciones.

El primer ministro belga, Guy Verhofstadt, auguraba en una entrevista una reacción como la de los 50, cuando de un fracaso salió la CEE. «Frente a los titubeos, algunos tuvieron el coraje de actuar y ofrecer una comunidad europea. Lo que necesitamos hoy es exactamente lo mismo. Es normal que, cuando hay un contratiempo, algunos líderes se echen para atrás y no quieran hablar de la Constitución. La respuesta ante la crisis es más Europa, no menos», explicaba.

Pero entre los Veintisiete abundan más rebeldes Kaczynskis o anodinos Balkenendes que fuertes Adenauers o idealistas Schumans, y los sueños de paz y unión se han sustituido por los de provecho y nacionalismo. El desánimo europeo ya no obstaculiza tanto el proyecto como la relación entre los Estados miembros, enfrentados sea por los Balcanes, Rusia, Afganistán, el derecho de los presos a cumplir condena en su país o la investigación con células estaminales. La última oleada de la ampliación, lo que los anglosajones consideran el gran logro -o más bien el único-de la UE más allá del mercado común, se fía poco de los viejos y sus cantos europeístas.

  • Ventajas económicas

    «El problema es que, una vez superado el entusiasmo inicial al entrar, los países ven la UE simplemente como un sitio donde vas y sacas una serie de ventajas económicas. No se dan cuenta de que la Unión es percibida fuera como una entidad política que debe actuar», comentaba, entre suspiros, un diplomático después de uno de los muchos cónclaves en
    Bruselas bloqueados por intereses nacionales.

    Antes del Tratado de Roma, los Seis debatieron qué impulsar primero, si la integración política o la económica, y, al final, se impuso la teoría de Jean Monnet, que predecía una unión mercantil como preámbulo al resto. La Comisión Europea es ahora la institución económica más poderosa del Viejo Continente y, pese a sus limitadas competencias en Justicia o Interior, genera casi 80% de las leyes aprobadas en los Veintisiete.

    A falta de carisma y discursos creíbles, con líderes en desbandada y una retórica y pasiva Comisión Barroso, la modesta hija de un pastor protestante de la Alemania comunista puede ser la respuesta. La canciller Angela Merkel, quien hace sólo unos meses miraba tímidamente al histórico Chirac o a la estrella Tony Blair, se ha convertido en casi el único punto de referencia por su empeño en un nuevo tratado que dé el siguiente paso, aunque sea mínimo, hacia una mayor integración.

    La canciller lucha también contra la sensación de pérdida, acuciada por el intrínseco pesimismo europeo. Pero la supuesta debacle es sólo una más, desde la silla vacía -cuando Francia boicoteó las reuniones-.

    Algunos intentan negarlo, pero, para el mundo exterior, la UE siempre ha sido política y siempre ha ido hacia adelante. El «New York Times» empezaba así su crónica del 25 de marzo de 1957: «Líderes de seis países de Europa occidental firmaron hoy la partida de nacimiento de una federación europea de Estados».
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