Alberto Fujimori durante su acalorado alegato
de ayer en el juicio que se le sigue por
violaciones a los derechos humanos. El fiscal
pidió 30 años de cárcel.
Lima (DPA, AFP, ANSA) - El modo vehemente con que Alberto Fujimori se declaró inocente ayer no sólo marcó la pauta de lo apasionado que será el proceso que se le seguirá por violaciones a los derechos humanos sino que, además, hizo que el acusado terminara en una camilla y con atención médica.
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«Rechazo los cargos totalmente. Soy inocente », gritó Fujimori casi fuera de sí, al término de la primera sesión del juicio en su contra, mientras el presidente del tribunal, César San Martín, le respondía en el mismo tono con un: «¡Aquí mando yo!».
Por momentos, durante su intervención parecía que el ex mandatario, de 69 años y con problemas viejos de presión arterial, iba a colapsar. Gritaba y la voz entrecortada daba señas de que el aire se le iba.
La vehemencia le ocasionó a Fujimori una crisis leve de hipertensión, acompañaba de un dolor en el corazón. Los médicos del Instituto Nacional Penitenciario consideraron entonces pertinente darle un reposo de 24 horas, con lo que la sesión programada para la tarde de ayer pasó para mañana.
Hasta antes de la intervención de Fujimori, todo marchaba dentro de la rutina. Con alegatos profundos pero expuestos con mesura y con un sinfín de menciones judiciales que invitaban a muchos al sueño, a pesar de tratarse de un momento cumbre en la historia del Perú.
Fue Fujimori el que subió los decibeles. «A raíz de mi gobierno se respetan los derechos humanos de 25 millones de peruanos, sin excepción alguna. Si se cometieron algunos hechos execrables los condeno, pero no fueron orden de quien habla», gritó.
Previamente, el fiscal José Peláez Bardales había pedido 30 años de cárcel para el ex mandatario y la imposición de reparaciones por 33,3 millones de dólares en el marco de un «megajuicio» por las matanzas de Barrios Altos en 1991 y La Cantuta en 1992, en las que 25 personas, entre ellos un niño, fueron ejecutadas por un grupo militar bajo sospechas de pertenecer a la guerrilla.
Fujimori, quien permaneció siete años prófugo en Japón y Chile, se mantuvo imperturbable mientras el fiscal hablaba. Cuando se le dio la palabra, tomó unos sorbos de agua y descargó lo que guardaba. Recordó a los gritos que recibió en 1990 «un país casi en colapso, agobiado, con 50% del territorio controlado por las huestes terroristas». Y trató de hacer una apología de su gobierno en medio de los llamados de San Martín a conservar la calma y respetar instrucciones.
Como aliviado tras hacerse oír, lució menos tenso y hasta se permitió unas sonrisas y unos gestos cariñosos con las manos hacia los tres hijos que lo acompañaban en la sala tras un vidrio blindado. Pero la procesión iba por dentro.
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