25 de julio 2006 - 00:00

Gozar de un departamento frente al mar... ¿Por cuánto tiempo?

Dentro de no mucho -70 años promedio- los más costosos departamentos del mundo, como los de Mónaco, la Costa Azul europea, podrían valer menos que una cabaña hoy en tierras altas, alejadas del mar. Sin ir tan lejos, los de Playa Grande, en Mar del Plata, o los de la costa, en Punta del Este, podrían tener la misma desgracia por el crecimiento del mar. El ingenio del hombre es amplio y podrían llegarse a mostrar departamentos en cota más alta demoliendo todas las viviendas costeras y construyendo sobre los escombros. Pero olvidémonos de las playas. Tanta calamidad podría registrarse en ciudades que hoy no se adaptan.

Para los científicos que siguen de cerca esta problemática, el desmonte tiene dos consecuencias directas. Por un lado al arrasar con los bosques se elimina un elemento que absorbe naturalmente el dióxido de carbono.Inundación producto del tsunami de 2004 que afectó a Indonesia causando la muerte de más de 200 mil personas. Hace unas semanas se produjo otro maremoto en la misma zona generando cientos de muertos y desaparecidos.
Para los científicos que siguen de cerca esta problemática, el desmonte tiene dos consecuencias directas. Por un lado al arrasar con los bosques se elimina un elemento que absorbe naturalmente el dióxido de carbono. Inundación producto del tsunami de 2004 que afectó a Indonesia causando la muerte de más de 200 mil personas. Hace unas semanas se produjo otro maremoto en la misma zona generando cientos de muertos y desaparecidos.
Un espectáculo insólito que observaron los miles de visitantes que acudieron a Alemania con motivo del Mundial de Fútbol: ultramodernos «molinos de viento». Se busca la energía eólica frente a la posibilidad medible en el tiempo de que se agoten los combustibles fósiles. En Japón se observa lo mismo en miles de viviendas con vidrios refractarios en sus techos en busca de la energía solar.

Lluvia en lugares donde no solía haberla, huracanes donde no deberían producirse, inundaciones y desastres naturales que derivan en epidemias son los síntomas del cambio climático que se está produciendo en el planeta. Son la consecuencia directa de la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera, lo que genera el «efecto invernadero».

Sólo en los últimos sesenta años esas emisiones se triplicaron, llegando hasta 6.900 millones de toneladas, lo que se relaciona estrechamente con el aumento de la temperatura promedio del planeta.

Según el presidente del Centro Argentino de Meteorólogos, Juan Manuel Hörler, «en el peor escenario posible las proyecciones muestran un aumento de temperatura para el año 2100 de entre 2° y 8°, lo que aumentará la virulencia de los fenómenos climáticos».

El cambio climático producido por la actividad humana y el aumento de la temperatura es consecuencia directa de la agresión al medioambiente. Lo que significa que de acá a aproximadamente 70 años podrían generarse inundaciones provocadas por el aumento del nivel del mar, con la consecuente desaparición de islas y ciudades costeras en todo el mundo.

Las industrias, algunas en mayor y otras en menor medida, son las principales contaminantes. Es cierto que muchas de las factorías instaladas reúnen los requisitos necesarios en cuanto a los valores de contaminación y cuidado del medioambiente. No obstante, hay casos en los que la coyuntura genera la instalación de algunas fábricas contaminantes en zonas en las que hay desempleo crónico.

Esto es, justamente, lo que denuncian quienes se oponen a la instalación de las papeleras Botnia y ENCE en Fray Bentos, que ha generado un punto de inflexión en la relación entre los habitantes de esa ciudad y los de su vecina argentina Gualeguaychú.

Yendo a lo general, a nivel mundial se están tomando medidas para prevenir el mencionado cambio climático, pero los avances en la materia dejan bastante que desear. El progreso más importante fue la firma del Protocolo de Kyoto, pero éste no fue ratificado por los dos principales países emisores de contaminantes: Estados Unidos y China.

La quema de combustible fósil es una de las principales causas de la contaminación. Es decir, el uso del deseado y hoy tan caro petróleo acarrea, al menos, dos consecuencias negativas.Por un lado quedan pocos años de reservas y, al ser un recurso no renovable, el precio aumentará exponencialmente (se estima que en la Argentina hay reservas descubiertas para no más de 12 años). Por otra parte, genera mucha contaminación.

  • Alternativas

    Una solución podría ser la utilización de energías «limpias» como la solar o la eólica. Al respecto, Hörler considera que «el noroeste argentino es muy aprovechable porque tiene zonas con muy poca nubosidad y reúne las condiciones para establecer paneles solares». «Además -agrega-, en la Patagonia tenemos lugares en donde el viento es constante y en los que la velocidad lo hace ideal para la utilización de la energía eólica.»

    Las dificultades radican en el costo relativamente elevado que tiene ese tipo de generación de energía, que se ha desarrollado más en países de elevado ingreso nacional y alta conciencia ambiental, como Alemania y Holanda. Para un país como la Argentina, en el que el costo de la energía es clave para el crecimiento económico, éste es un detalle no menor.

    Otro punto que destaca el meteorólogo es «generar carburante, porque si se genera energía eléctrica utilizando combustibles fósiles estamos en el mismo problema. Hay que generar electricidad a través de energía limpia y hay que cambiar el consumo de combustibles para el transporte por el hidrógeno».

    «Inyectar en la atmósfera estos contaminantes como el monóxido de carbono aumenta la densidad de esa capa gaseosa y, como consecuencia de eso, el calor que emite el planeta queda atrapado en la parte baja de esa capa y comienza a subir la temperatura», explicó Hörler. Ni más ni menos que el «efecto invernadero».

    Dicho todo esto, puede deducirse que el fenómeno del cambio climático no tiene nada de casual ni de natural, sino que, por el contrario, es producto de una política que, en algunos casos ignora los límites que el medioambiente impone a la sustentabilidad del desarrollo económico y a la explotación de los recursos naturales.

    El simple hecho de ver cómo se va «achicando» la selva del Amazonas con todo lo que eso significa en términos de desertificación y pérdida irrecuperable de flora y fauna con consecuencias a largo plazo, el desmonte de bosques, el fenómeno climático de El Niño y su hermana, La Niña, generan daños importantes. Por un lado se generan precipitaciones en abundancia -por El Niño- lo que provoca inundaciones, desbordes de ríos (hace unos meses el río Seco de Salta tuvo un desborde histórico generando anegamientos de ciudades), pérdidas de cosechas, entre otras cosas. Por otro lado, La Niña trae sequías que también generan pérdidas por la falta de agua.

    En tanto, hay una teoría que afirma que si la temperatura promedio del planeta aumentara 2° de aquí a fin de siglo, la situación va a ser irreversible. Para Hernán Carlino, responsable de la Unidad de Cambio Climático de la Secretaría de Medio Ambiente, es una postura un tanto exagerada, ya que «por más que hoy se dejara de emitir en 100% gases de efecto invernadero, el remanente en la atmósfera seguiría contaminando. Además estamos hablando de un fenómeno de crecimiento exponencial en los últimos doscientos años».

    La segunda consecuencia es que las raíces profundas de los bosques absorben el agua de las capas más bajas de la superficie terrestre. Al talar esos árboles y reemplazarlos, por caso, por grandes campos de soja -que tiene una raíz superficial- el agua no es debidamente absorbida y sube generando inundaciones.

    Para Hörler, el hemisferio que más sufrirá las consecuencias del cambio climático será el Norte, por la gran cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero que se producen allí. En contraposición, Hernán Carlino, considera que «no importa dónde se contamine, las emisiones ascienden a la atmósfera y las consecuencias se sienten en todos lados, sin importar el origen. Por eso, reducir emisiones en el Sur es equivale nte a hacerlo en el Norte».

    A esto apuntan los acuerdos internacionales de reparto de cargas, que otorgan a cada país -de acuerdo con su parte- una cuota determinada de gases a emitir, que permite al que debe excederse comprar un adicional no utilizado por otra nación, facilitando el mantenimiento de un equilibrio global.

    Una cosa es cierta: el mundo desarrollado tiene más posibilidades técnicas y de infraestructura para hacer frente a los fenómenos climáticos como huracanes e inundaciones, entre otros, mientras que los países en vías de desarrollo se ven seriamente comprometidos cada vez que se produce uno de esos fenómenos.

    «En 1900 había una emisión de 800 millones de toneladas de dióxido de carbono en la atmósfera, en 1950 se ascendió a más de 2.500 millones y ahora ronda los 6.900 millones. Es preocupante y hay que tomar medidas rápido para poder combatir este problema que nos afecta a todos», finalizó Hörler.
  • Dejá tu comentario

    Te puede interesar