16 de diciembre 2002 - 00:00

La inflación, talón de Aquiles del euro

Madrid - Si nos preguntan, todos daremos la misma respuesta: «Sí, con la llegada del euro ha aumentado el costo de vida». Lejos de ser una queja sin fundamento, la impresión generalizada se corresponde perfectamente con el estado de cosas que tenemos hoy, a punto de cumplir un año de inmersión en la moneda única.

A finales de 2001, en vísperas de la introducción del euro, tanto el gobierno como la Unión Europea hicieron todo lo posible por calmar los inquietos ánimos de los europeos. Aseguraron que la conversión al euro se haría con perfecto control del costo de vida y la inflación, que no había razón para temer un incremento de los precios. El Banco Central Europeo, haciéndose eco de los temores ciudadanos, llegó a emitir un comunicado tranquilizador, afirmando que realizaría un estrecho seguimiento de la unificación monetaria y que había que confiar en la tradicional estabilidad de los precios. A pesar de tanta declaración de intenciones, y a la modificación de la base del IPC a principios del año 2002 (variaron los productos que componen cada año la cesta de la compra y se incluyó, por primera vez, el período de rebajas de enero), entre los ciudadanos despertó la sospecha de que el gobierno no estaba tan tranquilo como aparentaba o decía estar.

Un estudio de la empresa AC Nielsen aseguró en el mes de febrero que el incremento de precios había sido mínimo, de apenas 0,5%, pero ya entonces los consumidores habían empezado a verle las orejas al lobo. Pocas semanas después, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) reveló los resultados del seguimiento de precios que había llevado a cabo desde setiembre de 2001: la vida se había encarecido en esos meses 3,6% y algunos servicios habían registrado subidas de hasta 10 puntos.

Con el paso de los meses, las cifras siguieron empeñadas en amargarle la vida a los españoles: en noviembre, la tasa de variación interanual del IPC se situaba en 3,9%: los hoteles, cafés y restoranes han subido 5,8%; el vestido y calzado, 9,1%; los alimentos, 5,2%; las bebidas alcohólicas y el tabaco, 4,6%.
Todo esto supone una inflación subyacente -excluyendo productos como los alimentos frescos y la energía, cuyas variaciones de precio dependen más de factores no estrictamente económicos- de 3,6%.

Además de la evidente pérdida de poder adquisitivo que han sufrido los consumidores, el baile del IPC y el encarecimiento de la vida, tan en contradicción con las promesas oficiales, no han contribuido precisamente a fomentar la confianza de los ciudadanos. El pasado mes de junio, la Federación de Consumidores y Usuarios de Andalucía realizó una encuesta en todo el territorio nacional titulada «El consumidor y el euro». Los resultados revelaron que 97% de la población consideraba que las administraciones no habían actuado correctamente para evitar las subidas de precios desde enero.

Los ciudadanos aseguraban, además, que la llegada del euro había beneficiado sobre todo a los empresarios, al Estado y a la banca, y confesaban que seguían teniendo problemas, seis meses después, para calcular precios en euros.Y aunque tal vez exageraban la magnitud del incremento de precios, la mayor parte de ellos tenía la sensación de estar siendo estafado cada vez que realizaba una compra. Tal vez tenían razón.

• Temor al redondeo

A finales de 2001, el principal temor de los consumidores era el redondeo, esa maniobra que puede incrementar en unos céntimos el precio de casi cualquier artículo. Pero con el paso de los meses, otros mecanismos resultaron más devastadores. En concreto, las maniobras de los comerciantes para mantener los precios psicológicos (que se supone atraen al comprador) a toda costa. Muchos comercios ya habían modificado (al alza, por supuesto) el etiquetado de sus productos a finales del año pasado, para que la conversión a euros significara las tan apreciadas cifras terminadas en cinco y en nueve.

Otro fenómeno bastante frecuente fue la búsqueda de cantidades redondas, que afectó especialmente a los pequeños artículos de consumo. De esta manera, una lata de gaseosa de una máquina expendedora que costara 150 pesetas a finales de 2001 tenía muchas posibilidades de pasar a venderse por un euro, lo que supone un incremento de nada menos que 10%.

También entró en juego, por supuesto, la picaresca comercial, que encontró terreno abonado para un incremento subterráneo de precios en las nuevas unidades monetarias y en la confusión de los compradores poco habituados a manejarlas.

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