La población no logra recuperarse del trauma
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Rolando yace en la camilla con el torso al descubierto y un continuo parpadeo que no le humedece el globo ocular. Se pensó en una conjuntivitis aguda, pero no segrega pus y no se le ha inflamado la córnea. ¿Qué pasa? «Desde el viernes sucede que a ratos todo se me borra, como si viera las cosas a través de una cortina. Cierro los ojos y aparecen patitas de araña. Los vuelvo abrir y de nuevo todo está envuelto en neblina», dice el muchacho con una voz arrastrada igual a la de los ebrios. Un oftalmólogo colombiano, que vino de voluntario, lo revisó y dijo que tiene los ojos algo irritados, como todos los vecinos, a causa del polvillo que flota y no decanta. Pero nada más que eso.
Mientras, Rolando, buen alumno e hincha del Sporting Cristal, tiene la obsesión de que se está quedando ciego y no se atreve a salir del perímetro del hospital de campaña. Su hermanito, de dos años, se le murió en los brazos cuando lo llevaba por la calle, pidiendo ayuda.
Enfrente de los toldos que hacen de pabellón y de las cajas de remedios, está la fachada del Hospital de Pisco, que fue diseñada y ejecutada por Franco y Alfio Cossio, arquitecto e ingeniero de origen italiano. Los hermanos trabajaron a conciencia y los resultados están a la vista: buena parte de la construcción resistió los 8 grados en la escala de Richter del terremoto. El techo se sostuvo sobre los robustos pilares pero las paredes y la planta alta se hundieron, junto con las camas, el aparato de rayos X y los enfermos, que no eran muchos.
El doctor Candelaria estaba viendo una película en Lima, cuando el suelo se encabritó; en cambio, la enfermera Patricia Suncabay atendía en la recepción del establecimiento pisqueño a un paciente asmático. «Veo la pantalla de las computadoras que se apaga y el tubo de neón lanzando chispas y luego todo se ennegrece. Al recobrar la conciencia, me encuentro sentada en el suelo; ya es de noche y el hombre que tosía ha desaparecido, pero su hoja clínica está allí. El suelo está partido en dos y de la grieta brotan quejidos y llantos. En las sillas de la antesala está sentada una mujer embarazada, con los brazos caídos y al costado, unas extremidades asoman de la techumbre que se sigue desprendiendo.»
Patricia sufrió un desplazamiento de cervicales y hematomas superficiales, pero no quiere ponerse el collarín porque le molesta para trabajar. «El Señor me perdonó la vida para que ayudase a mis semejantes, para que sea una buena enfermera y una buena madre, pero no sólo de mis hijos, sino de todos los niños de Pisco», susurra.
Por este pueblo y por todo el entorno, corrió la voz de que en Pisco existe un doctor caritativo que se ocupa de las dolencias que no tienen explicación clínica. Gracias a su misión precursora, el Ministerio de Salud resolvió enviar un equipo de psicólogos para socorrer a aquellos que andan como si se hubieran extraviado en su propio pueblo, desde que perdieron a un familiar o a un amigo en una batalla desigual contra las fuerzas de la naturaleza.




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