La última veleidad literaria del tirano

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Bagdad - Akram Hussein al-Fulfulisonríe cuando se le preguntapor la novela de Saddam Hussein. «No, aquí sólo vendemos cosas serias. Mire esta enciclopedia de 1899. Vale 1.000 dólares», dice frente al pequeño cubículo repleto de tomos que su padre inauguró en 1930.

La que se precia de ser la librería más antigua de Bagdad no es una excepción. La obra de Hussein es una rareza en el mercado de libros de Al-Mutanabbi, el principal de Bagdad. «Los únicos que se interesan por esa obra son los periodistas y los extranjeros», apunta Naim Mahdi, el propietario de Al-Shatri.

Uno de los escasos negocios que exhibe el texto es Al-Hanash. Todos son simples fotocopias encuadernadas. En la contraportada se lee: «El precio de la venta de este ejemplar se distribuirá entre los huérfanos y los necesitados». La novela está firmada de la misma forma que las tres anteriores. Con una rúbrica que dice: «El autor». «Saddam no ponía su nombre pero todo el mundo sabía quién las había escrito. Era un secreto muy mal guardado», bromea Karim Hanash, de 45 años.

La obra en cuestión -«Sal de aquí, maldito»- debía haberse comenzado a distribuir en vísperas de la invasión norteamericana de 2003.

Según la hija de Saddam,
Raghad, su padre concluyó el manuscrito el 18 de marzo de ese año, el día que comenzó la ofensiva.

Los cerca de 40.000 ejemplares que se habían impreso de «Sal de aquí, maldito» desaparecieron en medio del saqueo que siguió a la caída de Bagdad. El texto sólo reapareció en Irak a principios del presente año. «La gente se enteró del éxito que tenía en Jordania, y los que habían robado algún original comenzaron a hacer fotocopias», apunta Hanash.

• Renombre

En la vecina nación árabe, «Sal de aquí, maldito» se ha convertido en un título de renombre por su connotación política y especialmente después de que el gobierno jordano intentara prohibir su difusión. Sin embargo, el regreso literario de Saddam Hussein no parece haber tenido en Bagdad la misma repercusión, aunque su figura sí concita a incontables lectores.

«La novela es sólo una curiosidad, pero de libros sobre Saddam como 'El gobierno del campo' hemos vendido 2.000 copias en cinco meses. Es una obra que habla sobre sus crímenes», precisa
Ala Mohammed, dueño de La Casa del Libro Arabe.

La historia de
«Sal de aquí, maldito» semeja ser una alusión metafórica a un complot judeocristiano contra el mundo árabe personificado en Irak. El villano de la pieza no es otro que el judío Ezequiel, viejo y gordo, que por medio de oscuras maniobras consigue apropiarse del poder en Irak. El sátrapa tan sólo es derrocado cuando un puro y virtuoso árabe -Salim- consigue derrotarlo. Pero Ezequiel retorna apoyado por sus aliados romanos, una posible alusión a la coalición que luchó en la segunda Guerra del Golfo.

El final de la novela concluye con una estrepitosa debacle de Ezequiel y sus amigos romanos que, al llegar a su país de origen, descubren -curiosa referencia- que las dos torres gemelas de su capital están en llamas.

«Saddam no era
Naguib Mahfud (el gran autor egipcio). Algunos lectores pensaban que no era un buen escritor... Tenía un estilo un tanto pesado y ambiguo», escribió el lunes en el diario «Al-Shajed» (El testigo) su antiguo traductor al inglés, Saman Abdul Mayid.

Este último dedicaba un largo artículo precisamente a los intereses literarios de Saddam y sus cuatro novelas, que describe como «su jardín secreto, porque a través de ellas podía transmitir su pensamiento sobre cualquier tema a los iraquíes».

Adscrito al Ministerio de Información, Mayid aclara que uno de los cometidos de su departamento era abastecer de libros la biblioteca personal de Saddam siguiendo el listado que él mismo les enviaba.

«Comprábamos entre 200 y 300 libros cada año. Se inclinaba por los de historia, religión y por las biografías de personajes históricos. Le encantaba Stalin, Nelson Mandela y especialmente el general Charles de Gaulle.»


El último relato que solicitó fue un tratado sobre la guerrilla urbana y el Vietcong vietnamita firmado por Ho Chi Minh. «Quizás pensó aprender algo de sus técnicas. Nos costó mucho encontrar ese libro», refiere Mayid.

Según el traductor de Saddam, éste intentó imitar a los «califas abasíes» (la era de oro del imperio musulmán) y quiso erigirse en «un mecenas del arte».

Primero decidió cultivarse y, en 1998, solicitó que un poeta local le enseñara 2 o 3 veces por semana las normas de la rima. Su autocomplacencia era tal que en el discurso que ofreció en vísperas de la arremetida estadounidense se permitió introducir una de sus creaciones:
«Hay que sacar la espada sin miedo. Las estrellas serán testigos. Enciende el fuego y deja que alumbre la llama para aterrorizar al enemigo que quiere convertirnos en esclavos».

• Recompensas

Después, el tirano estableció todo un sistema de recompensas en metálico para aquellos poetas que escribían títulos nacionalistas. «Les daba entre 100 y 500 dólares. Era una gran cantidad de dinero en la época. Con dos poemas, un poeta podía ganar más que un ministro», apunta Mayid.

Todas estas excentricidades no consiguieron establecer a Saddam como un escritor de talla, aunque sus novelas eran distribuidas de forma cuasi obligatoria entre miembros del partido Baath y funcionarios. Su interés por la escritura se acrecentó conforme se aproximaba el final del régimen.

Su primera obra, «Zabiba y el rey», fue redactada en 2001. Fue con ella con la que Saddam inició el hábito de acogerse a un hipotético anonimato.
«El autor no quiere dar su nombre por humildad», se leía en las primeras páginas. El relato refiere la relación de una honesta muchacha y de un monarca traicionado por su entorno. La fémina es violada y asesinada el 17 de enero, fecha en la que comenzó la primera Guerra del Golfo. «A través de Zabiba, Saddam mostraba una idea del poder... Se recomendaba que el dirigente se acerque al pueblo. Zabiba consiguió que el rey, aislado, se acercara a la realidad de su pueblo. El problema es que Saddam no aplicaba esos principios en su vida real. Hacía todo lo contrario», añade Mayid en «Al-Shajed».

Poco después se publicó «El castillo fortificado» y, en 2002, «El hombre y la ciudad». Esta última fue una suerte de autobiografía.
«Todas eran superficiales... Parecían panfletos políticos», declaró recientemente el novelista egipcio Yousef al-Qaed.

Ala Mohammed, el librero de Bagdad, recuerda que de «Zabiba y el rey» se llegó a hacer una obra de teatro en la que se vieron obligados a participar los actores más famosos de la nación. «Fue su principal éxito literario», lo secunda con ironía Karim Hanash, que admite haber vendido 15 ejemplares este mes de «Sal de aquí, maldito». En Al-Mutanabbi, sin embargo, los propietarios de librerías coinciden en que la carrera literaria del ex dictador está llegando a su fin. «Espero que lo cuelguen rápido», dice Hanash.

Todos coinciden en que ésa será la sentencia del juicio que ayer comenzó en Bagdad pero Naim Mahdi no cree que su desaparición marque un punto de inflexión en la atribulada realidad iraquí. «La catástrofe seguirá con o sin Saddam», sentencia.

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