El triunfo de Lula implica una ruptura en la alternativa entre política y economía en la América latina de los años noventa, en que terminaba ganando el candidato más razonable para los mercados, porque al momento del sufragio la gente optaba por no arriesgar, privilegiando la estabilidad. Por su parte, las izquierdas eran percibidas como ineficientes para gobernar y esto generaba un voto calculado, que minimizaba la toma de riesgos.
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El péndulo comenzó su recorrido inverso con Chávez, con el crecimiento del Frente Amplio en Uruguay y, en la Argentina, con el acceso de la Alianza al poder. Lagos, en Chile, es de origen socialista, pero generó tranquilidad en base a mantener el rumbo económico que viene de gobiernos anteriores y la búsqueda de una relación más estrecha con Estados Unidos.
En lo ideológico, la victoria de Lula supone un giro en dirección al populismo, ciertamente menguado por la marcha acelerada de su movimiento en orden a convertirse en un partido socialdemócrata cuanto más se acercaba la fecha de elecciones.
Lo que habrá que observar es si ese perfil electoral se consolida en los hechos como una línea de gobierno y si este ejercicio de populismo reivindicativo consigue manejarse con más éxito que la Alianza en la Argentina. Como se sabe, partidos de corte similar alcanzaron altas capacidades de contrapeso e impedimento pero fracasaron invariablemente a la hora de gobernar. En su favor, Lula lleva casi treinta años construyendo poder y, a diferencia de nuestra Alianza, no arriba al gobierno en base a una mera concertación electoral sin mucha coincidencia programática posterior.
En el campo internacional, la propia personalidad de Lula y su enorme respaldo electoral lo habilitan inmejorablemente para continuar con la importantísima herramienta de la así llamada diplomacia presidencial, que primero Sarney y Alfonsín y luego mucho más Menem y Cardoso convirtieron en la principal herramienta de sus cancillerías. Un Mercosur aún invertebrado y sin instituciones propias y una alianza bilateral profundamente sentida pero aún no articulada, requieren de presidentes fuertes que se dediquen personalmente a la política exterior. En su relación con Estados Unidos seguramente primará el tradicional pragmatismo de ambas partes: es cierto que Lula está a la izquierda de Cardoso, pero también a la derecha de Chávez. En la medida en que Lula no consolide un frente antinorteamericano con Castro y Chávez, algo altamente improbable, el Departamento de Estado focalizará sus prioridades en los temas del ALCA, de Colombia y la Triple Frontera, en el marco de la ya casi centenaria relación especial de altísima confianza entre Washington y Brasil.
• Proyecto nacional
Una de las claves del mayor éxito brasileño que argentino a lo largo de casi todo el siglo XX reside en que sus sectores de poder siempre mantuvieron un proyecto nacional como política de Estado. Y, contestatario o no, Lula no viene sino a continuar el proyecto nacional desarrollista aplicado, con admirable coherencia, a través de todos los gobiernos desde Vargas en 1930.
El problema de hoy en día consiste en que ese modelo, suyo y no nuestro, con su carga de proteccionismo, subsidios y reserva de mercados comience a demostrarse agotado, en un escenario internacional donde la clave de la gobernabilidad pasa, precisamente, porque cada gobernante local consiga adaptar sus realidades nacionales a los vertiginosos requerimientos de una globalización inevitable.
Brasil es un país formidable con un enorme orgullo nacional y una larga continuidad en sus sucesivos gobernantes y en el poderoso empresariado industrialista de San Pablo. Lo que no obsta a que algunos índices exhiban, por ejemplo, que el producto bruto per cápita lleva quince años virtualmente estancado, que las exportaciones no aumentan significativamente y que este año el PBI apenas crecerá 0,6%, muy por debajo del promedio mundial, con un riesgo-país que ya ronda los dos mil puntos. Hace también al interés nacional argentino que Cardoso ahora y Lula después manejen ese panorama con más acierto que nuestra Alianza y los gobiernos que continuaron.
De allí su importancia fundamental para nosotros. El Mercosur y nuestra alianza bilateral con Brasil conservarán sentido en la medida en que expresan la compatibilidad complementaria de nuestros respectivos proyectos nacionales, los dos capaces de influir, juntos, a toda la región. Países como México o Chile ya están buscando su camino por separado y si continuamos demorando nuestras negociaciones, la historia puede volver a pasar sin esperarnos.
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