Obama desafía catecismo y se inspira en Reagan
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Ahora Obama moderó el discurso reformista amparándose en la tragedia que experimenta un mundo en el que las fantasías de desacoples se desvanecieron. No va a dar marcha atrás a las reivindicaciones que ilustraron su programa, pero sí ajustará el compromiso, simplemente porque vislumbra que ha llegado la oportunidad de reconquistar la supremacía norteamericana ante nuevos competidores, aunque todavía en esbozo, como son los casos de China, la Unión Europea y nuevamente Rusia.
El desafío de acortar la recesión, y de ganar espacio y tiempo en la arena internacional, con seguridad encabezará las prioridades. Otras políticas llevaron a los EE.UU. a perder su absoluto liderazgo en los campos de la economía y de las finanzas. Japón y Alemania llegaron a hacer peligrar las conquistas, como la Unión Soviética casi desaloja a los estadounidenses en cuestiones militares y estratégicas. Esta suerte de lenta y casi inadvertida declinación fue compartida durante los mandatos de Johnson, Nixon, Ford y Carter. Entre 1967 y 1977 la productividad norteamericana fue aplastada por los registros de Japón y Alemania. En esa experiencia, Lester Thurow pensó su revelador testimonio divulgado en «Cabeza a Cabeza», o «Head to Head» en la versión original ampliamente difundida en todo el mundo.
Entonces el reconocimiento a Reagan puede no ser casual. Las circunstancias «mutandis mutandi» se parecen. Recuérdese que Reagan se impuso después de tres desgastadas presidencias y con el espíritu nacional por el suelo. Obama hereda a un Bush fuertemente cuestionado, como por otra parte lo confirma la desaprobación electoral y, para colmo, la crisis financiera propia y ajena acompañada de recesión y desempleo de incierta duración.
Será nuevamente el interés nacional norteamericano el que indique la dirección, y lo será con prescindencia de tradiciones y de compromisos previos si resultaran incompatibles con las exigencias del presente. Nixon echó los fundamentos de la alianza con China hace casi cuarenta años; Carter, antes que Reagan, empezó a inquietarse frente al avance soviético,como también lo había hecho Kennedy cuando Nikita Kruschev intentó acomodarse en Cuba. Pero fue Reagan, en soledad, quien decidió llevar adelante la estrategia de derrotar a Rusia sin pólvora, asestándole duros golpes en el sensible campo de la tecnología. Intuyó lo que Hobsbawn admite después en sus memorias. El sistema soviético estaba mal planteado desde el principio y casi en ruinas.
El nuevo posicionamiento internacional de los EE.UU. bajo Reagan y la democratización de Europa oriental, más los estrechos vínculos con China, garantizaron por más de dos décadas la hegemonía norteamericana ahora amenazada, sobre todo si las reacciones estratégicas se demoraran. Esto es seguramente lo que atrapará y consagrará finalmente la gestión de Obama, como sucedió con Reagan, quien llegó sin nada y se retiró casi plebiscitado ocho años después por la consideración pública.
La «república imperial» (Aron) no puede perder la oportunidad de reconquistar su liderazgo global en un mundo fragmentado y con los mismos problemas, sin aspirar a reconstruir las estructuras y procedimientos que tempranamente permitieron a los EE.UU. empinarse y monopolizar un segmento importante de acciones y logros en la arena internacional.
A partir de este enfoque que pretende ser realista, parece que no hay que hacerse ilusiones. Obama no se distanciará de la tradición implícita en el interés nacional norteamericano. No hay compromiso exculpatorio posible para cambiar las reglas de juego, aunque sea válido acordarse de la gente y renovar las instituciones pretéritas que sirven al pueblo. Pero ello es otra cosa como ya se vislumbra en la penumbra de las declaraciones del candidato triunfante.




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