5 de noviembre 2004 - 00:00

¿Quién hará la paz que no logró el caudillo?

Mientras los analistas buscan anticiparse a la pregunta de quién será en lo inmediato el heredero político de Yasser Arafat, algo que surgirá de una lucha política opaca y al menos áspera, cabe mirar un poco más allá y preguntarse por el futuro del conflicto israelopalestino a mediano plazo.

Aunque en principio no aparece ninguna figura capaz de llenar el vacío político que deja el viejo caudillo, se descuenta que la Autoridad Palestina, una entidad cuasi estatal de fisonomía institucional más que desdibujada, atinará en un primer momento a alumbrar una sucesión moderada, esto es aceptable para Israel, Estados Unidos y Europa. Simplemente no podría darse el lujo de desafiar a tales poderes en medio de una crisis interna de la magnitud que hoy vive, que ante el menor desborde de violencia podría llevar a una intervención militar israelí que daría por tierra con el endeble régimen autónomo en Gaza y Cisjordania.

Algo más allá en el tiempo, sin embargo, el gran interrogante es: ¿quién podrá imponer a la multitud de facciones y grupos armados que conforman la interna política palestina el acuerdo de paz que el «rais» no logró cerrar en su momento? Con Arafat se va un mito, un caudillo tan controvertido como decisivo en la historia de su pueblo.

• Aislamiento

En la pasmosa crudeza que suele tener el debate político israelí, el gobierno de Ariel Sharon coqueteó abiertamente en los últimos años con la idea de extender a Arafat su política de «eliminaciones selectivas». Sin embargo, sólo se debió conformar -con apoyo de EE.UU.- con rodearlo de tanques y aislarlo en su arrasado búnker de Ramallah. El Arafat «terrorista, enemigo de la paz y réprobo» resultó un blanco políticamente imposible.

Por otro lado, tampoco se animaron a ir contra él sus enemigos internos, sobre todo los extremistas islámicos. El Arafat que «entregó la causa palestina, que traicionó a su pueblo en los acuerdos de Oslo, el que reconoció a Israel, el corrupto que amasó una fortuna de 300 millones de dólares, el laico que se casó con la cristiana Suha», también para ellos fue intocable.

Lo que hay que recordar ahora es que una figura de semejante peso político no fue capaz de firmar en 2000 un acuerdo con el entonces primer ministro israelí Ehud Barak, sentados ambos casi a la fuerza por Bill Clinton en Camp David en el último intento pacificador de su presidencia. No importó que Clinton haya jugado a fondo en ese intento ni que Barak pusiera en juego su carrera política ofreciendo a los palestinos la independencia en condiciones que -satisfactorias o no para los árabes-ningún premier israelí había presentado antes ni presentaría después. El reclamo de Arafat de hacer de Jerusalén --y no de un mero suburbio de la ciudad santa-la capital del futuro Estado y de que se reconozca el derecho de los refugiados a retornar a sus viejos hogares en el actual Israel fueron escollos insalvables para ese acuerdo. La calle le impedía al caudillo desdecirse de las promesas que mantuvieron viva la lucha palestina durante al menos tres décadas. ¿Quién podría aceptar ahora menos que lo que él rechazó en su momento al precio de poner la lápida sobre el proceso iniciado en Oslo?

Esta crisis se da, además, en un momento en que Israel planeaba su «desconexión» de Gaza, esto es la retirada unilateral de sus tropas y el desmantelamiento de los asentamientos en los que viven 8.700 colonos. Pero esto -que habrá que ver si puede lograr con la inestabilidad que se avecina ahora-no es un indicio de paz sino, lisa y llanamente, sacarse un problema gigantesco de encima. Lo que Sharon pretende es desentenderse de un territorio paupérrimo de 360 kilómetros cuadrados, superpoblado por 1,3 millón de palestinos -la mitad de los cuales tiene menos de 14 años de edad-, con un desempleo de 70% y un ingreso per cápita de 600 dólares anuales. Un caldo de cultivo excelente para el extremismo islámico, cuyo nivel de apoyo entre la población trepa ya a un tercio del total.

No basta con que ahora la AP nombre una figura moderada y aceptable. Tampoco los anuncios llenos de buenas intenciones. La realidad que se avecina puede ser turbulenta. No por nada
Tony Blair dedicó buena parte de su primera aparición tras el triunfo de George W. Bush en EE.UU. a abogar por una urgente ofensiva diplomática para pacificar Medio Oriente, un consejo del que ayer tomó debida nota el norteamericano en su conferencia de prensa (ver aparte).

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