¿Quién hará la paz que no logró el caudillo?
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Lo que hay que recordar ahora es que una figura de semejante peso político no fue capaz de firmar en 2000 un acuerdo con el entonces primer ministro israelí Ehud Barak, sentados ambos casi a la fuerza por Bill Clinton en Camp David en el último intento pacificador de su presidencia. No importó que Clinton haya jugado a fondo en ese intento ni que Barak pusiera en juego su carrera política ofreciendo a los palestinos la independencia en condiciones que -satisfactorias o no para los árabes-ningún premier israelí había presentado antes ni presentaría después. El reclamo de Arafat de hacer de Jerusalén --y no de un mero suburbio de la ciudad santa-la capital del futuro Estado y de que se reconozca el derecho de los refugiados a retornar a sus viejos hogares en el actual Israel fueron escollos insalvables para ese acuerdo. La calle le impedía al caudillo desdecirse de las promesas que mantuvieron viva la lucha palestina durante al menos tres décadas. ¿Quién podría aceptar ahora menos que lo que él rechazó en su momento al precio de poner la lápida sobre el proceso iniciado en Oslo?
Esta crisis se da, además, en un momento en que Israel planeaba su «desconexión» de Gaza, esto es la retirada unilateral de sus tropas y el desmantelamiento de los asentamientos en los que viven 8.700 colonos. Pero esto -que habrá que ver si puede lograr con la inestabilidad que se avecina ahora-no es un indicio de paz sino, lisa y llanamente, sacarse un problema gigantesco de encima. Lo que Sharon pretende es desentenderse de un territorio paupérrimo de 360 kilómetros cuadrados, superpoblado por 1,3 millón de palestinos -la mitad de los cuales tiene menos de 14 años de edad-, con un desempleo de 70% y un ingreso per cápita de 600 dólares anuales. Un caldo de cultivo excelente para el extremismo islámico, cuyo nivel de apoyo entre la población trepa ya a un tercio del total.
No basta con que ahora la AP nombre una figura moderada y aceptable. Tampoco los anuncios llenos de buenas intenciones. La realidad que se avecina puede ser turbulenta. No por nada Tony Blair dedicó buena parte de su primera aparición tras el triunfo de George W. Bush en EE.UU. a abogar por una urgente ofensiva diplomática para pacificar Medio Oriente, un consejo del que ayer tomó debida nota el norteamericano en su conferencia de prensa (ver aparte).




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