5 de septiembre 2005 - 00:00

"¿Quieren agua?" "No nos hace falta. Vamos a robar"

Un cartel en la entrada de una vivienda de Biloxi advierte a saqueadores: Permanezca afuera o será disparado.
Un cartel en la entrada de una vivienda de Biloxi advierte a saqueadores: "Permanezca afuera o será disparado".
Nueva Orleans - Ralph Drescoll se pasa varias horas al día asomado como si tal cosa al balcón de su vivienda en Nueva Orleans. El huracán arrancó de cuajo la baranda, pero a Drescoll se lo ve confiado y seguro allá en lo alto, en pantalones cortos y pulóver rojo, saludando a los vecinos que caminan como espectros en lo que queda de su ciudad.

Mientras miles de personas luchan por salir del infierno de Nueva Orleans, el tal Drescoll se atrincheró con provisiones y pistolas en su particular purgatorio/observatorio de Oak Street, número 8500. «Lo importante es que te vean», asevera poco después, ya en la calle, una vez que comprueba que veníamos en son de paz. «Los saqueadores pasan por aquí cada dos por tres, pero no puedes dejarte intimidar. La presencia es lo que cuenta, aunque si la cosa se pone seria, han de saber que tienes armas.»

• Saqueo

Ralph, de 60 años, es tan blanco como las paredes de su casa, que parece más bien un fortín de candados y rejas. Lo acompañan en su singular encierro su mujer, Audrey, y un par de amigos, Mike Turner y Jackie Joyce. «Pero no creas que estamos aquí solos», puntualizó Audrey. «Aunque la calle te parezca desierta, somos muchos los vecinos que no nos hemos ido y que no estamos dispuestos a dejar la ciudad.»

Por las tardes, a eso de las cinco, ajenos a la total devastación que los rodea, los vecinos de Oak Street -Calle del Roble, en español-se reúnen para cenar todos juntos en el café

Maple Tree. Cada uno lleva lo que le queda, y casi siempre es el intrépido Ted, a bordo de su camioneta, quien llega con provisiones del exterior.

«Ted se las apaña para entrar y salir de Nueva Orleans y burlar los controles policiales», nos detalló
Jackie Joyce. « Gracias a él no nos falta casi de nada... Bueno, no tenemos ni luz, ni agua corriente, ni teléfono, pero vamos tirando. Nos hemos hecho a la idea de que estamos de camping.»

Ralph, el jefe del grupo, mantiene siempre la sonrisa puesta para todo el que pasa bajo su balcón sin baranda, sea un vecino en bicicleta, sea la camioneta de los equipos de rescate.

De pronto, pasa un auto desde el que nos miran con ojos inquisitivos tres jóvenes de color... «¿Los ves? Van buscando tiendas para saquear», nos pone al tanto Drescoll.
«Mi anticuario está aquí, a la vuelta de la esquina. Gracias a Dios, resistió al huracán, y no voy a permitir que me lo destrocen ahora. Estoy dispuesto a defenderlo a punta de pistola.»

• Ley marcial

La Calle del Roble es un muestrario de árboles truncados, puertas rotas, postes caídos, charcos hediondos y carteles invisibles donde dice: «Por aquí pasó el huracán». Pero los Drescoll, como miles de vecinos más o menos invisibles, prefieren vivir aquí, en medio de una zona de guerra, antes que buscar refugio en un confortable hotel de Houston y arriesgarse a perderlo todo.

Aunque las autoridades decreten la ley marcial y quieran sacar de Nueva Orleans a todas las almas vivientes, los Drescoll piensan hacerse fuertes: « Nadie nos va a evacuar.

Bastante tienen con hacerse cargo del resto».
Esta ciudad ha sido siempre la más peligrosa de EE.UU., justifican.

• Abismo

Adentrarse por las calles de Nueva Orleans es como penetrar en un abismo de destrucción absoluta. El temporal no perdonó esta vez ni siquiera a los más ricos: una incursión por las mansiones de la calle Saint Charles es lo más parecido a una película de horror.

En Saint Charles nos encontramos con dos paisanos de unos 60 años, el cubano
Luis Manuel Díaz y el hondureño Jorge Galiano. Con una sonrisa de complicidad se acercan al coche: nadie diría que acaban de sobrevivir a un huracán, de no ser por la barba de cinco días... «¿Quieren agua o comida?», les preguntamos. «No, no nos hace falta.» Contestan gentilmente. «Vamos a robar en aquel negocio. Tenemos de todo. Otros rompen los cristales y nosotros nos suministramos. Todo el mundo lo hace.»

«¿Peligroso esto?», se pregunta Luis Manuel Díaz. «Era mucho más peligroso antes. Ahora se está muy tranquilo, ya lo ves.A nosotros no nos da miedo. Nos llevamos bien con los negros.»

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