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Bachar al-Asad
Hace unas semanas, el presidente sirio, Bachar al-Asad, reveló que Olmert le había ofrecido a través de Erdogan la devolución de la Meseta del Golán -que Israel capturó en la Guerra de los Seis Días de 1967- a cambio de la paz entre sus respectivos países. Esta fórmula fue barajada en las fallidas conversaciones de Ginebra de 2000, con la mediación del entonces presidente de EE.UU., Bill Clinton.
El Golán es una meseta ubicada al nordestede Israel, donde residen unos 18.000 colonos judíos y un número similar de población autóctona drusa, fiel al gobierno de Damasco. Los representantes de los asentamientos judíos en el Golán ya expresaron su indignación con este «acto irresponsable que transferirá una tierra estratégica y colonizada al 'eje del mal'árabe».
Aunque en la era de los misiles balísticos los analistas restan valor militar a la meseta, coinciden en que su entrega supondría para Israel la pérdida de una parte de la orilla oriental del lago Tiberíades, su principal fuente de recursos hídricos.
Siria -principal partidario de línea dura contra el Estado judío entre los países árabes- e Israel se encuentran en estado de «no beligerancia» desde 1974, aunque desde entonces se han enfrentado en suelo libanés, y aviones israelíes han bombardeado en varias ocasiones territorio sirio.
El último ataque se produjo el 6 de setiembre, cuando cazabombarderos israelíes destruyeron en el norte de Siria, lo que, según reveló la CIA meses después, era el embrión de una central nuclear que se construía con ayuda norcoreana. Según Damasco, el blanco del ataque era un área despoblada donde se edificaban instalaciones militares.
La recuperación del Golán fortalecería al régimen de Damasco ante su pueblo, que aspira desde hace décadas a la integridad territorial del país. Pero lo obligaría a pagar el precio que le pide Israel: la ruptura de sus actuales alianzas con Irán, el movimiento terrorista palestino Hamas y la milicia libanesa Hizbollah, que hace dos años tuvo en jaque al Ejército hebreo durante 33 días de combates. El presidente sirio es además consciente de que sólo podrá recuperar por la vía diplomática un territorio que difícilmente arrebataría por la fuerza al ejército más poderoso de Medio Oriente.
En esta ocasión, el diálogo puede dar un poco de aire a un primer ministro, Olmert, inmerso en un nuevo caso de corrupción y con unas negociaciones con los palestinos tambaleantes, y a un presidente Al-Asad sometido a una fuerte presión por parte de EE.UU. y la Unión Europea.
Mientras que la izquierda israelí aplaudió el anuncio, la derecha no dudó en criticarlo como una «cortina de humo» para tapar la delicada situación del jefe de Gobierno ante la Justicia.




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