París - A Francia se le acumula el trabajo, cuando apenas empezaba a remontar los efectos de su referendo, el «no» de los irlandeses les llegó en plena presidencia europea, lo que los obliga a elevar a escala continental las mismas preguntas que se hicieron después del «no» de mayo de 2005: ¿por qué los europeos han perdido sus simpatías por Europa? ¿Por qué la UE es vista como el problema, en lugar de como la solución?
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«El problema es que ya no se entiende nada. Hay tantas reuniones, que ni yo mismo sé a veces para qué voy a Bruselas. ¡Hay que detener esta reunionitis! Se ha impuesto la imagen de que tanta burocracia no sirve para nada», comentaba ante un grupo de corresponsales europeos con una sinceridad inédita el ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, diciendo con perplejidad que «cuanto más le hablamos a los ciudadanos de la defensa que hace Europa de los asuntos sociales, más parece incrementarse el temor de perder lo que han logrado».
El mismo presidente francés, Nicolás Sarkozy, ya lo dijo en el Parlamento Europeo justo después de ser elegido: «Cuando un país dice que no, no podemos convertirlo en un sí. Hay que preguntarse las causas de esa reacción».
Naturalmente, en aquel momento Sarkozy se refería a Francia y no podía prever que poco más de un año después se encontraría en el otro lado del espejo, esperando la fórmula mágica para hacer algo para que el no irlandés no se convierta en una crisis institucional para la UE.
Beneficios
«Hay que volver a lo fundamental, explicando a los europeos para qué sirve Europa, cuáles son sus beneficios. No digo que haya que cambiar cada tornillo, pero si la gente no lo ve claro, no funcionará. El objetivo de evitar la guerra ya se ha logrado, no veo para qué deberíamos obstinarnos si no logramos el apoyo de la gente», decía con un acento más bien dramático el ministro Kouchner, para quien parte de lo que sucede se explica en clave de adaptación a la globalización. «Es un período difícil, que para muchos presenta la globalización como un obstáculo infranqueable, la gente no cree en los beneficios de esta nueva situación y en esto está en gran parte la causa del no y por eso puedo entender bien lo que pasa en Irlanda.»
¿En qué podría cambiar Francia esta dinámica en una presidencia de apenas cinco meses y con la agenda del Parlamento Europeo prácticamente repleta ya en la recta final de la legislatura? El gobierno francés es partidario -como todos los demás-, de dejar tiempo a los irlandeses para que puedan proponer una nueva solución. El primer paso se juega no tanto en Irlanda sino en la República Checa, hacia la que desde el ministerio francés de Exteriores como desde la sede del primer ministro, François Fillón, o naturalmente desde la presidencia de la República, se está enviando un mensaje clarísimo: no habrá ampliación en ningún caso si no se ratifica el Tratado de Lisboa y nadie vería con buenos ojos que el país que va a suceder a Francia en el turno de presidencias, haya dado la puntilla a la reforma institucional.
Con esto bien claro, la misión de este semestre francés no puede ser otra que la de lograr que todos los países que quedan accedan a la ratificación, para dejar a Irlanda frente a sus propias responsabilidades. La única línea para enmarcar esa solución irlandesa la ha definido claramente el gobierno francés: que no deba ser ratificado por los demás países que ya lo han hecho, es decir, que no suponga reabrir el acuerdo del Tratado de Lisboa. La negociación de un nuevo Tratado parece, a todas luces y después de lo que se ha visto hasta ahora, completamente excluido, porque sería el suicidio de Europa.
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