13 de noviembre 2008 - 00:00

Sólo crisis interna complica plan nuclear

Con Estados Unidos concentrado en sus propios desvelos, y con una futura administración demócrata que promete apostar más por la diplomacia que por el uso de la fuerza, los únicos obstáculos para la emergencia de un Irán dotado de armas nucleares parecen ser sus propios laberintos: el derrumbe del precio del petróleo y el agotamiento de un modelo económico asombrosamente dispendioso.

El cúmulo de demandas que afrontará Barack Obama a partir de su asunción, el próximo 20 de enero, no es sólo político. El sistema financiero, el sector automotor y otras industrias, los deudores hipotecarios, la creciente legión de desocupados y la clase media -que le brindó el grueso del apoyo que lo llevó al poder en las últimas elecciones-ya están con factura en mano y haciendo cola para pasar por caja. Si se suma a ese cuadro la lamentable situación fiscal que heredará de George W. Bush y las dos guerras en que está embarcado el país -la de Irak, que Obama pretende terminar para concentrarse en la otra, hoy fuera de control, en Afganistán-, queda poco espacio para la apertura de un nuevo frente. En este contexto, la amenaza del uso de la fuerza para evitar la emergencia de un Irán nuclear carecería de toda credibilidad.

El multilateralismo, la diplomacia y las sanciones impuestas desde las Naciones Unidas pueden resultar insuficientes para impedir que Irán acceda a «la bomba», pero la tarea podría encontrar el aliado menos pensado: el presidente ultraislamista Mahmud Ahmadinejad, quien, con sus habituales exhortaciones a «borrar a Israel del mapa» y su negación del Holocausto, poco hace por despejar las sospechas de que el programa nuclear de su país tiene en realidad fines militares. Según especialistas, al ritmo actual, Irán podría acceder a las armas atómicas en un plazo de dos a cuatro años, para lo que -afirman-se prepara también en el plano misilístico. El problema, para la República Islámica, es que podría resultarle difícil mantener ese ritmo.

En Irán, igual que en el resto de los países petroleros, se terminó la fiesta del petróleo. Si en julio último el barril cotizaba a casi 150 dólares, el precio oscila ahora en torno a los 60, lo que coloca al país a la vera de un hasta hace poco impensable agujero fiscal.

Si bien es cierto que el presupuesto iraní se elaboró en base a un barril de crudo de 40 dólares, el exceso de gasto de la era Ahmadinejad arriesga ahora con un rojo de las cuentas públicas que, según analistas locales podría oscilar entre 7.000 y 30.000 millones de dólares.

La situación podría llevar a la necesidad urgente de elevar los impuestos, pero esto siempre es políticamente espinoso -una constante que no distingue entre regiones y culturas-, sobre todo para un presidente que ha hecho su carrera en base a un discurso populista y que en junio del año próximo aspira a pelear por su reelección.

  • Desafío

    A mediados del mes pasado el gobierno enfrentó un inédito desafío de los comerciantes de las ciudades más importantes del país, que fueron en contra de su decisión de imponer un Impuesto al Valor Agregado de 3%. Ante la rebelión, éste quedó finalmente en el limbo.

    Mientras, el galopante aumento del gasto público ha disparado la inflación a 30% y el desempleo se hace sentir en un país con una vasta población juvenil, efecto de las políticas de promoción de la natalidad aplicadas por el régimen islamista desde su fundación en 1979.

    Los recursos petroleros fueron, sólo el año pasado, de 70.000 millones de dólares y representan 80% de los ingresos del país. Desde su asunción en 2005, Ahmadinejad ha gastado en su desmesurado afán distribucionista nada menos que 142.000 millones de dólares de la renta petrolera. A tanto llegó el despilfarro que el Fondo de Estabilización Petrolera, que destinaba la renta excedente por los altos precios del crudo a proyectos de inversión, terminó cubriendo el déficit fiscal, lo que lo redujo, según fuentes políticas iraníes, a apenas 9.000 millones de dólares.

    Los críticos de Ahmadinejad, sobre todo los del por ahora disperso sector reformista, apuntan al desmadre económico y al aislamiento que le ha costado al país la retórica agresiva del mandatario. ¿Hay que pensar en el fin de Ahmadinejad? Probablemente no, pese a todo. Si, más allá de su desgaste, va finalmente por su reelección, contará todavía con algunos puntos a favor: el apoyo que aún mantiene en el interior del país y el aval del líder espiritual, Ali Khamenei. No es poco, sobre todo en un régimen que presume de renovar sus gobiernos en elecciones limpias, pero que cuenta con una institución como el Consejo de los Guardianes que tiene como función aprobar o rechazar a los candidatos. Está, por supuesto, copado por el clero local y, por lo tanto, ante cada elección veta masivamente a los postulantes reformistas. Ahmadinejad es, en realidad, Khamenei. La revolución dentro de la revolución es sólo una quimera.
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