26 de septiembre 2007 - 00:00

"Soy un hombre desprestigiado"

Adolfo Suárez en un acto público de 2006.
Adolfo Suárez en un acto público de 2006.
El diario «ABC» de Madrid publicó ayer un reportaje a Adolfo Suárez, quien fuera el primer jefe de gobierno de la democracia tras el régimen de Francisco Franco, en España. Pero esa entrevista tiene una particularidad especial: fue realizada hace 27 años, en 1980. Y nunca fue publicada. La hizo la periodista Josefina Martínez del Alamo. En su momento ese reportaje no fue autorizado a ser publicado a raíz de la «excesiva sinceridad» del jefe de gobierno, según la explicación política de la época.

Ayer Adolfo Suárez cumplió 75 años y el diario consideró que era el momento apropiado para que aquél diálogo guardado por casi tres décadas saliera a la luz. Lo paradójico del caso es que mientras hoy Suárez recibe elogios por el rol que cumplió durante aquellos difíciles años de la España posfranquista, del reportaje surgen las penurias y las críticas que debió atravesar para domar la realidad ibérica de entonces.

Para la Argentina este diálogo tiene un valor particular: Adolfo Suárez describe en esa charla intimista de la España de los años 80 muchos de los rasgos equívocos de la Argentina actual. El rol distorsionado de la prensa, la baja calidad de los políticos, la falta de comprensión sobre la necesidad de encontrar un perfil de país, etc. Hoy Ambito Financiero publica los extractos más interesantes de ese diálogo realizado en una madrugada del mes de agosto de 1980 en un hotel de Perú durante una visita oficial de Adolfo Suárez a Lima. Imperdible.

Periodista: Los españoles no sabemos nada de Adolfo Suárez persona. Cómo se siente, cómo piensa.

Adolfo Suárez: Yo soy el primer convencido de ello. No. No me conocen.

P.: Pues tienen derecho a conocerlo. Si lo votan, y si se ponen en sus manos, necesitan saber con quién se juegan el porvenir.

A.S.: Sí. Ellos tienen derecho; y yo tengo la obligación de explicarme. Estoy de acuerdo. Y voy a procurar remediar ese desconocimiento; a darles una respuesta. Quiero utilizar más los medios de comunicación. La televisión sobre todo... porque en televisión soy responsable de lo que digo, pero no soy responsable de lo que dicen que he dicho... Tengo muchísimo miedo de cómo escriben después las cosas que he dicho.

P.: ¿Por eso evita usted hablar con la prensa?

A.S.:
Es que soy muy reacio a las entrevistas... Muy reacio.

P.: Quizás el problema es también nuestro, de la prensa. Últimamente parece que algunos nos sentimos demasiado inclinados a ser protagonistas.

A.S.:
Sí. Yo noto ese afán de protagonismo. Algunos periodistas me preguntan sobre un tema político para tratar de convencerme de sus posturas. Entonces les digo: ¿Ustedes, qué quieren: saber mi opinión o convencerme de las suyas?... Porque si vienen a hacerme una entrevista, les interesará conocer mi criterio, supongo. Y tendrían que escucharlo libre de prejuicios. Después, ustedes lo estudian, se informan y, si no les gusta, lo critican... Después, todo lo que ustedes quieran. Pero sólo se tienen presentes a ellos mismos. Escriben para ellos mismos... Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie.De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo. La prensa persigue intereses concretos -políticos o personales del político que le informa-. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Es verdad que he cometido errores. No hay persona que no los cometa. Pero la mayoría de las veces, no tanto por lo que me acusan: excesiva concentración de poder. Al revés: mi error ha sido no ejercer el poder que legítimamente me corresponde.

P.: No crea. Quizá los políticos y la prensa le acusen de excesiva concentración de poderes. Pero la gente de la calle se queja de lo contrario: de que no lo ejerce.

A.S.: Pues ésa es una acusación cierta. Sobre todo este último año... Y tenía razones para obrar así. Aunque quizás eran justificaciones personales, porque a la vista del resultado no pueden ser justificaciones institucionales...Lo que ocurrió es que hice una delegación de poder y durante siete u ocho meses, en algunos aspectos, no he tenido los hilos de la información. Los he conservado en política exterior, en seguridad ciudadana... pero se me han escapado otros; fundamentalmente en el Parlamento. Ahora, los estoy recuperando a marchas forzadas.

  • Impresionado

    P.: ¿En la internacional también?

    A.S.:
    Al principio, en mis primeros contactos internacionales, me impresionaba conocer a aquellos políticos que siempre había admirado...

    P.: Y se deslumbró.

    A.S.:
    ¡No! -niega, lentamente, con la cabeza-... No me deslumbré. Al final, he llegado a la conclusión de que los políticos son hombres como los demás. Un político no puede ser un hombre frío. Su primera obligación es no convertirse en un autómata.Tiene que recordar que cada una de sus decisiones afecta a seres humanos. Otro requisito indispensable en un político es la capacidad para aceptar los hechos tal y como vienen, y saber seguir adelante. Hay que pasar por encima de las coyunturas. Porque, a veces, las circunstancias pueden desvirtuar el destino histórico de un país. Y es preferible decir sí a la Historia que a la coyuntura. Yo lucho, intento luchar, contra esas coyunturas.

    P.: Yo escucho a la gente ¿sabe? y cada día se siente menos representada por sus políticos. Tienen la sensación de que en el Parlamento sólo se juega a hacer política de partidos... Y no se refieren sólo a usted, sino a la clase política en general.

    A.S.: Y yo también. Yo también. Es verdad, somos todos. Somos los políticos. Los profesionales de la Administración... La imagen que ofrecemos es terrible... Vivimos una crisis profunda que no es, en absoluto, achacable al sistema político. Pero la democracia exige a todos una responsabilidad permanente. Si nosotros fuéramos capaces de transmitir al pueblo ese sentido de responsabilidad, si lo tuviéramos perfectamente informado, el pueblo español asumiría todo lo que supone la soberanía ciudadana. Pero le hemos hecho creer que la democracia iba a resolver todos los grandes males que pueden existir en España... Y no era cierto. La democracia es sólo un sistema de convivencia. El menos malo de los que existen.

    P.: Señor Suárez, usted ha hablado de actuar siempre con perspectivas históricas, de sacrificar el presente en aras del futuro. ¿Espera también encontrar su compensación en la historia?

    A.S.: No. Yo no tengo vocación de estar en la historia. Además, creo que ya estaré; aunque sólo ocupe una línea. Mi mayor preocupación actual es la convivencia.

    P.: Pero como usted ya forma parte de la historia... ¿Qué le gustaría que escribieran en esa línea que le corresponde?

    A.S.: Creo que la historia de esta época sólo será objetiva cuando pase mucho tiempo. Pero ahora, de inmediato, se verá afectada por las propias posiciones personales. Yo escucho y leo muchas cosas que se han escrito en los últimos cuatro años... !Y hay una cantidad de inexactitudes y de errores de perspectiva!... Cualquiera sabe lo que dirá la historia dentro de 30 o 40 años... Admitirá que luché, sobre todo, por lograr esa convivencia; que intenté conciliar los intereses y los principios..., y en caso de duda, me incliné siempre por los principios.

    P.: ¿La incomprensión le ha resultado alguna vez insoportable?

    A.S.: Sí. Me ha producido ratos amargos, cansancio. Ha habido momentos terribles.

    P.: Y los superó...

    A.S.:
    Pero resisto. Yo suelo decir que me he empeñado en un combate de boxeo, en el que no estoy dispuesto a pegar un solo golpe. Quiero ganar el combate en el round quince por agotamiento del contrario... ¡Así que debo tener una gran capacidad de aguante!... Es una imagen que refleja bien mi postura. Si en mis decisiones públicas hubiera un pequeño ingrediente personal -el más mínimo- derivado de las ofensas que he recibido, en ese mismo instante me marcharía.
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