"Tirofijo", narcotráfico y secuestros
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«Marulanda» y sus 48 hombres evadieron el cerco, pero el ejército lo dio por muerto y lo bautizó «Tirofijo», aludiendo a su certera puntería.
Las versiones sobre su muerte se repitieron numerosas veces desde entones, la última en 2004, cuando se aseguró que sufría de un cáncer terminal. Pero documentos hallados en la computadora obtenida el 1 de marzo en el operativo en que fue muerto «Raúl Reyes», de quien se afirma era su yerno y número dos de las FARC, dejaron ver que «Marulanda» seguía vivo.
Su biógrafo, Arturo Alape, quien estuvo en las filas de las FARC, lo describía como tímido y reservado. Mientras, desertores de la guerrilla aseguran que fue tan carismático y leal con sus hombres como despiadado.
Sus rasgos indígenas y cabellos negros fueron retratados por el pintor Fernando Botero, que lo representó en un lienzo con su gorra y uniforme verde oliva, junto a una infaltable toalla al hombro y una metralleta.
Su cara se hizo familiar a los colombianos cuando participó de negociaciones de paz con el presidente Belisario Betancur (1982-1986), proceso que naufragó en medio de una campaña en la que paramilitares de extrema derecha mataron a más de 3.000 miembros de la Unión Patriótica, el partido creado por la guerrilla.
El 9 de diciembre de 1990, el ejército lanzó un nuevo ataque contra «Marulanda» y el estado mayor de las FARC en su feudo de Casa Verde ( centro). Pese a esa ofensiva, la extendida presencia rebelde en zonas cocaleras les permitió financiarse y extenderse a 24 de los 32 departamentos colombianos.
El gobierno acusó a « Marulanda» de introducir el narcotráfico y la toma de rehenes en la guerrilla, también denunciada de usar indiscriminadamente minas antipersona y reclutar a cientos de niños campesinos.
Las FARC aseguran que se limitan a cobrar un « impuesto» a los cocaleros, aunque Estados Unidos -que junto a la Unión Europea incluye al grupo en su lista de organizaciones terroristas- asegura que se comportan como un verdadero cartel de las drogas.
A mediados de los años 90 comenzaron ataques de envergadura en los que tomaron cientos de soldados y policías como prisioneros, de los cuales aún mantienen a más de tres docenas. Junto a ellos, comenzaron a secuestrar a políticos para incluirlos junto con los uniformados en un canje, hecho que llevó a la ruptura de las negociaciones con el presidente Andrés Pastrana (1998-2002), quien, en pos de la paz, había dejado un territorio de 42.000 km2 en manos de los rebeldes.


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