22 de julio 2005 - 00:00

Un enemigo fuera de control

El día de pánico que vivió ayer Londres, con la colocación de cuatro bombas (igual que en el fatídico 7-J aunque, afortunadamente, sin parangón en cuanto a sangre y dolor), tiene una lectura clara e inquietante: el enemigo es más grande, tiene límites más difusos y está más fuera de control que lo que se creía hasta ahora.

El rasgo más destacado de lo ocurrido ayer es que el nuevo atentado pudo ser llevado a cabo a pesar de que la capital británica y las principales ciudades del país estaban siendo recorridas por una multitud de policías y por más de 300 espías del MI-5, en medio de redadas y arrestos de sospechosos. Esto significa que los autores estaban fuera del radar de Scotland Yard y de los servicios secretos, pese a que en los últimos días éstos habían exhibido grandes avances en las investigaciones de la primera oleada de ataques, incluyendo precisiones sobre la identidad de los terroristas suicidas y sus contactos.

• Hipótesis

Por un lado, es probable que los autores de lo ocurrido ayer no hayan tenido relación con sus predecesores. Se sabe que el «tabicamiento» (esto es, el aislamiento, la falta de contacto y la ignorancia mutua entre las distintas células de un grupo terrorista) es el abecé de quienes operan en la clandestinidad.

Por otra parte, también es concebible la hipótesis de que no estuvieran para nada vinculados a aquéllos, ni siquiera en su pertenencia a una organización madre. De hecho Al-Qaeda es hoy más una mafia que un cartel, más una marca que un movimiento organizado, a la que adscriben islamistas de toda laya en busca de hacer su demencial aporte a la guerra santa.

Una tercera posibilidad es que el merodeo de las fuerzas de seguridad los haya compelido a hacer uso de sus explosivos antes de correr el riesgo de ser aprehendidos.

El mencionado fracaso de los servicios secretos para detectar el primer ataque fue, conceptualmente y más allá de la diferencia en muertes, menor que el del segundo.
En aquella ocasión, al menos, habían estado cerca de determinar en qué actividades estaba involucrado uno de los terroristas, Mohammad Sidique Khan, por más que desde un escritorio se lo haya terminado considerando «no peligroso». En cambio ayer, alertados ya por lo ocurrido dos semanas atrás, su blindaje en torno a Londres no sirvió para evitar lo que se temía.

Para entender el desafío al que se enfrentan Gran Bretaña, Europa y Occidente, hay que entender que
el perfil del terrorista en general, y del suicida en particular, es extremadamente elusivo. Según el «identikit» del kamikaze con el que se manejan los servicios secretos de Israel, éste suele ser un hombre de ideología islamista, tener entre 17 y 24 años, ser soltero y con educación media o universitaria.

Sin embargo, cada vez es más común que los agresores sean menores de 17 años, hombres casados y con hijos, mujeres, personas de toda condición social y económica e, incluso, con poco apego a la religión. Para complicar más las cosas, los hombres bomba están enquistados en Europa en grandes comunidades musulmanas, compuestas por gente de distinto origen nacional. Así, medran entre cientos de miles de familias que emigraron simplemente en busca de un hogar digno, alimentación y educación para sus hijos, convirtiéndolas en sus rehenes.

• Encuesta

Para ilustrar el dato cabe señalar que (según información de 2001, año desde el cual la proporción tendió a crecer por una mayor llegada de inmigrantes y su mayor índice de natalidad) en Francia 10% de la población es musulmana. Aunque en menor medida, un fenómeno similar se da en Gran Bretaña (4%), Alemania (3,7%), Bélgica (3,6%), Dinamarca (3%), Italia (2,4%) y España (1,2%).

¿Qué importó Europa con esa inmigración? Por un lado, mano de obra joven, indispensable para equilibrar sistemas previsionales en vías de bancarrota. Por otro, personas frustradas con los gobiernos de sus países de origen, permeables en algunos casos a la prédica islamista contra Occidente y contra los regímenes que las expulsaron.

Según una encuesta publicada por el diario británico «The Guardian» el 15 de marzo de 2004,
13% de los musulmanes británicos justificaban más atentados contra EE.UU. Mientras, otros sondeos han mostrado que entre 5% y 10% de los musulmanes que viven en países europeos simpatizan con corrientes extremistas.

Si lo que se quiere, además de garantizar la seguridad, es preservar un modo de vida basado en las libertades individuales, habrá que evitar desbordes. Tras los atentados del 7-J se han producido algunos ataques contra mezquitas y centros islámicos en Gran Bretaña. Sólo con mesura se podrá evitar que las libertades sean las víctimas que más deleiten a Osama bin Laden.

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