Un enemigo fuera de control
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El mencionado fracaso de los servicios secretos para detectar el primer ataque fue, conceptualmente y más allá de la diferencia en muertes, menor que el del segundo. En aquella ocasión, al menos, habían estado cerca de determinar en qué actividades estaba involucrado uno de los terroristas, Mohammad Sidique Khan, por más que desde un escritorio se lo haya terminado considerando «no peligroso». En cambio ayer, alertados ya por lo ocurrido dos semanas atrás, su blindaje en torno a Londres no sirvió para evitar lo que se temía.
Para entender el desafío al que se enfrentan Gran Bretaña, Europa y Occidente, hay que entender que el perfil del terrorista en general, y del suicida en particular, es extremadamente elusivo. Según el «identikit» del kamikaze con el que se manejan los servicios secretos de Israel, éste suele ser un hombre de ideología islamista, tener entre 17 y 24 años, ser soltero y con educación media o universitaria.
Sin embargo, cada vez es más común que los agresores sean menores de 17 años, hombres casados y con hijos, mujeres, personas de toda condición social y económica e, incluso, con poco apego a la religión. Para complicar más las cosas, los hombres bomba están enquistados en Europa en grandes comunidades musulmanas, compuestas por gente de distinto origen nacional. Así, medran entre cientos de miles de familias que emigraron simplemente en busca de un hogar digno, alimentación y educación para sus hijos, convirtiéndolas en sus rehenes.
• Encuesta
Para ilustrar el dato cabe señalar que (según información de 2001, año desde el cual la proporción tendió a crecer por una mayor llegada de inmigrantes y su mayor índice de natalidad) en Francia 10% de la población es musulmana. Aunque en menor medida, un fenómeno similar se da en Gran Bretaña (4%), Alemania (3,7%), Bélgica (3,6%), Dinamarca (3%), Italia (2,4%) y España (1,2%).
¿Qué importó Europa con esa inmigración? Por un lado, mano de obra joven, indispensable para equilibrar sistemas previsionales en vías de bancarrota. Por otro, personas frustradas con los gobiernos de sus países de origen, permeables en algunos casos a la prédica islamista contra Occidente y contra los regímenes que las expulsaron.
Según una encuesta publicada por el diario británico «The Guardian» el 15 de marzo de 2004, 13% de los musulmanes británicos justificaban más atentados contra EE.UU. Mientras, otros sondeos han mostrado que entre 5% y 10% de los musulmanes que viven en países europeos simpatizan con corrientes extremistas.
Si lo que se quiere, además de garantizar la seguridad, es preservar un modo de vida basado en las libertades individuales, habrá que evitar desbordes. Tras los atentados del 7-J se han producido algunos ataques contra mezquitas y centros islámicos en Gran Bretaña. Sólo con mesura se podrá evitar que las libertades sean las víctimas que más deleiten a Osama bin Laden.




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