17 de octubre 2003 - 00:00

Un pontífice muy terrenal

Karol Wojtyla no es pacifista, es un constructor de paz. No es un dato, es una señal de reconocimiento. Un Papa polaco no puede ser pacifista. Lleva en el corazón la historia de su propia patria agredida y dividida, el recuerdo en la memoria de revueltas heroicas contra ocupaciones tiránicas. Pero un Papa romano y europeo, que ha meditado sobre la historia del Viejo Continente y ha vivido la experiencia dramática y siniestra de la Segunda Guerra Mundial, está vacunado contra el culto a la fuerza militar, contra la exaltación de la guerra, por enmascarada que esté. Comparte con el presidente estadounidense Harry Truman, probablemente sin ser consciente de ello, la mordacidad fulgurante: «Lo único que la guerra puede prevenir es la paz».

Sus llamamientos a la paz no se parecen nunca a las débiles invocaciones del clérigo, poseen más bien el timbre de los profetas del Antiguo Testamento. No son sermones desde el púlpito, que terminan tras la misa dominical, sino gestos de un líder con una clara visión geopolítica. El comunicado que difundió el 18 de marzo, cuando el presidente estadounidense Bush dio el ultimátum a Irak, parece esculpido en bronce: «Aquel que decide que se han agotado los medios pacíficos que el derecho internacional pone a su disposición asume una grave responsabilidad frente a Dios, su conciencia y la historia». Palabras de plena vigencia frente al caos y la explosión de violencia que reina en Bagdad tras la ocupación angloamericana.

La raíz profunda de la actividad eclesiástica y política de Karol Wojtyla hay que buscarla en el misticismo. Yo, que lo he visto rezar a un metro de distancia, jamás podré olvidar en las dimensiones desconocidas del alma, su abandono completo en los brazos de su Dios. Hasta el rostro se le transfigura, se vuelve lánguido, se desmaterializa. El místico Wojtyla encuentra la fuente de su relación vibrante con la humanidad en el vínculo que mantiene con lo Divino. El hombre, para Juan Pablo II, es «gloria Dei», la gloria de Dios, y, por lo tanto, hay que preservar a toda costa su dignidad y sus derechos. Lo mismo se aplica a la comunidad humana que son las naciones. La guerra es intolerable, porque destruye aquello que debe vivir. Ese es el motivo por el que el embrión de autoridad supranacional, que son las Naciones Unidas, debe seguir siendo la única instancia de la legalidad, porque la familia humana tiene necesidad de reglas, árbitros y medios comunes para desarrollarse. Por ello, Juan Pablo II se ha movilizado para impedir la guerra en Irak o, por lo menos, despojarla de legitimidad internacional dando así voz a la opinión pública contraria al conflicto en Europa y los otros continentes: porque la doctrina de la guerra preventiva pulveriza cualquier norma internacional, las reglas que el derecho de los pueblos han conquistado con esfuerzo a lo largo de los siglos, y porque transforma el mundo en una cancha de boxeo en la que rige la ley del más fuerte.

Pero no llamemos pacifista a este Papa que trabaja por una «globalización solidaria». Fue él quien inventó el concepto de intervención humanitaria durante la guerra de los Balcanes. Inclusive con el recurso, como necesidad extrema, a las fuerzas armadas. Cuando la Bosnia musulmana estaba siendo crucificada por los croatas católicos y los serbios ortodoxos, de lo que ambos se vanagloriaban en su propaganda porque «defendían» a Europa de la penetración islámica, el Papa de Roma se alineó con los musulmanes bosnios y pidió la intervención de la comunidad internacional. «Si veo que por la calle atacan a alguien -nos dijo a los periodistas que lo acompañamos en sus viajes- hay que intervenir contra el agresor y desarmarlo.»

Karol Wojtyla ha traído un don a la escena geopolítica, amenazada hoy más que nunca por la violencia ciega del terrorismo. Un don que ha forjado él mismo, consumiéndose en la fatiga de tantos viajes y tantos encuentros en los confines del mundo. El don del diálogo y de la colaboración entre las grandes religiones del planeta. En 1986, Juan Pablo II reunió por primera vez en Asís a los líderes de casi todas las principales confesiones religiosas para rezar juntos a Dios e implorar la paz y el desarme. En enero del año pasado, la gran asamblea se volvió a reunir en Asís para rechazar la violencia del terrorismo. Nunca antes había sucedido algo igual. Los Papas romanos, como muchos otros líderes religiosos, estaban acostumbrados a guerras seculares contra el «enemigo de la auténtica fe». Estaban acostumbrados a mandar matar en el nombre de Dios más que a perdonar y colaborar.

Karol Wojtyla ha dado la vuelta al teorema. Matar en nombre de Dios, usar la santidad de su nombre para traer la muerte al hombre -ha proclamado-es una blasfemia, un abuso, un pecado. La hermandad entre las fes y los hombres de cualquier credo filosófico es su respuesta a las ideologías del «choque entre civilizaciones». Sólo por eso merece entrar en la historia.

(*)Coautor junto a Carl Bernstein del bestseller «Su Santidad Juan Pablo II». Traducción de Libertad Aguilera Ballester.

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