Destinos cruzados: recuerdos del crucero General Belgrano

Nacional

En un viaje a Malvinas de excombatientes sanjuaninos, Alicia se entera que su hermano se subió al barco a último momento, en un enroque fatal con un compañero. Las memorias de los sobrevivientes, 38 años después.

El mar toma un brillo especial cuando el sol cae en Puerto Argentino. Contra el fondo rojizo se recortan los montes que rodean la capital de las Islas Malvinas. La temperatura también baja de golpe. En una orilla, catorce excombatientes sanjuaninos forman un semicírculo. Rodean a Alicia, que se acerca al agua y lanza una ofrenda. Es para su hermano, Jorge Salas, uno de los 323 caídos en el hundimiento del crucero General Belgrano el 2 de mayo de 1982. Treinta y ocho años después, Alicia encuentra “un poco de paz”, como dice luego. Por primera vez puede despedir a su hermano: los muertos en ese ataque no tienen tumba. Tampoco en Darwin, el cementerio argentino de las islas. “Miro el mar y pienso que está acá, que en algún lugar está.”

Alicia es la única familiar de una víctima de la guerra de Malvinas que está en este grupo, el quinto que envía a las Malvinas el gobierno de San Juan de Sergio Uñac. En la provincia, antes de partir, un asado la volvió a reunir con algunos de los viejos compañeros de su hermano. Le contaron cómo era con ellos, detalles de la vida antes de zarpar. Pero también se enteró, casi cuatro décadas después, de una carambola que lo hizo subir al crucero: Jorge Salas estaba destinado a otro barco y él mismo pidió ir al General Belgrano, en un enroque con otro compañero que le selló un destino trágico.

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“En la Armada cada tanto había cambios y nos mandaban a otro barco. Con Jorge estábamos en el mismo destino y a un tercer compañero le salió un pase al Belgrano. ‘No me gustan los buques grandes’, nos dijo. Pero a Jorge sí le gustaban, y antes de la guerra le pidió hacer el trámite administrativo para hacer el cambio”, recuerda Héctor Ludueña, quien vivió Malvinas desde otro barco, un destructor, al que se subió en la previa del 2 de abril sin saber que iba a una guerra. Pensaba que era una navegación de rutina, “de adiestramiento”, hasta que les anunciaron, ya saliendo del canal que desde Puerto Belgrano lleva a mar abierto, que se dirigían a las Islas Malvinas, a recuperarlas.

“Fue su destino”, había dicho Alicia, antes, cerca del faro ubicado en el Cabo San Felipe, en una playa de rocas a donde van a dar las olas. “Estaba trabajando y escuché en la radio que los torpedos habían alcanzado al crucero. Me largué a llorar, mi hermano iba ahí. Sentí que nunca más lo volvería a ver”, evoca. Su madre, que en esa tarde del 2 de mayo escuchó la voz de su hijo decir “Mamá”, no perdió la esperanza y lo buscó. El telegrama lo daba por desaparecido y creía que, en una de esas, alguien lo había rescatado. Que tardaría en aparecer.

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Homenaje de excombatientes sanjuaninos a los caídos en el ataque al crucero General Belgrano, en la guerra de Malvinas. 

Homenaje de excombatientes sanjuaninos a los caídos en el ataque al crucero General Belgrano, en la guerra de Malvinas.

Héctor Naveda también era amigo de Jorge Salas y en este viaje se sacó un peso de encima, en un abrazo conmovedor con Alicia. “La familia lo buscaba y yo no me animaba a decirle que lo más seguro era que había muerto en el crucero. Mi vieja me preguntaba, y yo le decía: ‘No creo que se haya salvado’”, Naveda se quiebra. En aquellos años alquilaba una habitación casi pegada a la Salas. “Este abrazo te lo tendría que haber dado hace 38 años. No tendría que haberme alejado”, dice.

Su historia es opuesta: tras cuatro años de servicio, dejó el General Belgrano poco antes de la guerra. Durante el conflicto del 82 estuvo en el portaaviones. “Después de muchos años, uno sale a caminar a la calle y en cada cara ve a un compañero. Todavía nos sigue pasando”, dice, e incluye a sus compañeros, varios de ellos amigos en San Juan, con quienes comparte asados y fútbol. Y donde hablan de Malvinas, de esas cosas que rara vez le cuentan a sus familias.

Rescate

“Cuando nos pegó el torpedo yo cubría guardia en el servomotor, en la parte de atrás del buque”, rememora Walter Carrizo, uno de los sobrevivientes del ataque del submarino británico Conqueror. “Recuerdo todo, desde el momento en que me levanté a las cuatro menos cuarto, quince minutos antes del que pegara el torpedo en la sala de máquinas y se apagaran todas las luces y los motores. Es un ruido que todavía escucho”, agrega. Carrizo también está a las orillas del mar. Acompaña a Alicia y luego, junto a sus excompañeros, también arrojan rosarios al agua, en memoria de los muertos en el crucero. Él vivió una pesadilla para salir del barco con vida: debió trepar en medio del fuego, desviarse de un tubo de escape en la oscuridad, llegar a la cubierta principal y desde allí arrojarse a una balsa de rescate que quedó atrapada entre las chapas del Belgrano, que comenzaba a ladearse.

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“El riesgo era que nos chupara el crucero. Por eso me tiré al agua helada y nadé hasta un bote a motor, con el que nos fuimos hasta otra balsa”. Treinta y seis horas después, con un principio de congelamiento, fue rescatado.

Miguel Fernández, “Loquillo”, también sobrevivió. En los últimos años se volcó al catolicismo. Lleva una biblia bajo el brazo, todo el tiempo. Y ahora también arroja un rosario al agua de Malvinas. Se arrodilla, queda en remera, pese al frío. El 2 de mayo de198 también estuvo a la deriva, “con olas de seis o siete metros” y recuerda que se calentaban con su propia orina.

Para los sobrevivientes, la visita a las islas que nunca habían pisado es una forma de homenajear a los que no están. “Los héroes son ellos”, no se cansan de decir, con cierta carga. Con cierta culpa.

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Homenaje de excombatientes sanjuaninos a los caídos en el ataque al crucero General Belgrano, en la guerra de Malvinas. 

Homenaje de excombatientes sanjuaninos a los caídos en el ataque al crucero General Belgrano, en la guerra de Malvinas.

“Perdí muchos amigos, parece que los hubiera visto ayer. Me duele y me emociona. El mar es mi vida, siempre fue una vocación. Miro este mar y veo a mis compañeros”, dice Ludueña, junto a Alicia.

La intención inicial era una salida en barco para que los excombatientes y la hermana de Salas pudieran hacer el ritual aguas adentro. El coronavirus obligó a un cambio de planes: hubo que adelantar el vuelo de regreso y no quedó tiempo para llevar a cabo el plan original. Por eso, se readaptó el homenaje a una orilla de Puerto Argentino, de espaldas al museo británico que rememora la guerra, tras un paso por Darwin, por el cementerio que deja a todos más golpeados.

Oscurece pronto en la capital de las islas. El cofre con forma de corazón lleva una carta escrita por la madre de Jorge Salas. “Es el pedacito de corazón que nos falta a todos desde que mi hermano no está”, dice Alicia.

El cofre y los rosarios flotan segundos. Hasta que dejan de verse.

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