Generalmente, quienes ostentan fortunas de millones de dólares suelen exhibir públicamente su estatus económico. Sin embargo, existen personas conscientes de la nula necesidad de demostrarle al mundo el verdadero tamaño de sus cuentas bancarias.
Este hombre logró esconder de todos su enorme patrimonio, el cual fue descubierto recién después de su fallecimiento.
Sin ser un experto, logró ganar una gran cantidad de dinero sin que nadie lo supiera.
Generalmente, quienes ostentan fortunas de millones de dólares suelen exhibir públicamente su estatus económico. Sin embargo, existen personas conscientes de la nula necesidad de demostrarle al mundo el verdadero tamaño de sus cuentas bancarias.
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Ronald Read falleció en el anonimato. Por eso, nadie supo hasta el momento de su muerte la verdad. Detrás de un simple conserje se escondía un multimillonario que tomó una decisión admirable con su patrimonio.
Ronald Read vivió en el condado de Windham, Vermont. Allí trabajó durante 25 años en una estación de servicio y luego como conserje en una tienda JCPenney hasta 1997. Durante todo ese tiempo llevó una vida extremadamente austera. En el pueblo, esa simpleza se reflejaba en su ropa vieja, su rutina fija y una imagen general de jubilado con lo justo y necesario.
Incluso en la cotidianidad era visto como un hombre muy reservado, sin lujos de ningún tipo ni gastos llamativos. Su austeridad era tal al punto de usar un alfiler de gancho para cerrar su campera. Un cliente del pueblo una vez le pagó el desayuno pensando en su supuesta pobreza. Esto reforzó la idea extendida entre los vecinos sobre su ajustada situación económica.
Al morir en 2014, a los 92 años, se descubrió su fortuna acumulada de u$s8 millones. Este patrimonio estaba compuesto principalmente por inversiones en la bolsa mantenidas durante más de medio siglo. Los títulos estaban registrados en una montaña de certificados físicos guardados en una caja de seguridad.
La mayor parte de su dinero no provino de sus sueldos como empleado, sino de inversiones sostenidas durante décadas en el mercado financiero. Llegó a tener al menos 95 participaciones diversificadas en sectores estables como bancos, energía, salud, telecomunicaciones, ferrocarriles y consumo masivo. Así, mantuvo presencia en empresas gigantes como Procter & Gamble, JPMorgan Chase, General Electric, Dow Chemical, CVS Health y Johnson & Johnson.
En 1959 compró 39 acciones de Pacific Gas & Electric por u$s2.380. Con los años, esa operación se multiplicó gracias a los sucesivos desdoblamientos de acciones de 2 por 1 y 3 por 1. Este proceso transformó el paquete inicial en 234 acciones primero, y posteriormente en un bloque de 578 títulos con un valor superior a los u$s26.500.
Su estrategia consistía simplemente en comprar acciones de empresas sólidas con pago de dividendos para no venderlas jamás. Con este fin, se informaba a diario a través de publicaciones como The Wall Street Journal y Barron’s. Además, consultaba material gratuito en la biblioteca local y mantenía charlas informales sobre finanzas con un vecino empleado como asesor en Wells Fargo.
Tras su fallecimiento, la mayor parte de su patrimonio fue distribuida entre las instituciones de su comunidad. Dejó u$s1,2 millones a la Biblioteca Memorial Brooks, lugar donde leía los diarios de finanzas, y u$s4,8 millones al Hospital Memorial de Brattleboro. Esta última se convirtió en la donación individual más grande en la historia de ese centro médico.
El resto de la herencia fue destinado a sus dos hijastros y a otros familiares cercanos. Así se completó el destino de un fondo total de u$s8 millones. La revelación del verdadero capital resguardado en secreto por este hombre durante toda su vida tomó por sorpresa a todo el pueblo.