La respuesta presidencial generó aplausos y más aún cuando el contestatario volvió a hacerse oír y Milei lo acusó de “Kuka” lo que derivó en un pandemonio entre sus seguidores. Presidencia intentó entonces “echar” al ingeniero, pero de manera correcta -hubieran violado el reglamento- el personal de la Bolsa se negó asumir lo que hubiera derivad en un papelón de obsecuencia.
Pasaron 39 años y el respeto de los primeros mandatarios por la gente no ha mejorado. Ahora en lugar de meterse con el cuerpo, se acusa de “Kuka” (kukaracha)a cualquiera que disienta con las ideas presidenciales.
Socio vitalicio de más de 80 años de edad, Jorge Castellanos es lo que podríamos llamar un kirchnerista residual, ya que cuesta refutar el argumento que la Bolsa, ByMA, y las demás instituciones bursátiles porteñas no fueran en su momento, “Cucas” de la primera hora y línea.
Las buenas costumbres mandan que cuando un invitado habla, se lo escucha sin interrumpirlo o atacarlo, por lo que el exabrupto del socio -conocedor de las consecuencias- merece una respuesta institucional -esperemos que lejos de la sumisión política-.
Jorge Castellanos. Los exabruptos para con el presidente de la nación fueron impropios de un socio de la BCBA, pero el tono y las palabras empleadas en el discurso presidencial fueron una falta de respeto para cualquier persona educada.
Que en un ámbito afín y obsecuente con Javier Milei, alguien se atreva a confrontarlo es más que un reflejo del cambio de los tiempos.
Por otro lado, los asistentes al acto no tienen porque aceptar que el principal invitado apele en su discurso a descalificativos como “kuka”, imbécil, estúpidos, boludos, puto, etc. El deber de un presidente es siempre subir el estándar, no arrástralo hacia abajo… y el de la Bolsa apercibirlo que se trata de una audiencia calificada que no merece semejante trato.
Mas allá del chismerío, lo importante de esta anécdota es que marca que los tiempos están cambiado.
Gabbi, en historia, 4
Como es costumbre, el acto lo encabezó el mandamás de la casa, Adelmo Gabbi, quien unos días antes había facilitado sus palabras a “protocolo”.
Tolerantes con las opiniones ajenas -con las que podemos coincidir o disgregar- no podemos dejar de apuntar a ciertos dislates históricos de los disertantes.
Vale Negociable para el pago de la duda de la Aduana de 1820. La evidencia sobre la existencia de un mercado secundario en la Buenos Aires de principios de 1800 es incuestionable.
En el caso del presidente de la Bolsa -seguramente mal asesorado o por alguien que, tal vez, buscaba “quedar bien” con “El Loco”-, le erra y “fiero” en sus alusiones a Manuel Belgrano.
Don Manuel jamás habló de fundar un banco y mucho menos una bolsa. En sus escritos no se consigna ni una vez la palabra Bolsa y sobre los bancos -como buen fisiócrata que era- advierte claramente en el Correo Mercantil que “…siempre que la circulación y el crédito gocen de una cierta actividad los bancos son inútiles y aun peligrosos”.
El Real Consulado de Comercio de Buenos Aires, fundado y presidido por Manuel Belgrano desde 1794 hasta que murió en 1820. Fue el centro de reunión y de negociación del dinero en Buenos Aires, actuando como una verdadera a Bolsa. Tal fue su gravitancia que Rivadavia debió instrumentar su bolsa en el mismo lugar.
A quien hace referencia don Adelmo, e históricamente ha sido considerado el inspirador de la Bolsa de Buenos Aires a principios del siglo XIX, es a Bernardino Rivadavia (tan es así que el busto que encabeza la Sala del Consejo de la Bolsa es de Rivadavia y no de Belgrano), difícilmente alguien que pueda definirse como “liberal” o del gusto presidencial.
Respecto a la Bolsa de 1820, vuelve a equivocarse el dirigente bursátil. Primero porque fue inaugurada en 1ro de febrero 1822 en la sede del Consula de Comercio y luego porque si se realizaron operaciones.
Manuel Belgrano, padre de nuestro mercado de capitales
Cuando en 1794 Don Manuel creó por Orden Real el Consulado de Comercio de Buenos Aires, aunque no lo pensara de esta manera, lo que hizo en la práctica fue dar el puntapié para la creación y el desarrollo del mercado de capitales argentino, dando lugar a lo que en aquella época hacia a las funciones de una bolsa. Belgrano presidió el Consulado de manera efectiva hasta 1810, cuando asumió sus funciones militares, dejando en manos de sus subalternos el manejo de la entidad hasta su muerte en 1820.
El bono interno de 1829. Otro de los títulos que se negociaban en el mercado informal de Buenos Aires mucho anates de la fundación de la BCBA
Mas allá de los roles formales, el consulado era el centro donde se concentraba toda la información económica, se fijaban las prácticas mercantiles y coordinaban las operaciones financieras entre las principales casas comerciales, se validaba y facilitaba la circulación de letras, libranzas y otros instrumentos de crédito entre comerciantes, haciendo en la práctica de cámara de compensación, y actuaba como banco comercial al conceder y coordinar los grandes prestamos entre comerciantes y la Corona -a los que de alguna manera servía de garante-, a la par de actuar como banco de inversión al organizar los empréstitos y financiar las campañas militares y proyectos fiscales y de alguna manera servir de garante para todos estos.
Cuando crea el Banco de Descuentos, Bernardino Rivadavia se adjudica una de sus acciones, no queriendo dejar que el negocio se le escape de las manos. Nada que no siga ocurriendo en nuestros días.
Lo que se negociaba eran los préstamos, donativos y privilegios con la Corona, libranzas (letras de cambio), vales reales y de aduana, prestamos forzosos, operaciones de cambio de monedas, censos, etc.
Acá viene bien una aclaración: los recibos por los prestamos podían heredarse, en algunos casos cederse y eran el instrumento para reclamar el pago del préstamo. Las libranzas podían endosarse, venderse y descontarse siendo en la práctica equivalentes a una letra de cambio. Las letras de cambio eran deuda privada plenamente negociables. Los Vales Reales emitidos a partir de 1780 eran atenticos títulos de duda bajo la concepción moderna: pagaban intereses, podían venderse, endosarse y tenían cotización, circulando ampliamente en el Reino (la presencia de estos papeles en Buenos Aires fue muy limitada).
Es decir, ya antes de Mayo existían un mercado primario y un verdadero mercado secundario en nuestras tierras, cuyo eje era el Consulado de Comercio (ver: Antonio Ibarra, Louisa Schell, John Kicza, Cristina Mazzeo, Bernard Hausberg, Carlos Marichal, Guillermina del Valle Pavon, Gabriel di Meglio, Tulio Halperin, etc.).
Las promesas y fantasías de riqueza ilimitada para quienes invirtiesen en nuestras tierras llevaron al lanzamiento de una cantidad de sociedades por acción en Londres, principal centro financiero del mundo por entonces. Poco ha cambiado a lo largo de estos siglos.
Posiblemente la novedad más importante introducida durante la Revolución, que con algunas modificaciones siguió apelando a los mismos mecanismos de financiamiento que había heredado de la corona (las estimaciones hablan que cerca del 70% de los gastos de la Revolución se financiaron con deuda interna), fue la autorización a partir de 1813 de usar los cupones de los préstamos al estado, para pagar las deudas con la aduana y a los tenedores de letras de cambio -que recibían estos papeles como pago por el ejército- a usarlos para cubrir los prestamos forzosos, con lo que en la práctica se convirtieron en papeles comerciales.
En paralelo con el mercado de capitales local, desde 1811 se fue desarrollando otro, de mano de las necesidades de los comerciantes británicos, que fueron los que más abastecieron de armas y pertrechos al ejército. Para 1824 se habían establecido más de 50 “casas inglesas” en Buenos Aires (en lo financiero operaban con plata, oro, letras de cambio y descuento de títulos del gobierno) y “los ingleses” eran el grupo más importantes de inmigrantes en esta orilla del Plata.
Para 1820 la bola de préstamos del gobierno había crecido tanto que, con la caída del Directorio, tuvimos el primer default interno: el crédito público desapareció y las provincias comenzaron a emitir sus propios papeles.
El fracaso de Bernardino Rivadavia
El default dio pie a las reformas que introdujo Bernandino Rivadavia entre 1821 y 1824, buscando ordenar los empréstitos y consolidar la deuda. Así creó el Banco de Descuentos al que, siguiendo el modelo Frances, decidió complementar con una Bolsa oficial (antes de cerrar el Consulado -lugar donde la estableció- le ordenó designar los cuatro corredores) buscando un lugar para la negociación secundaria de los títulos y billetes.
El éxito inicial de la operación fue tal que en 1824 las Provincias Unidas pudieron por primera vez acceder al crédito externo con el empréstito que organizó la Baring Brothers reemplazando al sistema local de préstamos forzosos.
Tras el default dispuesto por Manuel Dorrego en 1828, Juan Manuel de Rosas volvió a recurrir a “donativos voluntarios” y “préstamos patrióticos” (era renuente a emitir dinero). Estos no eran negociables, pero los vales (cupones) con los que se iban pagando si.
El default al préstamo instrumentado por la Baring Brothers, hizo más que cerrar el acceso al mercado internacional. Los valores en que siguió negociándose la deuda en Londres, reflejan un comportamiento similar al de los otros defaults que tendría la Argentina y hablan de un mercado eficiente.
Si bien el número de corredores siguió creciendo durante los siguientes años y se consignan unas pocas operaciones y varios reclamos oficiales a los intermediarios para que registren y operen en el recinto del ex Consulado, lo cierto es que la Bolsa de Rivadavia fue un fracaso.
Ni los tenedores de títulos ni los intermediarios locales aceptaron la idea de operar bajo el control del gobierno y comenzaron a reunirse y operar de manera informal en distintos sitios, básicamente onzas de oro contra pesos y vales (que se negociaban con un descuento que iba del 40% al 70% según la coyuntura).
Vemos así que en 1840 Rosas ordena enviar a la cárcel a todos los corredores mercantiles que solían reunirse sobre la calle Cangallo -oficiales y oficiosos-, argumentando que hacían subir el precio del oro para favorecer a Lavalle. Pero aun así no logra frenar el “mercado negro”.
En 1841 los comerciantes extranjeros fundaron la Buenos Aires Exchange Asociación, que fuera la precursora directa de la Bolsa de Comercio de 1854.
Luego de esto, al año siguiente unos 150 comerciantes extranjeros deciden constituir su propia bolsa y con el permiso de Rosas -que solo les había impuesto la condición que los argentinos fueran excluidos-, crean la Buenos Aires Exchange Asociación.
A principios de 1846 los corredores locales/informales se integran en la “Sociedad Particular de Corredores” que se reúne en la oficina de E. Achinelly sobre la calle Florida, hasta que este es asesinado. Algunos autores dicen que existía un reglamento, otro que no, pero lo concreto es que “el Camuati” (el nombre les vino de su comportamiento como enjambre de avispas) operó hasta al menos 1859, es decir luego de la fundación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Los vaivenes del precio de la onza de oro, contra el peso y los títulos estatales, que se negociaban en un mercado “informal” era lo que más desvelaba a Rosas durante la segunda parte de su mandato.
Aquí cabe una acotación, mientras que ninguno de los miembros del Camuatí, según las fotos que disponemos de ellos, estuvo entre los miembros fundadores de la BCBA, los primeros presidentes y muchos de los fundadores de la BCBA eran miembros de la Buenos Aires Exchange Asociación, que con la aparición de la Bolsa -a la que en un principio proveía de información- fue transformándose en un club social (el más antiguo de América Latina).
Todos tenemos derecho a equivocarnos. Se equivoca el presidente la Bolsa cuando achaca a Belgrano la fundación de la primera bolsa de la Argentina y pone en su boca palabras que nunca dijo. Se equivoca cuando no reconoce la actividad financiera que había en Buenos Aires antes de 1854, y que la fundación de la BCBA no fue algo “sacado de la galera”, sino la culminación del devenir de un proceso con al menos 60 años de historia.
Todos tenemos derecho a equivocarnos, a lo que no tenemos derecho es a tergiversar públicamente la historia, que tantos sacrificios ha costado. ¿El riesgo?: recibir una respuesta publica a falacias publicas (próxima nota: “Javier Milei, en historia, 0”).