Tigres, crímenes y efecto de realidad

"Tiger King", el documental sobre el tráfico de animales salvajes, es la producción más vista de Netflix. Lo atrapante de la serie es el relato de una investigación acerca de cómo el dueño de un zoológico privado en Oklahoma mandó a matar a su archienemiga, cómo fracasó en el intento, y por qué hoy purga una condena en la prisión federal de Grady.

Un periodista le preguntó ayer a Donald Trump, en su habitual ronda de prensa, si había contemplado la posibilidad de indultar a JoeExotic. El presidente, sin sorprenderse demasiado, sólo atinó a carraspear un indescifrable “mmm”. En los traumáticos días que estamos atravesando esta pregunta sonaría, en cualquier otra parte, como una completa frivolidad, pero en los Estados Unidos no fue así. Allí, el tal Exotic, protagonista de la serie documental de Netflix “Tiger King”, ocupa las preocupaciones cotidianas de sus ciudadanos apenas un par de escalones por debajo del alcohol en gel y la provisión de carnes grasas.

A diferencia de otros países, el nuestro incluido (que prefiere en el streaming los policiales nórdicos o españoles de ladrones simpáticos), entre los estadounidenses “Tiger King” no sólo es la producción más vista de Netflix sino que, impulsado su rating por la cuarentena, se ha convertido en una obsesión nacional. Este reality-documental de Eric Goode y Rebecca Chaiklin, estrenado hace poco más de tres semanas, se ocupa primeramente del tráfico de animales salvajes en algunos de sus estados (sabemos, desde el principio, que hay más tigres en cautiverio en ese país que libres en Africa), aunque en realidad el asunto central es el “true crime”: una investigación acerca de cómo el dueño de un zoológico privado en Oklahoma, el JoeExotic en cuestión, mandó a matar a su archienemiga, la conservacionista Carole Baskin, cómo fracasó en el intento, y por qué hoy purga una condena en la prisión federal de Grady (de allí la pregunta del periodista a Trump a partir, además, de la solicitud de clemencia del propio interesado).

Sin embargo, esto no es todo. Baskin, lejos de ser la Madre Teresa de los grandes felinos, es la principal sospechosa de haber dado muerte a uno de sus maridos, Don Lewis, un millonario que dejó a su familia e instaló el santuario de animales que su nueva mujer le reclamaba. Un día el hombre desapareció sin dejar más rastros que una camioneta abandonada en un aeropuerto local, presuntamente por haber viajado a Costa Rica. De acuerdo con la teoría de Exotic (quien no es el único en sostenerla, sino la mitad del país), ella lo mató y se lo dio de comer a los tigres.

Pero tampoco Exotic, cuyo verdadero nombre es Joseph Maldonado-Passage, es Charles Darwin: violento, estrafalario, polígamo gay (con debilidad por hombres jóvenes desdentados y heterosexuales, a los que sin embargo fuerza a casarse con él), candidato a la presidencia de la nación y a gobernador de Oklahoma en dos campañas bizarras, no sólo fue capaz de encargarle el crimen de Baskin a un sicario que se arrepiente, y que da su testimonio en la serie, sino que entre sus antecedentes cuenta con numerosos registros de crueldad animal, robo, tráfico de estupefacientes y otros delitos.

Finalmente, en lo que toca al dramatispersonae, tampoco el documental se limita al enfrentamiento de ambos antagonistas sino que, como en los mejores policiales, personajes secundarios no menos siniestros intervienen en el destino de los principales: DocAntle, dueño de otro zoo y rey de un harén en Las Vegas; Jeff Lowe, un empresario de oscuro pasado que terminará quedándose con el zoo de Exotic; una empleada de Exotic a la que un tigre le devora una mano y que, sin embargo, sigue amando y trabajando con el jefe.

La pasión por esta serie, que apenas ocupa una temporada de siete capítulos (lo menos indicado para las adicciones actuales, en especial en días de cuarentena), seguirá con un capítulo adicional que Netflix subirá este domingo, y en una secuela, o un complemento, que no hará esta plataforma sino el canal Investigation Discovery, y que estará focalizada en el caso de Carole Baskin y el presunto asesinato de su esposo.

No es del todo probable que el fulgurante éxito de “The Tiger King” se repita en otros países. La tierra donde nació Hollywood, en la que el desarrollo más extremo convive con la inocencia, ama por sobre todo estos productos donde los límites entre la ficción y la realidad desaparecen. No es posible preguntarle a Trump por la suerte de Rocky o de Voldemort: sí por la de JoeExotic, que es real y que es fantástico al mismo tiempo. Tampoco es posible preguntarle a Scorsese si hubo realidad en la confesión “El irlandés”, del mismo modo como los directores de “Tiger King” tampoco responderán si todo es auténtico.

La técnica y el relato de la serie se encuadran en los límites más puros del documental, y sin embargo la apariencia de ficción supera muchas veces ese marco. Y, así como hay testimonios a cámara, no son pocas las escenas que no se basan en “reenactements”, o recreaciones, sino que son actuación pura: por caso, en una feroz pelea entre Exotic y Jeff Lowe, donde éste se retira pateando escritorios, ¿se convocó previamente a camarógrafos, iluminadores y directores para registrarla? Como sea, a los millones que siguen esta serie, y quieren más, poco les interesa. Con que cumpla el “efecto de realidad” es suficiente.

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