“Uno puede desconocer no solo Japón sino a uno mismo, a un hijo, a un momento de la vida”, dice Carola Reyna, quien estrenó el sábado su primer unipersonal , “Okasan”, basado en la novela de Mori Ponsowy, con adaptación de la propia Reyna junto con Sandra Durán y Paula Herrera Nobile, quien además dirige.
“Okasan”: el Japón, un hijo lejano, y otros símbolos de lo desconocido
Diálogo con Carola Reyna, quien acaba de estrenar su primer unipersonal sobre la obra de Mori Ponsowy.
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Carola Reyna. En “Okasan”, el remoto Japón funciona como metáfora de lo extraño y familiar a la vez.
Se puede ver los sábados a las 22 el Teatro Picadero y trata sobre una mujer que viaja por primera vez a Japón para visitar a su único hijo, que se fue a vivir a ese país. Inmersa en esa cultura descubre que él es parte de ese paisaje nuevo y desconocido. El viaje se convierte en la aventura de encontrar quién será ella a partir de ese momento. Dialogamos con Reyna.
Periodista: ¿Cómo surgió el proyecto teatral a partir del libro?
Carola Reyna: Una íntima amiga lo leyó e inmediatamente me habló de la novela. Sandra Durán decía que pensaba en mí todo el tiempo, ella y yo tenemos hijos viviendo en el extranjero y siempre que volvemos de verlos hablamos de nuestras sensaciones. Se imaginó un unipersonal y cuando me regaló el libro y lo leí fue amor a primera vista, me atravesó como una flecha y dije “Sí, hagámoslo”. Me pareció bellísimo todo lo que cuenta y Japón como protagonista.
P.: ¿Cómo siguió el camino de decidir a hacerlo a ponerse en marcha?
C.R.: Fuimos a buscar a Mori Ponsowy, la autora, mi amiga compró los derechos, empezó a escribir en talleres con ella y era plena pandemia. Cuando lo retomamos se volvió a restringir todo por el covid, después murió mi mamá y todo indicaba que aún no era el momento para arrancar. La creación es sabia y tiene sus tiempos propios, hasta que en el verano me encontré con otra amiga, Paula Herrera, y sentimos que tenía que ser la directora, que reunía todas las condiciones: yo necesitaba alguien de confianza, porque me exponía mucho haciendo mi primer unipersonal. También fue lindo que fuera mujer y además ella había viajado al Japón y la había transformado. En mayo del año pasado nos empezamos a reunir las tres, Paula escribió una versión y fue un trabajo sui generis, por eso nos pusimos las tres como adaptadoras del texto, además de producir. Tuvimos la suerte de que Sebastián Blutrach nos ofreció El Picadero durante 6 sábados a las 10 de la noche así que pusimos fecha y empezó la maratón.
P.: ¿Cómo es producir además de actuar, en definitiva, empujar el proyecto propio?
C.R.: Es un montón, es estar adentro y afuera, pendiente de todo, desde el afiche al camión con la escenografía, el presupuesto, pero el proyecto merecía que estuviera involucradísima. ¿Qué es lo peor que puede pasar? El miedo, y hay que vencerlo. El camino ya es hermoso así que ese es el fin, no sé qué pasará, si gustará más o menos, a veces digo “En qué me metí” porque hacer todo estresa, pero después pienso que otros son los problemas graves, no este. Es hermoso buscar cosas que uno no haya hecho nunca. En pandemia parecía que no íbamos a hacer nunca más nada, ahí decidimos con Boy (Olmi) irnos a pasear por el país en una motorhome, hacer las cosas en vida mientras se pueda. Y esta es una de esas.
P.: ¿Qué temas toca la obra?
C.R.: Contamos un cuento chiquito, universal, que habla de la maternidad y de la vida, del paso del tiempo, de los cambios de roles, cuando se es hijo de un hijo o madre de una madre, de la extrañeza. Habla de la distancia, de la libertad, de la independencia del otro, de cómo se transforma un vínculo estando lejos más allá de la tecnología. Hay mucha gente repartida por el mundo y con la virtualidad nos vemos por zoom pero hay que adaptarse a no estar en el cotidiano con el otro.
P.: ¿Cómo se espeja su personaje con su experiencia de tener un hijo viviendo afuera?
C.R.: Por suerte para eso está el hecho artístico y nada nunca está tan alejado. Lo interesante es cuando un proceso o sentimiento personales se transforma en canción, en poema, en cuento o en un hecho a compartir. Eso es divino. Ya pasaron varios años y ahora tengo la distancia para contarlo, aunque no sea mi cuento, su hijo no es el mío, no me pasa exactamente lo mismo pero lleva a una reflexión que me recontra pega y hay magia al contarlo para todos. Por eso esta obra tiene tanto sentido, porque a todas nos hace mucho sentido.
P.: ¿Qué hay de Japón en la estética de la obra?
C.R.: No estoy de kimono todo el tiempo, hay momentos, pero Japón está presente de manera sutil, a la vez es un lugar que es todos los lugares, es su cabeza, su relato, todo junto pero el público va a viajar a Japón. Y lo lindo es que el personaje no pertenece allí, está de visita, es como verlo con ojos de quien lo está descubriendo. El Japón está.




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