13 de julio 2004 - 00:00

Argentina necesita orden y justicia

Que en los últimos años la crisis y la injusticia social se agravaron y que se siguen agravando lo prueban las propias cifras oficiales que dan cuenta que 10% de la población con ingresos más bajos, que en la década del '90 recibía 5,7% del total del ingreso, en 2003 ha descendido a 2,9%. En otros términos, después de la década de 1990, los pobres fueron cada vez más pobres.

La seguridad ciudadana, el orden social, la gobernabilidad no son en modo alguno incompatibles con el progreso social y la equidad como parecen creer algunos. Por el contrario, la justicia social y el respeto de la ley se necesitan recíprocamente.

La pobreza cayó verticalmente de 50% -el índice al que hoy ha retornado- a menos de 25% en la década del '90, y la indigencia había prácticamente desaparecido.

Pocos y muy concentrados programas sociales para los sectores más débiles y desprotegidos (madres solteras, niños en edad preescolar) aseguraron que ningún argentino padeciera la desnutrición y el abandono. Una moneda sana y estable aseguró durante esos años salarios dignos y seguros. Hacia el fin de mi gobierno, los salarios de los trabajadores eran los más altos de toda la serie histórica. Obsérvense los datos del INDEC. Era verdadero peronismo: buenos sueldos, consumo, inversión, ley y orden.

•Injustificable

Sobre la preocupación por la pobreza y la violencia social que expresaron varios obispos católicos no tiene justificación la violenta respuesta dada a esas declaraciones por el actual presidente de la Argentina, en las que atribuyó a los prelados que expresaron su comprensible inquietud el alineamiento en una supuesta «tendencia conservadora» de la Iglesia, a la que diferenció de otros sectores eclesiales, que serían «progresistas» y con los que se declaró identificado.

Néstor Kirchner, con esa intolerante, injusta y errónea diatriba contra los obispos, suma a su notoria tendencia a contrariar la unión de los argentinos, que es una de las condiciones indispensables para poder afrontar alguna posibilidad de éxito ante la crisis que padecemos, una de cuyas más dramáticas manifestaciones es que más de la mitad de nuestro pueblo está en la pobreza.

Los cristianos asumimos el principio del amor y de la justicia como el modo de construir la unidad en la diversidad y resolver los conflictos mediante la armonización de las diferencias porque sabemos que uno es Dios y la distinción real de las personas de la Trinidad Santa entre sí no divide la unidad divina.

Aceptamos que una es la Iglesia de Cristo, santa, católica y apostólica y que, si esa unidad se presenta con una gran diversidad procedente de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben, esa diversidad se une por la armonía forjada en el amor y no conduce a la división y la exaltación del conflicto.

Por último, el tono de la respuesta del doctor Kirchner a los obispos lo aleja de los principios del justicialismo que asignan un valor trascendente a la unidad, dado que nuestra doctrina y nuestra acción arraigan en la raíz cristiana de la filosofía que el general Juan Domingo Perón legó a nuestro movimiento.

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