Armas contra la pobreza e indigencia
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Así se constata en el hecho que haya hoy 90 por ciento más de pobres, casi 4 veces más de indigentes y 55 por ciento más de desocupados que los que había en 1998, según surge al comparar las cifras oficiales actuales con las de entonces.
• Límites
La creación de empleos a través de la financiación oficial de planes de vivienda o del desarrollo de obras públicas tampoco parece ser una respuesta suficiente y sólida para afrontar esos niveles de pobreza, indigencia y desocupación.
Ese camino se percibe insuficiente, entre otros motivos, porque el Estado argentino sigue teniendo límites estrictos para financiar viviendas y obras públicas, restricción que no se puede considerar superada por el hecho de que haya hoy un superávit fiscal que es resultado de la recaudación de impuestos distorsivos (como las retenciones a las exportaciones de alimentos y bienes energéticos, cuyos precios internacionales llegaron a niveles récord, o el que se aplica a la emisión de cheques) y de la reducción del gasto debida a la brutal disminución que, devaluación mediante, se impuso al nivel de los salarios públicos y de las jubilaciones y pensiones que paga el Estado.
Lo que propongo es identificar y crear condiciones para poner en marcha redes de emprendimientos que sean creadores de valor sustentable por saber aprovechar las ventajas comparativas de la Argentina, que permitan aumentar el nivel del empleo y de la productividad (entendida como el aumento del nivel de facturación de una unidad de trabajo en una unidad de tiempo, a costos decrecientes) a corto plazo y en forma simultánea, y que multipliquen la oferta de bienes y servicios competitivos en el país y en el mundo para incrementar en forma efectiva y sostenida la riqueza nacional.
Hacer realidad esta perspectiva no es una propuesta utópica ya que se trata de convertir en ventajas competitivas las oportunidades que Dios regaló a la Argentina al dotarla de grandes ventajas comparativas, en especial los recursos de luminosidad, temperatura y humedad que tienen todas las regiones de nuestro territorioy a los que podríamosllamar «recursos celestes» en tanto vienen del cielo,que permiten equiparar el aprovechamiento de los diversos «recursos terrestres» como los ricos suelos de la llamada pampa húmeda con los de las regiones áridas o semiáridas de nuestra patria.
Los argentinos supimos hacerlo entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando aprovechamos nuestra capacidad para producir carnes y granos y venderlos a un mundo que los necesitaba, construyendo un ciclo de progreso nacional que se extendió hasta 1930.
Lo hicimos otra vez con la formidable transformación que produjo el peronismo entre 1945 y 1955, que llevó a insertarnos en la revolución industrial de esa etapa de la evolución y promovió una democratización política y social irreversible.
• Soja
En la década de 1990, aunque muchos quieran negar la realidad, los argentinos volvimos a crear oportunidades de desarrollo, aprovechando nuestras ventajas comparativas para buscar integrarnos en la nueva etapa de la evolución que marcó el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento; y entre las realizaciones alcanzadas en ese período cabe mencionar la creación de condiciones que permitieron llevar a cabo una verdadera revolución de los alimentos, entre cuyas expresiones más destacadas estuvo el llamado boom de la soja, cuyos resultados seguimos hoy disfrutando todos los argentinos.
En esa perspectiva, tengo la convicción de que en nuestra Argentina, antes y ahora, uno de los ejes centrales de la creación de riquezas estuvo y está en la singular capacidad de nuestro territorio y la destreza de nuestra gente para elaborar gran cantidad de alimentos de calidad.
Por caso, nuestro país tiene una gran capacidad de elaboración de bienes alimenticios diferenciados en base a lácteos, hortalizas, frutas, verduras y huevos -los que en el Primer Congreso Nacional de la Alimentación de 1949 eran definidos por Juan Domingo Perón y Ramón Carrillo como «alimentos nobles»- actividad en la cual, me diante la destreza de nuestra gente y el aporte de innovaciones científicas y tecnológicas, es posible alcanzar a corto plazo rangos de productividad y competitividad que hagan que su valor pueda ser percibido por compradores locales y foráneos, reuniendo así recursos suficientes para que nuestra comunidad acceda a una digna calidad de vida.
Debe tenerse en cuenta que esos emprendimientos agroindustriales implican altos niveles de empleo directo.
Cierto es que, para avanzar en esta perspectiva, se requiere concretar un cambio cultural que lleve a que todos asumamos que esa Argentina agroalimentaria y agroexportadora que supimos conseguir, expresa una virtud específica que debemos valorar y exaltar y no un pecado al que debamos castigar y enmendar.
Se trata de lograr que todos los argentinos compartamos la orgullosa convicción en que la posibilidad de dar de comer a la Argentina y al mundo es nuestra aptitud distintiva y nuestra identidad específica, y que desde esa aptitud e identidad debemos y podemos complementarnos con otras naciones y pueblos de este mundo globalizado, intercambiando nuestras realizaciones con las que ellos obtienen por sus propias y específicas aptitudes e identidades, diferentes de las nuestras.
Para avanzar en esa perspectiva, sería del caso crear un espacio de diálogo en el que todos los sectoresde la comunidad nacional nos pongamos de acuerdo en un programa concreto de productividad que, mediante el trabajo, lleve a convertir en riquezas efectivas las oportunidades que en la Argentina aún están pendientes de ser realizadas y que distan de agotarse en los ejemplos de producción alimentaria antes mencionados.
Sé que una de las condiciones para que ese espacio llegue a existir es cambiar el clima que hoy reina entre nosotros, tan cargado de hostilidades y de rencores, de reproches y de acusaciones cruzadas, que hacen muy difícil entablar un diálogo sincero y fructífero que permita elaborar ese programa y ponerlo en práctica.
Asumo que, en ese clima actual, tal vez no seamos los dirigentes políticos de dentro y de fuera del gobierno quienes podamos encontrar el eco y la credibilidad que se requieren para crear ese espacio de diálogo fraterno.
Pero siento que ésta es una de las iniciativas reconciliadoras que pueden aportar a que nuestra querida Argentina vuelva a ser el hogar común de todos sus hijos, tanto de aquellos que tienen miedo por las amenazas a su vida, su libertad y su propiedad que les impone una violencia cada vez más extendida, agresiva e impune; como de quienes sufren una injusta e inaceptable pobreza e indigencia, que les priva de la dignidad que es debida a toda persona por el solo hecho de ser tal.




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