20 de mayo 2021 - 00:00

Más que un girar a la izquierda, EEUU se prepara para la guerra

Para Biden, la inflación es un problema de segundo orden y el choque con China, inevitable. Lo que sucederá en Argentina.

inter-Biden-REUTERS.JPG

No sería justo decir que Joseph Biden no puede llevar adelante una presidencia progresista porque su pasado en la derecha demócrata lo condena. Al fin y al cabo, tanto Franklin Roosevelt como Lyndon Johnson tenían un pasado conservador y ambos fueron los presidentes más a la izquierda que tuvo ese país.

Pero, como bien lo explica quien fue durante tres décadas titular de cátedra en Historia de Estados Unidos en UBA, Pablo Pozzi, el plan de obras de Biden por tres billones de dólares no fue ni siquiera aprobado y, a diferencia del New Deal, ahora el rol del Estado es solamente poner la plata. Después se esfuma. Esos tres billones (ocho PBI argentinos) representarían otro subsidio al capital concentrado similar al quantitave easing de 2009, o sea, a la masiva compra de acciones de empresas por parte de la Reserva Federal que -nadie puede sorprenderse- ayudó a empeorar la desigualdad y al resentimiento en las clases medias bajas que terminó depositando a Donald Trump en la presidencia ocho años después.

Tampoco la estrategia de Biden se enfoca puntualmente en el segmento que es el más desamparado de la sociedad incluso desde antes que EEUU fuese un país: los negros. Por eso, el nuevo aumento del gasto de estos demócratas es diferente de los programas de bienestar de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson, que sí iban en esa dirección. Johnson y Abraham Lincon fueron los únicos dos presidentes que generaron progresos fuertes, concretos y masivos para la población negra. Ambos pagaron un muy alto precio -uno, su reelección, el otro, su vida- y por eso sus transformaciones no fueron profundizadas. Sus sucesores, de cualquiera de los dos partidos, fueron poco a poco desmantelando al menos parte de esos progresos.

Hoy, en el terreno de lo simbólico y de lo metafórico, cada día hay noticias sobre supuestos avances de las minorías estadounidenses, pero, la artificialidad es tan poco disimulada, que los medios a veces caen en un pozo de patetismo como cuando calificaron a la actriz ganadora del Globo de Oro Anya Taylor (blanca como la leche y rubia como el sol) como “de color” o como cuando legitimaron la victimización de los duques de Sussex en el show de Oprah Winfrey. Si todos somos parte de alguna minoría, si todos somos víctimas, entonces se diluye a la verdadera minoría devastada por trescientos años de esclavitud y cien de apartheid estadounidense: otra vez, los negros. Al menos los que no son estrellas en Los Angeles o realeza en Londres.

Por su parte, la supuesta suba de impuestos a los ricos, que lo único que haría es retrotraer la carga impositiva a la que había en 2004, será hachada en el Capitolio y el presidente -que fue 36 años senador de un paraíso fiscal- lo sabe.

En teoría Biden busca una nueva ronda de sindicalización que en la práctica no se produce ni en Amazon ni en Walmart ni en las automotrices instaladas en el sur y queda en un ejercicio retórico aplaudido por la izquierda, a la que hay que conformar porque no hay que olvidar que el presidente ganó la interna demócrata con muy poco.

Con una de las políticas de Donald Trump hay una continuidad clara: emitir, emitir y emitir. Los trabajosamente construidos diques de contención de la emisión monetaria, que por décadas se vendieron a la sociedad como el camino responsable, fueron dinamitados. ¿Y el déficit? El ajuste que habría que ejecutar para equilibrar ingresos y egresos sería el mayor de toda la historia -con consecuencias inéditas- y sólo una minúscula minoría insiste en llevarlo adelante. ¿Y la duplicación de la inflación? La respuesta de la Casa Blanca se reduce a una palabra: “Transitoria”.

Mientras en la prensa mundial se sigue etiquetando a Biden como una sorpresa progre, al rearme de Estados Unidos y de su aliado el Reino Unido -que al menos tuvo la transparencia de hacerlo público en un anuncio especifico del Primer Ministro- se lo disfraza de “gasto Covid”.

Lo cierto es que hay que retrotraerse hasta Ronald Reagan para encontrarse con un presidente como el católico practicante Joe Biden que cree tan apasionadamente en lo que Estados Unidos representa. Ese es el lado positivo. El no tan positivo es que el primer mandatario aplica ciertas zonas del discurso progresista que le sirven para el enfrentamiento mundial que ve como inevitable mientras ignora las que no hacen a la diferencia en el choque que viene con China: como el megaendeudamiento estudiantil. Por ahora, el ala liberal está conforme y, también por ahora, la izquierda demócrata evade la cuestión internacional que deja en manos del presidente experto.

Esta preparación para la guerra viene de las consecuencias geopolíticas de la pandemia, de cómo las élites estadounidenses se despertaron del sueño de complementariedad con China (tan ingenuamente representado por el documental American Factory producido por los Obama para Netflix) para tener que vivir la pesadilla de 587 mil vidas perdidas en poco más de un año. Estados Unidos insiste en que el virus fue introducido desde un laboratorio; o sea, si sostenemos el razonamiento, los muertos serían los de una guerra no declarada.

Pero eso no es lo peor. Lo peor es el elefante blanco que se pasea frente a todos y que Occidente intenta ignorar: hace un año, el país más habitado del planeta suprimió al virus. Un logro inmenso que sólo Vietnam y algunas islas pudieron imitar. Mientras tanto, el segundo país más habitado, al ladito de los chinos y clave para Estados Unidos, vive una tragedia cuyas imágenes tienen que ser editadas para no generar aún más derrotismo en quienes todavía no saben cómo van a impedir que el PCC consiga su próximo objetivo: Taiwan.

La supresión china del virus anuló teorías con las que se manejaba la inteligencia estadounidense, como las del especialista Roderick MacFarquhar cuyo núcleo era un recorrido histórico en el cual la sociedad del país asiático terminaba desconociendo la autoridad del partido y caotizándose por sus contradicciones internas y, además, argüía que Xi Jinping no tenía legitimidad porque no había sido elegido por Deng (como sus dos antecesores) sino por un acuerdo oscuro contra los ultramaoistas que, según MacFarquhar, tienen más influencia de lo que parece. La eliminación del virus demuestra que nada de esto es así: el Partido Comunista está firme detrás del Jinping, quién además tiene el control sobre el país que dice tener y puede enrostrarle normalidad a un primer mundo donde la esperanza de vida cae y la salud mental de sus ciudadanos se deteriora.

Cada decisión del especialista en política exterior Joe Biden mira a China: no permitir que en 2028 el PBI de los comunistas supere al de EEUU, sacarle todo le jugo ahora al hecho de que el yuan todavía tiene cepo y no puede ser moneda de reserva, desacoplar lentamente las dos economías, alentar a que las multinacionales se muden a Vietnam o a India, enviar un mensaje urbi et orbi sobre Rusia al llamar “asesino” a su presidente y, muy importante, desacreditar al mayor promotor de la idea de que es inútil intentar detener a Jinping y mucho menos por una pequeña isla, Donald Trump.

En su libro The Room Where It Happpened el ex embajador ante la ONU John Bolton grafica el pensamiento del ex presidente republicano sobre cómo lidiar con el conflicto que viene desde 1949 entre los comunistas y la derecha que huyó del continente: “¿Ves esto? Esto es Taiwan” dijo Trump mostrando su dedo meñique. “Ahora, ¿Ves todo esto?” prosiguió Trump señalando con sus manos el Salón Oval. “Todo esto es China”.

Usted, estimado lector, decidirá si la mirada trumpista es realista o derrotista. Pero Joe Biden no tiene dudas: es inaceptable, ese no es ni puede ser ni será Estados Unidos .

Su política interna es la externa: que Estados Unidos vuelva a estar rápidamente de nuevo en carrera (si eso significa inflación, mala suerte, si eso significa apilar vacunas que el resto del mundo daría lo que sea por tener, que pena), darle -después de treinta años de debate- la victoria a la economía de las nuevas tecnologías y, deshaciéndose del lastre de la economía denominada “del pasado” (petróleo y el carbón), que el país pase a la ofensiva sin aceptar árbitros, ni los rusos ni los europeos. Todos tendrán que elegir un bando.

La esperanza de que el enorme intercambio entre EEUU y China evitará la guerra es similar a lo que se pensaba en la década del treinta del siglo pasado pero con Japón. Esa fantasía de que el creciente comercio entre EEUU y Japón era la prueba de que habría paz duró hasta que un día los norteamericanos cortaron el suministro de un solo ítem: petróleo.

En este contexto internacional la posición de la Argentina no es ni muy importante ni tampoco irrelevante. Gobierno, oposición, Justicia, empresariado, opinión pública, intelectuales, sindicatos, Fuerzas Armadas irán haciendo su juego para un bando o para el otro en la guerra que se viene.

Esta situación no es nueva para el país. El historiador Robert Potash en su aclamada trilogía El ejército y la política en la Argentina describe los años entre 1940 y 1943 como “el período que presenció tantas intrigas civiles y militares que rara vez se ha visto nada igual en la Argentina”.

A diferencia de lo que sucedió en la segunda guerra mundial, el ejército argentino -que en 1943 eligió mal- no tendrá la última palabra sobre con qué bando se alineará el país. Pero, esta vez, también alguien tendrá la última palabra, la pregunta es quién.

Dejá tu comentario

Te puede interesar