Bolivia: Dr. Jeckyll y Mr. Hyde

Opiniones

Como en el extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, el discurso enmascara una doble personalidad edulcorada en nombre de la 'libertad', junto con una retórica de tinte ultra conservador rociada con agua bendita.

Hace ya unos cuantos años, luego de una discusión en una clase de maestría en la Universidad de Sydney, se me acerca un estudiante liberal australiano y me dice “yo se porqué ustedes tienen tanta izquierda en Latinoamérica; simplemente porque la derecha siempre hace mal las cosas”. En aquel momento le respondí que creía que era difícil resumir y simplificar tanto una realidad harto compleja. Hoy en día continúo sosteniendo lo mismo; aunque me atrevo a decir que algo de razón tenía.

El breve interregno neoliberal de Añez hizo lo que no debe permitir, prima facie, ningún gobierno conservador (ni progresista); robar antes que hacer (siendo generosos y haciendo caso omiso a las violaciones a los derechos humanos). Y menos aún en medio de una crisis económica y sanitaria derivada de una pandemia que lejos se encuentra de concluir, donde cada paso en falso desnuda rápidamente las miserias políticas.

Más aún, los bolivianos también se encontraron con la misma conjugación de posturas arcaicas y regresivas pre-masistas: solo para citar un par de ejemplos, se propuso la flexibilización laboral a través de la eliminación de la Ley General del Trabajo, avalando el reemplazo de las relaciones laborales por contratos civiles; o mismo el reglamentar el trabajo por horas - con el apoyo de Camacho -, “para que las mujeres puedan atender las tareas del hogar”. Nada nuevo bajo el sol y en menos de un año de gobierno.

En relación a este último, el autoproclamado único candidato de la ‘nueva política boliviana’, se mostró durante toda la campaña como el típico hombre de negocios que ingresa a la política por derecha, como el empresario y actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Lamentablemente, también parece que lo ha copiado en sus malas prácticas corporativas: tal como el primer mandatario estadounidense, las acusaciones de evasión impositiva lo acompañaron durante toda la campaña electoral; en este sentido, la fiscalía sobre delitos económicos lo inculpó de crear tres sociedades offshore con sede en Panamá para su propio beneficio y el de varios particulares y empresas bolivianas que, de este modo, pudieron disimular y blanquear su dinero y establecer planes de evasión fiscal.

Por supuesto, Camacho ha negado rotundamente los hechos y, siguiendo al pie de la letra el viejo dicho popular, llevó adelante su contraofensiva basada en ‘la mejor defensa, es el ataque’. En este sentido, su partido aceptó que el problema económico no radicaba en la tasas impositivas aplicadas durante el gobierno de Evo Morales – que en Bolivia nunca fueron elevadas para las corporaciones -, sino más bien por los controles gubernamentales, que se intensificaron desde que el MAS llegó al poder. Claro, los empresarios cruceños no estaban acostumbrados a pagar impuestos. Porque desde las épocas memoriales del general Banzer Suárez, se había instaurado en Bolivia una tradición de amnistía fiscal (o vulgarmente denominada ‘perdón tributario’): cuando un nuevo presidente era elegido, anulaba las deudas fiscales de las elites acumuladas en periodos previos.

Pero lo peor de todo, es que más allá de que se encontraban bajo una ‘nueva normalidad’ de tener que pagar impuestos como cualquier mortal en este mundo – ya sea persona física o jurídica -, a las elites de Santa Cruz tan mal no le fue con “el indio”, como Camacho mismo consideraba despectivamente a Morales: desde el año 2010, la tasa de crecimiento del PBI cruceña siempre ha sido superior a la de Bolivia en su conjunto. Solo para citar un año calendario, en 2018 su economía creció a una tasa del 5,8%, un 37,44% superior a la del país como un todo (4,22%).

Pero eso no es todo: también se mostraba como una copia fiel del otro ‘outsider regional’, el ex militar brasileño Jair Bolsonaro. No solo mimetizándose bajo su fascismo a través de la Unión Juvenil Cruceñista - creada a imagen y semejanza de las brigadas franquistas españolas -, sino que además genera invariablemente un paralelismo en su fervor religioso, con muchas biblias, ruegos a dios y la defensa irrestricta de la sociedad occidental y cristiana en una cruzada de la fe; legitimando, de este modo, su postura autoritaria con el discurso religioso.

Sin embargo, ello no sería el mayor desafío político, en un mundo que se expanden las extremas y languidecen los centros; su principal techo no fue solo geográfico, sino que además fue clasista y demográfico. Por un lado, el crecimiento económico que multiplicó la riqueza de las elites cruceñas, tuvo su consecuente efecto derrame hacia las clases medias y populares, lo que ha derivado a que una gran cantidad de estos últimos votantes hayan entendido que los beneficios recibidos durante tantos años también han sido parte de las políticas económicas del gobierno central. Y por otro lado, los indígenas, que su partido aborrece como pares y disfruta como siervos, son muchos. Demasiado para sus aspiraciones presidencialistas.

El otro candidato opositor con mayores posibilidades de llegar a una segunda vuelta, era el ex presidente Carlos Mesa. Enamorado de las políticas neoliberales de ajuste estructural y estabilización económica con alto costo social, como lo pregonaba ya desde su canal de televisión privado en la década de 1980’, debió renunciar a menos de dos años de haber asumido la primera magistratura debido a que a los históricos dilemas socio-económicos, se le adicionó el conflicto ideológico: la llamada ‘Guerra por el Gas’ (sumado a la ‘Guerra por el Agua’ de años previos), fue el disparador de fuertes expresiones de hartazgo de la sociedad hacia el modelo privatizador y de hambre instalado durante la globalización diseñada bajo los parámetros del Consenso de Washington desde principios de la década de 1990’, lo que le quitó cualquier tipo de margen de maniobra y lo obligó a dimitir previo a las elecciones que le dieron la victoria a Evo Morales.

Más aún, como la única verdad es la realidad y las comparaciones en política lejos de ser odiosas suelen ser determinantes a la hora de emitir el voto – sobre todo dada la memoria de corto plazo de las mayorías -, fueron muchos los bolivianos que no solo vivenciaron mejoras sustanciales en sus niveles de ingreso reales (mientras el salario mínimo se multiplicó por 5 durante el gobierno de Morales, la inflación de un dígito fue la norma y no la excepción en todo el período), la democratización del servicio de gas natural logró que se pase de un abastecimiento del 3% de la población en el año 2006, a un 50% de la población boliviana en 2019.

Con una lectura básica de lo expuesto, al MAS solo le quedaba transmitir lo que la mayoría de los bolivianos quería escuchar: continuar lo que se hizo bien y cambiar lo que hace falta. Además del ingente crecimiento económico (desocupación máxima del 6%, una deuda externa que descendió del 52% al 24%) y las fuertes políticas redistributivas (disminución de la pobreza un 27%, reducción de la desigualdad un 25%, creación del bono Juana Azurduy contra la mortalidad infantil y el bono Juancito Pinto para con la reducción de la tasa de deserción escolar), se volvió a explicar minuciosamente la relevancia de la nacionalización de los hidrocarburos, la estabilización del tipo de cambio que permitió el aumento de los depósitos en moneda nacional, el rol activo del Estado en la inversión pública con financiamiento de las reservas internacionales (construcción de infraestructura hospitalaria, escuelas), o la implementación de la ley de servicios financieros, donde los bancos debían destinar el 60% de sus carteras al crédito productivo y a las vivienda de interés social exclusivamente (con libre disponibilidad del otro 40%), entre otros. En definitiva, una quita marginal en la rentabilidad de las elites que no solo permite dinamizar el consumo interno, sino que además ayuda mantener la tan delicada y frágil paz social. O sea, con una lectura simplista podríamos afirmar que no le hace mal a nadie y ayuda a muchos; aunque para la posición conservadora, la pérdida de poder político real implique mucho más que ello.

En tanto la mirada a futuro, el propio Arce realizó una autocrítica y prometió la unidad nacional - como todos los políticos en las diversas variantes de centro, con el objetivo de tranquilizar a los sectores medios-altos urbanos, aquellas pymes y profesionales alejados de las luchas clasistas -, excediendo claramente la exclusividad que significaría representar un bloque étnico-social de matriz plebeya (el vicepresidente Choquehuanca será el vínculo con el movimiento campesino e indígena). Por otro lado, el presidente electo habló de la necesidad de dar paso a profesionales, jóvenes con ‘compromiso’ y sectores sociales que no fueron tomados en cuenta: no hay que olvidar que por la afiliación religiosa del binomio presidencial, siempre fueron propensos a una orientación más dialoguista con la oposición y con las clases dominantes; esto los convierte en figuras más digeribles para la derecha. Finalmente, en lo económico prometió continuar el proceso de industrialización por sustitución de importaciones con mayor tecnología y valor agregado – por ejemplo la producción de diésel orgánico sobre la base del reciclaje de aceite de cocina -; además de profundizar un neodesarrollismo que no perjudique – por no decir que aliente - los grandes negocios de los agroindustriales y la banca.

Por supuesto, la historia nos ha enseñado de cíclicas pujas de intereses entre grupos humanos que contraponen diferencias raciales, religiosas, económicas. Por ello, el gobierno de facto saliente, antes de entregar el gobierno, se ha encargado de comprar armas por varios millones de dólares para ponerlas al servicio de la Policía y las FF.AA. Esta decisión no tiene un ápice de ingenuidad: siempre hay que tener a las fuerzas de coerción en el ‘bando propio’. No solo para agradecer por los ‘servicios prestados’ durante todo este año; sino, y principalmente, porque nunca sabe cuando se las pueda volver a necesitar. Ya sea para proteger sus intereses, o para obtener su respaldo para reconquistar el poder; porque en definitiva, deben pensar, siempre se debe sostener la condición de clase que se representa, por la que se sienten legitimados a estar siempre a cargo del gobierno, muy cerca de él, o al menos condicionándolo.

En este sentido, ni la propia Jeanine Añez se cree el primer Tweeter que escribió luego de la victoria de Luis Arce: “Felicito a los ganadores y les pido gobernar pensando en Bolivia y en la democracia”, fueron sus palabras. Una democracia que menos de un año atrás, ella misma y todo el golpismo opositor vilipendio. Pero como en el extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, el discurso enmascara una doble personalidad edulcorada en nombre de la ‘libertad’, junto con una retórica de tinte ultra conservador rociada con agua bendita. Pero que por otro lado, y a los hechos me remito, muestra en su lado más oscuro un desprecio por lo nacional-popular y un racismo asentado en una antinomia decimonónica: “ciudadanos” (ellos) versus “salvajes” (los “otros”, campesino/as indígenas). Si señores. Esa es la visión de ‘modernidad’ de las élites políticas y económicas que retornaron a los meandros del poder en noviembre de 2019. Intenciones que chocaron contra la realidad sociológica de un país al que quieren gobernar pero, en el fondo, lo desprecian.

En él mientras tanto, y tal como diría el filosofo y sociólogo francés, Raymond Aron, “…todos los sistemas sociales son imperfectos, y la política no consiste en la lucha entre el bien y el mal, sino en la elección entre lo preferible y lo detestable”. A pocos días de trascurridas las elecciones, podemos afirmar que aquellos bolivianos que estaban indecisos, dieron finalmente su veredicto. El ‘voto útil’ del mundo rural y urbano popular periférico (incluido el magro 1,55% de Chi Hyun Chung, que había obtenido el tercer lugar en los comicios de 2019 con un 8% en la votación nacional, pero con cifras mayores al 15% en La Paz y Oruro, tradicionales bastiones del MAS), se encontró lejos de aquella visión del mundo de la élite neoliberal, la cual creyó que el MAS terminaría representando un movimiento político circunscripto en una raza guiada obtusamente por la voluntad de su ‘caudillo’. De aquí en más, dependerá de Arce y su gobierno, terminar de ratificar con hechos la confianza que le otorgaron el 55% de los electores bolivianos.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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