23 de junio 2005 - 00:00

Casi todo lo malo ocurre por la noche

Sábado a las 22: «Ma, me voy a dormir un poco y despertame a las 2, así llego al boliche a las 3». A veces alguna cerveza constituye un desubicado desayuno. Entona. El hecho descripto engloba a varones y mujeres. Entregados padres hacen de remiseros y dormitan sufrientes esperando la vuelta. No importa si está bien o mal. ¿Conviene? ¿Trae consecuencias? ¿Y los padres qué quieren? Sabemos que son varias las causas que pueden desembocar en sucesos como los ocurridos en el local bailable Cromañón, o llevar a la triste reciente estadística oficial de la provincia de Buenos Aires que indica que 70% de las muertes en jóvenes se deben a la violencia, el alcoholismo o la drogadicción. ¿Y la nocturnidad no empuja a estos toboganes?

Aprovechando la última elección norteamericana a presidente, estados como el de California plebiscitaron importantes temas conflictivos, como la manipulación científica de células madre, entre otros menos hondos. ¿Cuál sería el resultado en nuestra sociedad si el método se usara para encuestar oficialmente sobre horarios de funcionamiento de discotecas, salas bailables, recitales, despacho de bebidas alcohólicas y tantas otras cosas? Tal vez el cuarto oscuro permitiría el atrevimiento de pedir lo que se quiere apartándose de la moda.

Demasiadas décadas de pediatría y hebeólogo me agolparon conocimientos académicos y experiencias laborales. Haber sido hijo, padre y abuelo aportaron su tremenda lección de costumbres y épocas. Aquí las ofrezco.

• Despersonalización

Ya es remoto el conocimiento psiquiátrico que enseña la etapa de «despersonalización» que atraviesa el adolescente. Período más largo en hombres que en mujeres. Dura años. Nuestras abuelas, y ellas de las suyas, aprendieron que la adolescencia es la «edad del pavo» y que «ya va a sentar cabeza». La intimidad funcional del cerebro está desmenuzándose con la biología molecular y la tecnología que nos muestra todo tipo de imágenes encefálicas, como la reciente magnetocerebrografía que mide el área de corteza cerebral activa. Todo se está sabiendo y mostrando, hasta nuestros comportamientos incluyendo los adolescentes.

El hombre es un animal de vida diurna. El gato o el murciélago son mamíferos de hábitos nocturnos
. De día el humano ve mejor, sus hembras producen más leche para amamantar. Lo contrario pasa con los gatos. Una hora de sueño nocturno nos rinde biológicamente más que si fuera de día. Los índices de mortalidad por accidentes ocurridos a la salida de la noche, poco a poco suman varios «cromañones». «La noche es mala consejera», «tengo una resaca de anoche», «noches alegres, mañanas tristes», «vuelvan temprano», «esas son ideas trasnochadas», todos estos dichos son indicadores de lo que los filósofos llaman «un orden espontáneo».

• Las cosas al revés

Recorriendo el mundo, y hablando de promedios, no observamos la nocturnidad que se ve en Buenos Aires y Gran Buenos Aires, ya extendida a otras grandes ciudades del interior. Hemos convertido a la nocturnidad en un comportamiento. Tenemos una visión especular de la realidad. Los argentinos estamos viendo las cosas al revés, patas para arriba.

Hace tiempo, la madre de una paciente mía me contó que habían elegido a su hija como mejor alumna por sus notas en todas las materias, por su comportamiento individual y por la excelente relación con sus compañeros. Sólo le habían observado un defecto: era muy
« perfeccionista». Me preguntaba si eso era un defecto. Me puse a pensar que si eso fuese así, nadie elegiría a un perfeccionista para operarse del corazón, para pilotear un avión, etc. La nocturnidad aleja a los jóvenes de sus familias, de los alimentos sanos, de la vida al aire libre, del deporte. Mi recordado padre acuñó esta frase-concepto: «El deporte no sólo es bueno por lo que brinda sino por lo que evita». Tabaco, alcohol, drogas, iniciaciones sexuales recordadas luego como pésimas experiencias, embarazos no deseados amenazan desde la noche. Una plétora de leyes no impide que un canalla bloquee una puerta de emergencia con un candado, un alambre, una cadena o un ropero. Otro aluvión de leyes no cambia la alteración dramática del equilibrio natural entre honestos y corruptos que padecemos en nuestro país.

Ante las desgracias, padecimientos y frustraciones anunciadas con anticipación es útil aquello tan tanguero y porteño:
«el calavera no chilla» y «porque no saben lo que les pasa es lo que les pasa» de Ortega y Gasset. Los jóvenes, más que contención necesitan guías que orienten sus libertades. Frenemos a los empresarios, ideólogos, políticos, funcionarios, publicistas, periodistas, artistas que sean «aprovechadores de adolescencias».

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