Casi todo lo malo ocurre por la noche
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Planes sociales y formación de capital humano
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El hombre es un animal de vida diurna. El gato o el murciélago son mamíferos de hábitos nocturnos. De día el humano ve mejor, sus hembras producen más leche para amamantar. Lo contrario pasa con los gatos. Una hora de sueño nocturno nos rinde biológicamente más que si fuera de día. Los índices de mortalidad por accidentes ocurridos a la salida de la noche, poco a poco suman varios «cromañones». «La noche es mala consejera», «tengo una resaca de anoche», «noches alegres, mañanas tristes», «vuelvan temprano», «esas son ideas trasnochadas», todos estos dichos son indicadores de lo que los filósofos llaman «un orden espontáneo».
Recorriendo el mundo, y hablando de promedios, no observamos la nocturnidad que se ve en Buenos Aires y Gran Buenos Aires, ya extendida a otras grandes ciudades del interior. Hemos convertido a la nocturnidad en un comportamiento. Tenemos una visión especular de la realidad. Los argentinos estamos viendo las cosas al revés, patas para arriba.
Hace tiempo, la madre de una paciente mía me contó que habían elegido a su hija como mejor alumna por sus notas en todas las materias, por su comportamiento individual y por la excelente relación con sus compañeros. Sólo le habían observado un defecto: era muy « perfeccionista». Me preguntaba si eso era un defecto. Me puse a pensar que si eso fuese así, nadie elegiría a un perfeccionista para operarse del corazón, para pilotear un avión, etc. La nocturnidad aleja a los jóvenes de sus familias, de los alimentos sanos, de la vida al aire libre, del deporte. Mi recordado padre acuñó esta frase-concepto: «El deporte no sólo es bueno por lo que brinda sino por lo que evita». Tabaco, alcohol, drogas, iniciaciones sexuales recordadas luego como pésimas experiencias, embarazos no deseados amenazan desde la noche. Una plétora de leyes no impide que un canalla bloquee una puerta de emergencia con un candado, un alambre, una cadena o un ropero. Otro aluvión de leyes no cambia la alteración dramática del equilibrio natural entre honestos y corruptos que padecemos en nuestro país.
Ante las desgracias, padecimientos y frustraciones anunciadas con anticipación es útil aquello tan tanguero y porteño: «el calavera no chilla» y «porque no saben lo que les pasa es lo que les pasa» de Ortega y Gasset. Los jóvenes, más que contención necesitan guías que orienten sus libertades. Frenemos a los empresarios, ideólogos, políticos, funcionarios, publicistas, periodistas, artistas que sean «aprovechadores de adolescencias».




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