La economía china es un volcán. Y la política monetaria -sintonizada en modo activo desde fines de 2003- no da abasto para detener su erupción. No es sólo que el producto bruto haya crecido 11,1% anualizado en el primer trimestre de 2007. O la inversión fija urbana, 25% , y las exportaciones, 28%. Los préstamos bancarios aumentaron en 180 mil millones de dólares -avanzando en tres meses lo que el año pasado les demandó un semestre-. Las reservas internacionales treparon 135 mil millones de dólares cuando se esperaba una adición neta de «sólo» 60 mil millones. La Bolsa de Shanghai disparó sus cotizaciones 30% en alza en lo que va del año, impulsada por la apertura de 5 millones de nuevas cuentas minoristas. Y, en los últimos 12 meses, las multiplicó por tres, a pesar de la mala prensa por sus desmayos ocasionales.
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Hablar de recalentamientoes un tibio eufemismo para describir la vorágine. No es, por cierto, el único en boga. Que la política monetaria sea restrictiva, es una afirmación comparable. Es verdad que las primeras limitaciones al crédito datan de 2003 y que la suba de tasas de interés se origina en 2004 -se trata del ciclo de ajustes más antiguo de los que hoy están en vigencia-. Su inusual duración es el mejor testimonio, sin embargo, de su probada ineficacia. Tan garantizada está su falta de éxito que pasaría sin problemas por deliberada.
Desde ya, la primera reacción tras conocerse las cifras desmesuradas del PBI, consiste en aventurar, de parte del gobierno de Hu Jutao, una nueva ronda de ajuste monetario. Ello no requiere de gran sapiencia; es lo que haría el perro de Pavlov. A esta altura, el mismo animal también entendería que si la respuesta se limita a copiar con papel carbónico los retoques anteriores -a una frecuencia de una dosis por trimestrelo que el consenso descuenta es que China continuará navegando a una velocidad de crucero superior a 10% - por quinto año consecutivo-hasta empalmar con la bonanza adicional que inyecten las Olimpíadas en Pekín el año próximo. Cobraría, entonces, aun mayor vuelo. A menos que esa trayectoria de vértigo choque con un meteorito de gran porte que no debería provenir del banco central ni de las propias autoridades, sino del mundo exterior (una recesión en los EE.UU., sigue siendo el gran candidato).
A una economía que crece a un ritmo nominal de 14,7% en el primer trimestre, una tasa activa de 6,39% debería provocarle escasos mareos. Aumentos trimestrales sucesivos de 0,27% (como el dispuesto en marzo) no sugieren un contratiempo inminente. Encajes mínimos de 10,5% de los depósitos (11% para los bancos pequeños) como los que rigen desde el 16 de abril (tras un incremento de medio punto) tampoco constituyen una gran limitación cuando el sistema financiero dispone de una liquidez holgada, superior a 14%. Que se entienda bien: la política monetaria no se ha mantenido de brazos cruzados. Las tasas de interés son las más altas desde 1999 (y seguirán escalando). Las reservas excedentes de los bancos supieron ser 7% de los depósitos en 2000; hoy son la mitad y prometen recortarse. El banco central avanza en la dirección correcta, pero su parsimonia lo aleja de la obtención de resultados concretos. Más que la moderna receta de un Greenspan o un Trichet recuerda la estrategia de la caballería mecánica del general Alais en los 80.
Pero aunque el Banco del Pueblo apurara el tranco, sus logros no estarían garantizados de antemano. En una economía territorial tan vasta y que combina -en grado diverso- el mercado con el control, lo privado con lo estatal, un objetivo de cantidad de dinero debería ser preferible a uno de tasa de interés pero ambos deberían cederle la primacía a un férreo control administrativo del crédito. En especial, si menos de la mitad de la acumulación neta de reservas consigue ser esterilizada y el remanente es un torrente que se derrama inundando el mercado monetario y bancario.
Inversión
En los 90 China invertía un promedio de 33% del producto para crecer en torno de 10%. En los últimos años, el gasto de capital se encarama por encima de 40% y el ritmo de la expansión se mantiene. Japón en los 60 y 70 y Corea del Sur en los 80 -cuando desplegaban una transformación igualmente veloz- no invertían más de 30% del producto. Esta es una buena razón para mirar con mayor detenimiento en qué se invierte, y hacerlo ahora evitará tener que lidiar, en el futuro, con otra oleada de préstamos bancarios incobrables. Empero, la mayor dotación de capital por trabajador compensa el rápido incremento de los salarios en términos de costo laboral unitario. Y ello motoriza las ventas de la industria y el crecimiento del empleo. Como ya se ha dicho antes, que China deje correr a su economía revela, ante todo, que la creación de empleo es la prioridad fundamental. Y que se desconfía del cambio del statu quo; de cederle ese rol protagónico a los servicios y al consumo. Es cierto que las propias autoridades pregonan un cambio de eje de la economía. Y, en marzo, la remoción de subsidios hizo mella en las ventas externas. Pero, pruebas al canto: la industria (+18%) y las exportaciones industriales (+28%) siguen creciendo más que cualquier otro sector.
En el pasado, el temor a la inflación, sobre todo en períodos de desborde, sí supo gozar de preeminencia. Pero, aunque en la actualidad la inflación se eleva en forma persistente -en marzo arroja un aumento interanual de 3,3% que casi duplica el promedio de 2006 y supera el tope oficial de 3%- cuando se desglosa su avance, revela un incremento sostenido de los alimentos (+7%) acompañado de una gran estabilidad en los demás rubros (+1,2%). Ello tampoco vaticina una respuesta agresiva de las autoridades.
Es así que el vértigo del crecimiento chino -más allá de las modestas contribuciones de la política monetaria y la lenta revaluación del yuan (sólo contra el dólar)no encontrará más límite a sus bríos que los que le impongan los propios accidentes del camino.
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