26 de julio 2007 - 00:00

Contradicciones del progresismo K

El progresismo criollo no deja de sorprender por sus contradicciones (¿o su desinformación?). Recientemente, se bautizó el restorán del Centro Cultural Caras y Caretas, conducido por María Seoane y Felipe Pigna, con el nombre de «La Perichona», seudónimo con el que se conocía a María Ana Perichón. Una mujer que en época colonial se destacó no por su fervor patriótico sino por su colaboración con los ingleses y su vida licenciosa. Tanto es así que fue expulsada de Buenos Aires. Ahora revive en un lugar que se destaca por sus declamaciones antiimperialistas y que ha sido una usina kirchnerista durante la campaña de Daniel Filmus.

María Ana Perichón, conocida vulgarmente como «la Perichona», fue una mujer de pésima reputación en el Buenos Aires virreinal. Casada con Tomás O'Gorman, participaba, junto a un reducido número de espías británicos (Guillermo White, James Burke, Saturnino Rodríguez Peña, Aniceto Padilla), en eternas conspiraciones contra el poder español. Rodeaban al grupo, en un círculo más amplio, hombres como Santiago de Liniers, Bernardino Rivadavia, Juan Castelli y Juan Martín de Pueyrredón, quienes pretendían liberarse de España con la ayuda inglesa. No eran representativos, ni socialmente fuertes. Apenas una minoría mal vista. En vísperas de las invasiones inglesas, mostraron su juego. El virrey Sobremonte, al tanto de las andanzas del grupo y sospechando de la duplicidad de Liniers, desplazó a éste de sus funciones como responsable de la flotilla del Río y lo nombró en Ensenada, un cargo menor. El mismo Liniers retrasó su ingreso a la ciudad pese a ser llamado por Sobremonte y sólo lo hizo cuando Beresford se hubo apoderado del Fuerte. Usó en la oportunidad, como salvoconducto, a su amigo O'Gorman y a «la Perichona», en inmejorables relaciones con el inglés. Esa noche se realizó un banquete en honor del invasor al que asistieron Liniers, O'Gorman, «la Perichona» y el resto del círculo de amigos de Inglaterra. Un dato para no olvidar es que mientras «la Perichona» confraternizaba con el invasor, Martina Céspedes, una criolla de agallas, junto con sus tres hijas, procedía a detener soldados invasores (uno por uno, hasta llegar a doce). Vivía doña Martina en Humberto I frente a la Iglesia de San Telmo. Atendía un humilde negocio de venta de bebidas y alimentos. Hasta él llegaron los invasores aquella mañana del 5 de julio de 1807, ávidos de alcohol. Doña Martina, la criolla, los fue dejando pasar de a uno. De esta manera, apresó a los doce. Tiempo después, el Cabildo le concedió el cargo de sargento mayor con el derecho a usar uniforme. Y no había reivindicaciones de género en esos días. Inmediatamente después de la Reconquista, Tomás O'Gorman huyó de Buenos Aires, dejando a su mujer. En esa situación de abandono, «la Perichona» halló compañía en Liniers y devino en su ardiente consejera. En su casa se organizaban tertulias, se asignaban cargos públicos, prebendas, canonjías y se intercambiaba, naturalmente, información. Fue ella la que convenció a su maduro galán de firmar un nuevo acuerdo con Beresford, consistente en cambiar el documento de rendición incondicional por otro más apropiado a la foja de servicios del arrojado general británico (y, naturalmente beneficioso en caso de enfrentarse a un tribunal). Por presión de Alzaga, quien afirmaba de la bella dama que era «el escándalo del pueblo» y que su casa se había convertido en «depósito de innumerables negociaciones fraudulentas; la que abrió huellas al extranjero para posesionarse de la ciudad e imponernos el dominio británico», «la Perichona» fue expulsada de Buenos Aires y a poco de llegar a Río de Janeiro se hizo amante de Lord Strangford. Era un volcán «la Petaquita» (como la llamaba, en la intimidad, Liniers, su viejo amor). Es a esta mujer a quien un sector del progresismo porteño ha decidido evocar gastronómicamente al bautizar con su nombre el restorán del Centro Cultural Caras y Caretas, que opera con el patrocinio del Sindicato de Trabajadores de Propiedad Horizontal (SUTERH) y en su local gremial. Llama doblemente la atención si recordamos que ese sitio ha sido una de las usinas del sector kirchnerista más volcado al «progresismo antiimperialista», y fue uno de los, digamos, centros intelectuales que dio letra al licenciado Daniel Filmus en las últimas elecciones. María Seoane y Felipe Pigna (« Caras y Caretas») son dos intelectuales responsables de ese Centro y, o ignoran quién fue «la Perichona», o, más allá de sus declamaciones antiimperialistas, no encuentran inconveniente valorar figuras que, con fuertes apoyos externos, actuaron en contra de la Patria. La criolla Martina Céspedes, patriota y dueña de un boliche colonial (no tan fashion como el de «Caras y Caretas», claro), podría haber inspirado un justo nombre histórico para el restorán. Significativamente, prefirieron el de «la Perichona».

(*) Historiador

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