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14 de diciembre 2021 - 00:00

Memoria activa 2001 (parte 20)

La figura del "ministro de Economía fuerte" tenía extensos antecedentes en nuestro país, como pudimos ver en artículos anteriores. Cavallo era un experimento diferente.

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Domingo Cavallo junto a Fernando De La Rúa.

Imagen: Noticias Argentinas.

La figura del “ministro de Economía fuerte” tenía extensos antecedentes en nuestro país, como pudimos ver en artículos anteriores. Las figuras de Álvaro Alsogaray, Roberto Alemann o José Alfredo Martínez de Hoz resonaban en nuestra historia. Aunque ellos no eran, como Domingo Cavallo, prestigiosos economistas de formación internacional. Alemann y Martínez de Hoz se habían graduado como abogados, Alsogaray era capitán del Ejército e ingeniero. Los tres estaban muy ligados a la oligarquía argentina. Cavallo era un experimento diferente.

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Asimismo, la figura del ministro de Economía estaba fuertemente ligada a la gestión de la internacionalización económica. La relación económica de Argentina con el mundo estuvo signada por marchas y contramarchas, de tensiones e intereses contrapuestos que habían impedido el despegue a nuestro país dentro del concierto de naciones. O eso interpretaba buena parte de la clase dirigente argentina. En otras palabras, la interrupción a través de profusos golpes de Estado, la ausencia de planificación de nuestras políticas públicas y económicas, y la falta de continuidad emergente que todo esto generó, habían sido determinantes en nuestras crisis recurrentes.

Para explicar esa volatilidad de las políticas económicas, podíamos destacar el peso que supieron tener ciertos intereses. Las políticas económicas de apertura habían puesto en jaque a la vía industrializadora, dejándonos en las puertas de aquellas metas. Vimos pasar oportunidades de desarrollo. Desde lo discursivo, manifestamos varias veces la idea de que Argentina tenía un proyecto de desarrollo y se encuentra “en vías de realizarlo”, era parte de nuestras decisiones estructurales.

La “gran política”, en términos de los clásicos, había venido dada por la influencia de los sectores que no se encontraban dispuestos a ceder: ni en sus demandas ni en sus ganancias. La falta de armonía, como de acuerdo acerca del camino a seguir está, influenciada por estos sectores que con sus decisiones dentro del ámbito interno han reafirmado el rumbo de marginalidad (respecto al centro) que el país presentó y continuó presentando.

La primera gran crisis, la que culminó en el “Rodrigazo”, se inscribió en un período de ocaso del modelo de acumulación capitalista basado en la producción industrial, también llamado modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Ese período, con varios componentes, se ubica entre los años 1970 y 1975. Por su parte, las dos crisis siguientes -1989, 2001- se dieron en un período, que podemos ubicar entre los años 1976 y 2002, caracterizado por la instauración, consolidación y exacerbación de un modelo de acumulación capitalista basado en el predominio de lo financiero y la globalización.

Entre tanto, el país que atravesó por ambas crisis contaba con una path dependence originada en el modelo agro-exportador, iniciado en el lejano 1880. El que parece tener larga vida. Con el correr de los años y los diversos cambios que ha sufrido el país, parece que aquella idea del “granero del mundo” no ha sido fuertemente cuestionada e interpelada, sino que, por el contrario, fue cobrando diferentes formas de vigencia. La entrada de divisas a un mercado dolarizado dependió, en gran medida, de la manutención de las bases de aquél modelo.

Al abrirse un nuevo mundo, basado en un nuevo patrón de acumulación que deviene de las sucesivas transformaciones en las tecnologías y las “nuevas revoluciones industriales”, la economía argentina evidencia un cierto atraso que no cesará de acentuarse. Este atraso tendrá la forma de una relación asimétrica en función de la desigualdad en los términos de intercambio (como planteaba la histórica CEPAL) que ensanchaba cada vez más la brecha que separaba a los países desarrollados de los subdesarrollados. Argentina, pese a haberlo intentado en varias ocasiones, nunca pudo dejar de ser un país dependiente de sus exportaciones de productos primarios. En otras palabras, aunque el país, en ciertos períodos, logró un incipiente desarrollo en ciertas actividades industriales, estas siempre estuvieron desfasadas con respecto a los avances presentados por la vanguardia tecnológica llevada adelante por los países desarrollados.

Por ello, tampoco pudo cambiar su matriz productiva de modo definitivo en términos de desarrollo industrial junto con su consiguiente desarrollo humano. Cabe destacar, además, que el aspecto financiero fue otro factor que minó las posibilidades del país de tomar decisiones soberanas que lo llevaran a dirigirse hacia un proceso de industrialización que permitiera diversificar aquella matriz productiva en función de convertirse en un generador de divisas genuino para poder terminar con los continuos estrangulamientos de la balanza de pagos.

Aquellos ahogamientos que venían desde el sector financiero han puesto siempre el pie sobre el posible desarrollo argentino, funcionando como un “muro de contención” que reflejaba el impedimento a un cambio de rumbo en materia productiva que nos permitiera alejar de aquel sueño de fines del siglo XIX.

El primer período de crisis (1970-1975) se enmarcaba en un contexto internacional signado por la plena vigencia de la llamada “Guerra Fría”, presentando dos modelos claros y antagónicos de Estado junto a sus diversos modos de vida. Asimismo, se vislumbra la inminente “Crisis del Petróleo” como así también el nacimiento del Neoliberalismo dejando trunco el pacto entre Estado y Sociedad que dio lugar al Estado de Bienestar (ver Ceceña, 2000).

Por su parte, a nivel nacional, el impacto de la Crisis del Petróleo como así también el rápido crecimiento del Modelo Neoliberal han sido fundamentales en el esquema económico argentino. Organismos multilaterales de crédito como así también nuevos patrones de consumo junto a un estilo de vida que parecía imponerse, han dejado una clara huella en este período. De este modo, el modelo desarrollista transitaba el comienzo de su ocaso. A su vez, en el país se presentaba un clima de inestabilidad política junto a una “fuerte conflictividad social producto de una puja por la distribución del ingreso” (ibid).

Parece ser que, durante este período, veremos los últimos intentos de una alianza entre los sectores subalternos para hacerle frente a un sector dominante atomizado pero cada vez más dispuesto a cerrar filas y avanzar en su creciente homogeneización. Todos estos factores atraviesan la relación económica de Argentina con el mundo. Sus diversas combinaciones tendrán como resultado la expansión / retracción de su actividad económica junto con su desarrollo humano.

Ahora bien, en cuanto a lo comercial, este período muestra que los principales proveedores de nuestra economía son Estados Unidos (con una participación de un 18,2% de promedio), Alemania del Este y Alemania Occidental (con una participación de cada una del 10% de promedio a lo largo del período) y Japón (con un 9,2% de participación).

Asimismo, cabe destacar que, entre la composición de las importaciones realizadas por Argentina, el sector dominante es el de autopartes, maquinarias y afines con un promedio del 25% a lo largo del período, mientras que el segundo rubro de importación está constituido por productos químicos (con un promedio del 15%) y el tercero viene dado por derivados del hierro (con un 14% de promedio).

De lo arriba mencionado, cabe destacar una serie de consideraciones. En primer lugar, vale decir que los países con los que Argentina mantiene una relación comercial en términos de importaciones son aquellos llamados “industrializados”. A su vez, los rubros que componen más del 50% de las importaciones pueden ser considerados como insumos para el posible desarrollo industrial del país. Vale agregar, por otra parte, que la tendencia a la importación del componente principal y fundamental para el modelo ISI (autopartes, maquinarias y afines), comienza en los 70s con un 33% y finaliza con un 17,5% en 1975, por lo que es posible distinguir una clara tendencia decreciente (Ver Brenta, 2013). Continuará mañana.

Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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