7 de mayo 2007 - 00:00

EE.UU., mejor: ajusta cuentas y déficit ya dejó de alarmar

"La cosecha de bonos del Tesoro es la única que nunca fracasa". Tal un viejo adagio, popular en los mercados de futuros de Chicago. A diferencia de lo que acontece con los granos, el algodón o las naranjas -presagia el cliché-, nunca habrá sequía suficiente para calmar la sed de financiamiento de la Tesorería. La oferta de bonos, sentencia, siempre será abundante.

En principio, razón no le falta: la deuda del Tesoro en poder del público (nacional y extranjero), que era de 33% del PBI en 2001, llegó a 37% en 2006. Como cortesía de la administración Bush, su cuantía trepó 1,5 billón de dólares (millón de millón), a 4,8 billones en setiembre pasado -cuando cerró el último ejercicio fiscal completo-. Pero como toda máxima, no es inmune a los hechos. Y, en rigor, hoy se levantará la última cosecha de títulos de 3 años. Una variedad de nota del Tesoro que se extingue ante la bonanza que trajo -estos dos últimos años- la dinámica de una recaudación en alza vigorosa. Los vientos favorables de la economía corrigieron el déficit presupuestario desde una cima de 412.000 millones de dólares en el año fiscal 2004 a 248.000 millones en 2006. Y, pese a que la actividad económica ha perdido brillo, en los seis meses ya ejecutados del presente ejercicio, el desequilibrio acumulado se redujo otros 44.000 millones.

En silencio, el déficit fiscal dejó de ser motivo de alarma. De representar 3,6% del PBI en 2004 se contrajo a 1,9% el año pasado y seguramente descenderá a 1,4% en 2007. Sin modificar una coma en la legislación tributaria que Bush remozó con grandes recortes. Ni retraerse de las campañas militares en Irak y Afganistán. El gasto en defensa nacional, que aumentó en dólares corrientes,se clavó -como proporcióndel PBI- en una tajada invariable de 4% desde 2004. ¿Cómo fue posible? La recaudación cerró la brecha subiendo con la marea, en forma endógena, aunque todavía se posicione 2,5 puntos por debajo de su máximo de 20,9% del PBI de 2000.

  • Cancelaciones

  • Debido a la marcada estacionalidad de la recolección de impuestos, la Tesorería estima que en el trimestre abril-junio podrá cancelar deuda en el mercado por 145.000 millones de dólares (en enero, la proyección era 15.000 millones más modesta). Abril ya aportó un superávit voluminoso -se sabrá con precisión esta semana, pero podría exceder los 130 mil millones de dólares- gracias a los vencimientos del Impuesto a las Ganancias.

    En julio-setiembre se tomarán fondos netos nuevamente: 43.000 millones. De ellos,
    15.000 millones se destinarán a acrecentar los saldos de caja del Tesoro, que cerrarían en
    45.000 millones el último día hábil de setiembre ( existencias que -a fin de marzo- se ubicaron en 6.000 millones). Como en los tiempos ( cronológicos) no tan lejanos de Bill Clinton, la mejoría fiscal obliga a reducir el tamaño de la zafra de nuevo endeudamiento. Como entonces, las autoridades se ven forzadas a rediseñar su estrategia de financiamiento. Utilizando el criterio vigente otrora, prefieren eliminar emisiones originales y concentrar la oferta primaria en un menú más acotadode instrumentos (y plazos).La idea que prevalece es la misma: el Tesoro vela, sobre todo, por no fragmentar la liquidez de los mercados secundarios. Por ello, desaparece la nota de 3 años. Una decisión tan contundente refleja, además, la convicción de que las condiciones benignas no constituyen una golondrina pasajera (en cuyo caso se hubiera apelado a una mera reducción de los montos a subastar, probablemente distribuida entre varios instrumentos de distinto tenor).

    En enero, hablando sobre los desafíos fiscales de largo plazo, Ben Bernanke -el titular de la Fed- calificó la coyuntura como una meseta calma. El tipo de calma, dijo, que precede a la tempestad. La situación hoy es mejor de lo que podían justificar Bernanke y la propia Tesorería y la tormenta de mentas es la que se incuba en la Seguridad Social cuyos primeros chaparrones están anunciados para la próxima década. Los inversores podrían encontrar aquí, entonces, un reparo decente (con algunas goteras por la inflación). Es verdad que una economía que se desacelera (o, peor aún, que cae en recesión) no alentará una inercia muy favorable en la cobranza de los impuestos, pero, en dicha circunstancia, debería ser la Fed con la política monetaria -y no el llenado de las arcas de Hacienda- la que provea la principal fuente de esparcimiento.

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