El caso del asesinato reciente de Tomás Tello, así como anteriormente el de Fernando Báez Sosa -y aún con la difusión que ha tenido, incluidas las consecuencias para con los homicidas- tiene rasgos tan brutales de expresión de “lo trágico”, que se transforma en una historia de un inusitado dolor, actualidad e interés.
El crimen de Tomás Tello y la tragedia: una lectura psicoanalítica posible ante el horror
El crimen de Tomás Tello representa una tragedia por el hecho en sí, como lo fueron otros casos similares. Y repercute de distintas formas en la psiquis humana.
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El psiquismo humano está organizado de modo isomórfico al de cierta organización narrativa que a veces es “la tragedia”. (Y es que de eso sabemos los psicoanalistas, quienes nos formamos en el estudio de la naturaleza humana, con la famosa tragedia de “Edipo Rey”).
Transformar ese final trágico, en un posible discurrir diverso al final de esa trama siniestra, implica poder asirse a un organizador social y subjetivo que represente admitir una pérdida; ceder algo para lograr algo más. Por todas estas razones que hacen a las capas más hondas de la naturaleza misma del ser humano, la expresión de este final trágico del caso Tello, como el de Báez Sosa, toma una trascendencia significativa por todo lo que representa de las dramáticas inconscientes (escenas y escenarios psíquicos que nos habitan) a cada ser humano.
Resulta interesante poder pensar al "bárbaro " en cada uno, al bárbaro en el sujeto, en términos de que la lengua es el Otro, y en esa dimensión es también una presencia que nos habita: el bárbaro no es solamente el otro, sino que habita, con mayor o menor modulación de la ley, hecha propia, los intrincados dobleces del psiquismo de cada sujeto.
Cuando es lejana e inofensiva, la diferencia puede llegar a ser hasta apaciguante, en particular cuando esa lengua del Otro parece ser deseada e incluso imitada en aprendizajes que incluyen mimetismos e identificaciones de quien desea acercarse y, aún así, no alcanza para completar esa hiancia, que el mejor de los mosaicos identificatorios intenta la amalgama de los restos abandonados de objetos.
El surgimiento del odio
El odio surge cuando una parte del yo registra el horror del causante de la peste en uno mismo, dentro de sí, el extranjero que despierta horror por lo radicalmente diverso. Es ahí en que irrumpe el malestar en la cultura, cuando la renuncia pulsional produce paradojalmente, el efecto de la desmezcla y entonces la pulsión de muerte emerge desnuda. Expresiones de ello son el horror, el asesinato, la violencia desencadenada y sin retorno.
Sea toda esta situación que tanto moviliza a nuestra sociedad, a todos y cada uno, una apuesta para deslegitimar toda práctica social y vincular violenta, aún cuando se presente “naturalizada”. Es una necesidad urgente, sostener el cuestionamiento de todo indicio de violencia física, simbólica o acoso de, para y con nuestros jóvenes. Lo cual implica necesariamente sostener activamente la tarea de las generaciones que estamos a cargo de acompañar, criar, cuidar y educar a las otras generaciones, despiertos, en vigila y cercanos de nuestros jóvenes.
Levantar la voz ante las situaciones de violencia física y/o simbólica que sostengan la denigración del otro en cualquiera de sus formas, implica comprometerse, implica asumir como propias las tragedias ajenas y asumir también las causas de quienes padecen ese dolor en su debilidad y vulnerabilidad.
Humanidad en la diversidad
Hacerse más humanos, implica que el otro pueda ser una fuente de identificación con su diversidad, en esa diferencia que lo hace único, en ello con lo que no se parece el otro a uno mismo y, aún así, poder sostener y fortalecer la inscripción singular en el campo del Otro, en el lazo social que hace posible la vida colectivamente y en los despliegues de nuestras subjetividades.
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