El neodirigismo
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La parte mala (siempre hay una parte mala) es que el dólar superalto arbitra los precios de la economía afectando a los que menos tienen. El dólar superalto aumenta el precio interno de los bienes exportables. Pero esos bienes en la Argentina no son turbinas, aviones o computadoras: son bienes y alimentos de la canasta familiar. El sistema se nutre con el sacrificio y el empobrecimiento de los más pobres. Aun así, el modelo produciría menos rechazo si fuera transitorio. Si durante este período de dólar superalto nuestro país incrementara fuertemente su calidad institucional y la seguridad jurídica, el crecimiento económico sería un imán que atraería inversiones productivas.
A su vez, el superávit fiscal debería invertirse en las grandes obras que necesitamos para dar un salto cualitativo en la productividad. El sacrificio no sería en vano, porque la mayor inversión provocaría un crecimiento permanente de la demanda de trabajo que elevaría los ingresos de toda la sociedad. Crecerían la inversión y la demanda de trabajo, los ingresosde los particulares y el bienestar general.
Pero lamentablemente ésta no es la realidad de la Argentina. Si seguimos por el camino actual, lo que sucederá es que el duro sacrificio de los más pobres se convertirá en pobreza permanente. Pese al importante crecimiento económico, las tasas de inversión están muy lejos de las de países con crecimiento muy inferior, como Chile y Brasil. Es notoria la tendencia a atesorar en inmuebles o en ahorros en el exterior, que son totalmente improductivos para la sociedad y que caracterizan la búsqueda de seguridad antes que el aumento de producción. Es poco lo que se invierte y la capacidad instalada no crece en casi ningún renglón de la economía. Más allá de los elogios que la clase dirigente tributa a quien le hace ganar dinero, debemos entender que el neodirigismo aterra al capital y que el capital jamás se reinvierte por orden de nadie. Un Estado que se mete en todo, que tiene la suma del poder y que cree tener siempre la verdad, es el enemigo más poderoso del capitalismo. El sector privado, que sabe que su capital está hipotecado en manos de un Estado dirigista, jamás pondrá un solo peso más a merced del poder. ¿Existe alguien tan ingenuo para suponer que el plan BONEX, el «corralito» y todas las demás confiscaciones han sido olvidadas? Los países crecen cuando la sociedad está convencida de que va a conservar y multiplicar la propiedad y sobre la base de esa convicción, los privados reinvierten su capital. ¿En un marco de repudio de la deuda pública, inseguridad personal y de los bienes, precios máximos, prohibiciones de exportación, leyes impositivas arbitrarias, legislación laboral destructiva, usurpaciones toleradas y bandas de piqueteros es posible creer en la inversión productiva? Por el rumbo que vamos no habrá inversión ni crecimiento genuino. Tarde o temprano, la inflación que provoca el dólar superalto devorará la ventaja competitiva y nuestra Argentina ingresará definitivamente en el club de la pobreza estructural. De ese club no se sale fácil.
Este gobierno ha expresado su vocación transformadora y su convicción capitalista. No diferimos en los fines, sino en los instrumentos.
La verdadera transformación consiste en cambiar la historia, en abandonar el dirigismo, la «convertibilidad mental, «en la que todo lo manda el Estado, en confiar en la sociedad libre con toda su riqueza, en rescatar esa república capitalista llena de presente y de futuro que alguna vez fuimos. En volver a la tradición de Occidente. No es tan difícil desandar el camino.




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