El verdadero sentido del debate en el Congreso

Opiniones

La primera prueba de debate legislativo impulsada por el nuevo Gobierno terminó siendo más una puesta en escena que un debate de ideas genuino que le sirva a la gente. En efecto, más allá de las particulares circunstancias en las que se trató la ley de Solidaridad Social y Reactivación Económica en el Marco de la Emergencia Pública, con tiempos muy acotados para un análisis profundo de sus fundamentos y ulteriores consecuencias, todo el proceso careció de la seriedad que el tema amerita.

Considero peligroso para la salud de la República y las instituciones de cara a la representatividad ante la gente que se utilicen mecanismos teóricamente válidos, de manera ligera y superficial. En muchas partes del mundo se están produciendo crisis de representatividad, las personas sienten que quienes fueron elegidos para que los representen, más allá de haber sido electos mediante mecanismos formales establecidos, finalmente y por este tipo de acciones, terminan no representándolos.

Quienes integramos la oposición actuamos de buena fe y con responsabilidad en este primer debate parlamentario. En la inteligencia de ayudar, participamos de todo este maratónico proceso a fin de no entorpecer la actividad hiperquinética que imprimió el nuevo Gobierno a su inicio de gestión.

Lamentablemente, y por esta cuestión de tomar a la ligera las características propias del sistema democrático, el oficialismo no valoró nuestra actitud. Muy por el contrario, recurrieron a las viejas prácticas de apretar a gobernadores, desplegaron una estrategia parlamentaria chicanera, repitieron eslogan de campaña, tratando de imponer el criterio de “tierra arrasada” como justificativo central de todo el engendro que estábamos tratando.

En esa fantochada de debate, muchos de los argumentos esgrimidos se cayeron por sí mismos, otros con el correr de los días, sincericidio UCA mediante, por sólo mencionar un ejemplo de estos últimos días.

Es una pena que el nuevo Gobierno no aprecie el valor que tiene, en nuestra democracia, la actitud manifestada por el interbloque de Juntos por el Cambio. En todo momento expresamos nuestra vocación de debatir, de trabajar en comisiones con el tiempo suficiente, de enriquecer las propuestas, de colaborar, en definitiva, de cumplir con la manda de la parte de la sociedad a la que representamos. Con actitudes como ésta el oficialismo está subestimando la decisión de más del 40% de los argentinos, están menospreciando la representación popular. Es un escenario distinto, hay mayor paridad en la representación de la gente. No es sano para el sistema realizar un acting de los debates parlamentarios, utilizar supuestos falsos para justificar decisiones de Gobierno, hacer discursos para la tribuna y legislar en sentido contrario.

Retomar el camino de subestimar al electorado puede acarrear consecuencias nefastas, aún en el corto plazo. La velocidad a la que circula actualmente la información, vía redes o medios, hace que las mentiras no se sostengan durante tiempos muy prolongados. Los relatos son devorados por el cotidiano de la realidad. El crédito que el electorado les proporciona a los gobiernos que recién arrancan se consume cada vez más rápido. La luna de miel entre representantes y representados dura cada vez menos. Más aún, si consideramos que muchos de los funcionarios electos y designados ya ocuparon cargos similares hace pocos años. De situaciones como éstas terminan emergiendo los intentos de democracia directa, los exégetas del que “se vayan todos”, los chalecos amarillos, por citar sólo algunos de los más emblemáticos movimientos socio-políticos a nivel mundial por fuera de las representaciones formales.

Párrafo aparte merece la negociación que establecieron con los supuestos opositores integrantes de otros bloques que, a poco de andar, arriaron banderas y principios a cambio de algunas migajas que les tiró el ejecutivo. Defraudaron, una vez más, el mandato otorgado por sus representados.

También este tipo de maniobras tienen cada vez menos espacio en la consideración popular. Las cosas se saben, la gente se entera. Quienes realizan este tipo de maniobras quedan rápidamente expuestos ante el electorado. Son éstas las actitudes y acciones que le hacen descreer y desconfiar del sistema a la sociedad en su conjunto.

Claramente éste no es el camino para cerrar la grieta, para promover un gran acuerdo nacional que trascienda a los gobiernos de turno. Deberíamos empezar por respetar la calidad del debate de las ideas si pretendemos estar a la altura del mandato que nos otorgó la sociedad con su voto. Con aprietes, con chicanas, con ficciones, con relatos no se construye la tan mentada unidad entre los argentinos.

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