El lunes 13 de agosto no fue un día más en la vida de los argentinos. Después del resultado de las PASO, el gabinete económico informó un alza en la tasa de interés de 21 puntos porcentuales, alcanzado 118% TNA y 209% TEA, es decir, 9,7% de tasa de interés mensual y una devaluación del tipo de cambio oficial en torno al 22%, dejando la cotización a $365 pero el dólar qatar, de referencia para el blue, a $730.
Febrero de 1989 y agosto de 2023, dos escenarios que pueden terminar igual
El paralelismo entre la situación del 89 y la actual hacen referencia a que las medidas necesitan ser acompañadas no solo haciendo una sensata lectura del mercado y del contexto macroeconómico.
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C arlos Menem.
El impacto en el resto de las divisas paralelas fue notorio: el blue comenzó un ascendente rumbo hacia rozar los $800, mientras que el CCL tocaba los $740 y el MEP subía por lo menos un 10%. Paso seguido, los proveedores anunciaban incrementos de hasta el 30% en listas de precios, comerciantes indicaban que no les vendían mercadería, otros no lo hacían porque no tenían el costo de reposición.
El magro resultado electoral y una devaluación sin reservas, sumado a los múltiples torniquetes al acceso de divisas, detonó una frágil economía argentina que se veía jaqueada por el triunfo de Milei y su propuesta dolarizadora. Sin embargo, esto no es nuevo en la historia de la reciente democracia: en febrero de 1989, ya sin ningún tipo de poder político ni reservas, el BCRA se retiró del mercado cambiario, lo que dio lugar a fuertes depreciaciones de la moneda -Austral- acompañado de sendas subas de la tasa de interés y una profundización del déficit fiscal.
Posteriormente, sucedieron corridas cambiarias y ocurrió un fenómeno que se creía poco probable: la hiperinflación de 4 dígitos, la cual comenzó en marzo del 89 con dos dígitos de inflación y pasando a casi 200% en julio de ese año, totalizando 3079% anual, la cual seguiría por al menos dos años.
En mayo de 1989, con elecciones anticipadas, Menem ganó las elecciones y posteriormente ejecutó los planes BB y Bonex, que redujeron la inflación, pero la economía agravó su fuerte recesión. Ya con credibilidad y poder político, además de resultados, se produjo la Ley de Convertibilidad, una política que duró 10 años y aunque derivó en el peor momento de la historia reciente, el 2001, fue un símbolo del libertarianismo dolarizador con base popular.
El esquema de reformas llevado adelante se logró fundamentalmente ante un escenario “deseable” para hacerlo, algo que la devaluación del lunes 13 no tuvo, sino más bien, todo lo contrario. El paralelismo entre la situación del 89 y la actual hacen referencia a que las medidas necesitan ser acompañadas no solo haciendo una sensata lectura del mercado y del contexto macroeconómico, sino que también requieren una cuota de poder político acumulado, unas reservas en niveles aceptables, que permitan evitar una corrida cambiaria y a su vez, mantener el clima social sin demasiados sobresaltos.
El camino a octubre de 2023 no tiene el mejor de los panoramas: las divisas incrementaron un 30% en un mes, la pobreza continua en aumento, los salarios pierden poder adquisitivo y la inflación no tiene anclas, las reservas están negativas en por lo menos, 10 mil millones de dólares. El presidente real en funciones -Massa- es el candidato que podría llegar a la contienda con dos dígitos de inflación mensual y una eventual disparada que podría derivar en una hiperinflación moderna, ante un ajuste prometido por otros candidatos y respaldo en las urnas que funciona como catalizador de las expectativas del mercado y los agentes.
El riesgo de una hiperinflación es grande y latente, por ello, el próximo gobierno deberá tener el suficiente peso político para contener el descontento social tras las reformas necesarias para que la economía vuelva a crecer. Muy similar, en muchos aspectos, a julio de 1989.
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