Memoria activa 2001 (Parte 34 y final)

Opiniones

Con la salida de De la Rúa, vuelve el peronismo al poder. La nueva fórmula de la política económica, tanto en el gobierno de Duhalde como en los posteriores, priorizaron las políticas de impulso a la demanda, el consumo y la distribución.

Tras el fracaso de De la Rúa vuelve al poder el peronismo para instrumentar un plan de gobierno claramente distinto al de los períodos anteriores. La nueva fórmula de la política económica, tanto en el gobierno de transición de Duhalde como en los posteriores gobiernos elegidos por voto popular del kirchnerismo, priorizaron las políticas de impulso a la demanda, el consumo y la distribución. Buena parte de la legitimidad de los nuevos gobiernos consistió en una crítica de los anteriores, y en particular de sus políticas económicas. Y eso incluyó una crítica del modelo tecnocrático. Especialmente durante el gobierno de Néstor Kirchner, que todos los autores consideran como un reflejo inverso de la crisis de 2001, una de sus características fue el control político de la política económica, y una creciente disminución del poder de los economistas en el gabinete. Kirchner se despojó, en su estilo, de toda reminiscencia de la Argentina de las élites tecnocráticas, firmó su asunción presidencial con una birome Bic, e insistía en que no era necesario ser economista para estar a cargo de la política económica. Y el discurso presidencial adoptó una confrontación con los economistas como élite tecnocrática del gobierno. La era de la ilusión tecnocrática había acabado: nuevamente, la política pasó a ser dominante.

Esta crisis de la política tecnocrática pareciera responder a un fenómeno internacional: en muchos países, tanto de América Latina como de otros continentes, la figura del tecnócrata entró en descrédito en el siglo XXI. En Estados Unidos, las presidencias de George Bush (h) y Donald Trump se caracterizaron por un menor espacio de los perfiles técnicos en las áreas de hacienda y finanzas públicas (y también en áreas consideradas eminentemente “técnicas”, como energía o medio ambiente), y una mayor presencia de empresarios y gente proveniente del mundo de los negocios. Y, en general, con un rechazo al rol de los organismos financieros internacionales.

En Europa, en casi todos los países crecen en votos los partidos nacionalistas, xenófobos y euroescépticos que tienen un discurso abiertamente contrario al rol de los tecnócratas internacionales (en especial, de aquellos provenientes de Bruselas) y promueven la llegada del “hombre común” al manejo de los asuntos públicos. Este último aspecto antitecnocrático y partidario del “sentido común” está presente también en partidos como Cinco Estrellas (Italia) o Ciudadanos (España), que no entran en la etiqueta anterior pero comparten la desconfianza hacia las élites tecnocráticas. Y en América latina, los diferentes gobiernos populistas o de la llamada “nueva izquierda” (Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay) se han caracterizado, en mayor o menos medida, por las críticas a los tecnócratas asociados a los organismos financieros internacionales y por la repolitización de las políticas públicas).

El ministro de Economía nunca volvería a ser, como en la etapa final de Fernando De la Rúa, el timonel del gobierno. Aún el gobierno de Mauricio Macri, cuyo análisis no podemos abordar en esta serie por tratarse de un fenómeno muy reciente, se caracterizó por designar ministros de Economía con menor poder del que supo ostentar Cavallo en los gobiernos de Menem y De la Rúa.

Más allá de las peculiaridades de la experiencia de América Latina y de Argentina en particular, casos en los que el descrédito de los ministros de Economía está relacionado con los fracasos de las reformas neoliberales, el fenómeno del rechazo a las élites tecnocráticas luce como un fenómeno mundial y que tiene expresiones de diverso formato ideológico. Académicos como Federico Merke comienzan a hablar del “antielitismo” para referirse a un “sentimiento global” que no es de izquierda ni de derecha, pero que “intenta mostrar que la política es una gran puerta giratoria por donde entran y salen los sospechosos de siempre, ese pequeño grupo, rico y organizado, que disfraza su codicia individual con relatos colectivos. Las revelaciones de los Panamá Papers contribuyen a este sentimiento global (…). Fue un sentimiento antiélite el que le permitió a Erdogan ganar las elecciones en Turquía en 2014. Un sentimiento similar que utilizan Nigel Farage y Marine Le Pen, conspicuos representantes de la derecha británica y francesa respectivamente, para despotricar contra un posible acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea (…) El mismo sentimiento que utiliza Donald Trump para denunciar a Clinton como integrante de una élite de la cual muchos demócratas y republicanos están cansados (…). El 8 por ciento de las finanzas globales está escondido en paraísos fiscales. Y aquí y allá el malestar económico pone en duda las recetas de los viejos partidos. (La Nación, 22 de mayo de 2016, “Un fantasma recorre el planeta: el antielitismo”, por Federico Merke). Todo este conjunto de casos habla de fracasos, frustraciones, y de la necesidad de los representantes políticos de dejar de lado fórmulas que conducen a perder elecciones.

La política debe desplazar a dejar de lado a la política tecnocrática porque todo indica que eso ya no funciona en la relación entre dirigentes y electorados. El fenómeno antielitista no es nuevo. Sartori se refirió en varias oportunidades a él. Para el politólogo italiano, una de las preguntas centrales de la toda era política era si el liderazgo político debe ser fortalecido o debilitado (en favor de otras formas de organización gubernamental). La tecnocratización que hemos expuesto en esta serie responde al segundo modelo: ascenso de los tecnócratas en desmedro del liderazgo político. En Antielitism revisited (1978) encuentra rastros de esta tensión hasta en la antigua Atenas, relatada por Tucídides. Para el primer historiador griego, la grandeza de Atenas se había logrado gracias al liderazgo político de Pericles, quien por “su rango, su habilidad y conocida integridad pudo ejercer el control sobre la multitud”. La democracia necesita liderazgo. No en vano, Guillermo O'Donnell sostiene que el régimen ideal para la tecnocracia es el estado burocrático-autoritario: la despolitización, el dominio de la política por lo económico y financiero, requiere de un régimen que controle a la población por la fuerza.

Esta demostración de la importancia del liderazgo político no significa que el neoliberalismo vaya a desaparecer. Ni tampoco los intentos de introducir reformas neoliberales en países emergentes por parte de partidos liberal-conservadores, grupos sociales, factores de poder y aún sectores del electorado que sean partidarios de ese tipo de reformas económicas. Lo que ha entrado en crisis es el instrumento tecnocrático. Los nuevos actores partidarios del reformismo neoliberal están adoptando nuevas formas y estrategias políticas.

Conclusión final

A lo largo de esta serie de 34 artículos, pudimos realizar una clasificación de los contornos ministeriales de De la Rúa por perfil y por características: UCR, UCR delarruistas, FREPASO, tecnócratas. Ejemplificamos y fundamentamos 8 tecnócratas en el periodo. Esto aparentemente otorgaba una especie de “salvo conducto de sospechas” de mercado en los 90’ y aun después del menemismo. Realizamos el análisis partidario de la composición de los gabinetes, llegando a la conclusión del cambio ideológico, una derechización progresiva. Analizando los tres gabinetes de De la Rúa, identificamos una extraordinaria volatilidad de ministros (solo 3 ministros que iniciaron y permanecieron en el gobierno): Lombardi (Deporte y Turismo), Lombardo (Salud) y Rodríguez Giavarini (Canciller). Incondicionales de distintos grupos de procedencia.

En la serie hemos tenido un doble propósito, (sin desestimar los aportes “macroeconómicos” y de “liderazgo”). Nos concentramos en: Investigar desde una perspectiva diferente a la de otros autores, para entender mejor la crisis 2001, realizar un aporte a la teoría de las elites tecnocráticas, ya que el caso argentino expuso los límites de los políticos tecnócratas. Las decisiones economicistas del technopol debilitaron mas a un gobierno débil que ganó con 48%, y comenzó a caer fuerte con cada cambio de ministro. Más tarde, la solución de la crisis llegaría de la mano de la reconstitución de la política y sus instituciones.

Hemos expresado y elegido una herramienta cualitativa metodológica que no intenta generalizar. La demostración de la importancia del liderazgo político no significa que el neoliberalismo vaya a desaparecer, ni los intentos de introducir reformas neoliberales en países emergentes por parte de partidos liberal-conservadores, grupos sociales, factores de poder y aún sectores del electorado que sean partidarios de ese tipo de reformas económicas. Lo que ha entrado en crisis es “el instrumento tecnocrático”. Y por lo tanto ya podemos divisar a los nuevos actores partidarios del reformismo neoliberal, ellos están adoptando nuevas formas y estrategias políticas…desde un lugar distinto al de la tecnocracia que prevaleció hasta 2001.

(*) Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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