Durante años, el debate en el sistema financiero giró en torno a una pregunta casi binaria: ¿es seguro dejar el dinero en una fintech? Esa discusión, al menos para personas y pymes chicas, está en gran medida saldada. Hoy la conversación ya no pasa por la seguridad básica. Wallets, neobancos y PSPs procesan millones de transacciones a diario. La pregunta dejó de ser “si es confiable” para transformarse en “qué tan bien resuelve problemas reales”: costos, velocidad, experiencia de uso.
Fintech vs. bancos: la próxima batalla será por la confianza de las empresas
La seguridad básica de las fintech está saldada. El desafío actual no es la confianza minorista, sino ganar espacio en las empresas donde cambiar infraestructura es costoso.
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Una persona puede cambiar de app bancaria fácilmente, pero una empresa no cambia una app: cambia infraestructura financiera, tesorería, compliance y auditorías completas.
Lo que todavía está pendiente no es la confianza minorista, sino la confianza en volúmenes grandes y en procesos críticos. Y ahí el eje se traslada: la verdadera batalla ya no está en el usuario individual, sino en las empresas.
Una persona puede probar una app y cambiar si no le gusta. Una empresa, en cambio, no cambia una app: cambia infraestructura financiera. Tesorería, compliance, auditorías, contabilidad, pagos a proveedores. No se trata de miedo a la tecnología, sino de aversión al cambio en procesos core. La barrera no es técnica, es organizacional y cultural.
En ese contexto, la relación histórica entre bancos y clientes corporativos explica buena parte de la inercia. Durante décadas, el banco fue la única opción posible. Cambiar de entidad es caro, lento y complejo. Esa fricción genera una relación asimétrica donde muchas veces el cliente corporativo es tratado como cautivo. El costo de irse suele ser más alto que el costo de soportar un mal servicio.
Los reclamos empresariales hacia la banca tradicional se repiten: tiempo, costo, soporte y flexibilidad. Procesos lentos para aperturas, altas o autorizaciones. Estructuras de costos poco claras y poco competitivas. Soporte reactivo en lugar de proactivo. Y, sobre todo, escasa adaptación a flujos modernos: APIs, automatización, pagos internacionales ágiles. No es una discusión ideológica; es operativa.
Frente a eso, suele plantearse que la competencia es tecnológica. Pero no lo es, al menos no principalmente. Los bancos tienen tecnología. El diferencial no pasa por “mejor tech”, sino por cultura y modelo de negocio. La cultura bancaria tiende a ser conservadora, orientada al riesgo y al status quo. Las fintech, en cambio, compiten en velocidad de decisión, foco en el usuario y diseño de producto. La diferencia está en la experiencia y en incentivos más alineados con el cliente.
La regulación, por su parte, cumple un rol ambivalente. Por un lado, protege la confianza: establece marco, orden y previsibilidad. Por otro, ralentiza la innovación y encarece la entrada. Para las fintech, una regulación bien utilizada puede ser una herramienta de legitimación más que un obstáculo. El desafío es navegar ese equilibrio.
También existe una doble vara. A las fintech se les exige perfección desde el día uno. A los bancos se les toleran ineficiencias históricas porque “siempre fue así”. Esa tolerancia cultural es, en sí misma, una ventaja competitiva. El banco no compite solo en calidad: compite en costumbre.
Por eso, la próxima etapa no se definirá en el terreno regulatorio ni en la sofisticación tecnológica. Se definirá en la rutina diaria de las empresas. La institución que logre integrarse de manera natural en sus procesos, reducir fricciones y alinear incentivos será la que gane espacio. La discusión ya no es si el sistema cambia. La pregunta es quién logra cambiar la cultura antes que los demás.
Licenciado en Finanzas, fundador de Eluter




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