El poder en debate: ¿necesitamos otra independencia para ser realmente soberanos?

Opiniones

Año tras año hemos naturalizado el hecho de que no importa quién gane las elecciones, en el fondo sabemos todos, el poder no está allí.

En la mitología política argentina solían existir los “cuadros políticos”; personajes ilustrados, adustos y forjados al calor de la brasa de la lucha agonal por el poder.

Sin importar el signo, sin importar la bandería, sin importar los símbolos que llevasen sobre el cuerpo, los cuadros políticos se formaban en el arte alquímico de transformar la teorética en praxis; la teoría en práctica. Implicaría toda una nota dedicada a tal efecto, el significar en su justa medida qué eran los cuadros políticos y qué ha sucedido con ellos, pero baste decir hoy que, como los clubes de barrio, como algún videoclub perdido, como alguna cancha de paddle que aún lucha contra las hierbas que intentan devorarla, si uno sabe buscar, cada tanto puede dar con alguno de estos seres tan valiosos que supieron recorrer estas tierras.

Hace un par de semanas atrás conversaba con uno de los mejores de ellos. Una de las pocas cosas de las que me permito jactarme, es tener en la agenda de contactos algunos de estos tan efectivos generadores de política real. Este muchacho, emplazado en el conurbano profundo, mientras cruzábamos mensajes sobre coyuntura, y con el sonido de una leña que pronto se convertiría en un auténtico asado argentino, me espeta liviano: “¿Sabés lo que pasa, pibe? Una cosa es el gobierno y otra cosa es el poder”. Y ahí, con esa filosa sutileza de los aceros milenarios, me rebanó la mente y comencé a pensar en esta nota.

Los argentinos hemos convertido en sentido común hechos descomunales; realidades fantásticas. Que en Latinoamérica haya nacido el realismo mágico no es casual, pero que el realismo mágico no lleve un logo “marca-país” con nuestro escudo, es simplemente por no querer generarle competencia al tango y al dulce de leche, porque si hay algo argentino es esa convivencia natural y relajada con lo increíble.

Así, en este folklore quimérico, año tras año hemos naturalizado el hecho de que no importa quién gane las elecciones, en el fondo sabemos todos, el poder no está allí.

Alguien podría decirme que en ningún país del mundo es enteramente certero que el poder se concentre exclusivamente en el gobierno de turno. Desde ya que existen otros factores de poder (económicos, simbólicos, movilizadores, estructurales o de coyuntura) que se mantienen al margen de la disputa electoral y que trascienden ésta. Incluso existen actores en otras latitudes que abiertamente se presentan como desafíos a los gobiernos legítimos; guerrillas y subversiones, irredentismos e independentistas.

Pero pregúntese el lector en cuántos países de la tierra se asume con tanta naturalidad que los actores que ganan las elecciones van a ser desafiados por otros poderes desde el día uno de su mandato, y pregúntese también en cuántos países esos otros actores con poder son tan fácilmente aceptados (y hasta informalmente legitimados) como aquí en esta bendita tierra que aún nos cobija.

De fondo, conviven en Argentina dos modelos de poder casi antagónicos. Uno contenido en nuestra Constitución, formalizado a través de la división de poderes tradicional, y otro de tipo corporativista, en donde se nutren de una legitimidad tan informal como fáctica, otros detentados de poder. En esa mesa, históricamente se han sentado los representantes de los trabajadores (sindicatos), la iglesia, el capital (los empresarios) y el poder político. También, de manera abrupta muchas veces, los militares. En las últimas décadas también, los así llamados hoy, movimientos sociales. En el ir y venir de nuestra práctica política, algunos de estos han ido perdiendo poder; otros lo han ganado. ¿Cuánto poder relativo tienen hoy los sindicatos frente a los movimientos sociales? ¿Cuánto poder le queda al empresariado o a lo que alguna vez supo llamarse “partido militar”?

Pero la cuestión clave para los momentos que vivimos es, ¿cuánto poder real le queda al Parlamento? ¿Cuánto poder concreto aun detenta esa figura que Juan Bautista Alberdi supo llamar “un rey con nombre de presidente”, que es el Ejecutivo? Las respuestas a estas preguntas no son baladíes.

Se conmemoran en esta semana 204 años de la Declaración de Independencia Argentina. En última instancia, esa declaración implica, sobre todas las cosas, la soberanía del pueblo argentino para darse gobierno a sí mismo.

Dicho todo lo cual, entre el chocolate caliente y los churros, el interrogante vuelve a ser: ¿cuán soberano es un pueblo que elige un gobierno sin tener muy en claro si va a ser éste quien tenga el poder? Y de manera subsecuente, ¿de qué deberíamos independizarnos para ser realmente soberanos hoy?

(*) Politólogo, consultor y docente.

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