Una realidad anestesiada, donde hay cierta “calma” financiera mientras se modera el ritmo de depreciación del dólar sin impactos inmediatos en la brecha cambiaria y/o en las reservas, con las implícitas de los futuros desplomándose, ubicándose incluso por debajo de las proyecciones del REM. También con dólares paralelos sin mayores sobresaltos, a pesar de las noticias ruidosas por parte de la política -el canje agresivo de YPF, el impuesto a las grandes fortunas, la decisión de congelar casi totalmente las tarifas en el año electoral, etc.-.
Estrategias electorales en pandemia: ¿de qué se trata el plan "aguantar"?
La coyuntura actual transita entre dos realidades distintas, que en algún momento tenderán a converger.
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La otra realidad es la de la nominalidad y la situación de la economía real: la aceleración inflacionaria de los últimos cuatro meses se ubica en promedio en torno al 3,8% mensual (55% anualizada), con precios regulados en muchos sectores y tarifas congeladas, la pobreza superando el 40% en el primer semestre del año y una economía que hasta noviembre se encontraba un 4% por debajo de los niveles pre-pandemia (y sólo crecería por efecto “arrastre” durante este año).
La primera realidad, dada la situación actual, parece difícil de sostenerse. Veamos los flancos débiles del intento de frenar la inflación anclando el tipo de cambio. Las reservas netas ya se ubican por debajo de los u$s 3 mil millones, la tasa de interés en pesos viene perdiendo sistemáticamente contra la inflación (esperada y realizada) y el Gobierno permanece excluido del crédito internacional luego de haber reestructurado. En criollo: faltan dólares, sobran los objetivos y a la carrera electoral todavía le quedan mínimo ocho meses.
Pero si bien los stocks son escasos, la caja de herramientas todavía no se agotó. Quedan algunas estratagemas y vientos del exterior que soplan a favor del Gobierno. Por eso es que el plan “aguantar” puede funcionar, aunque no exento de costos en el camino.
Por un lado, “aguantar” sin reservas pasa factura en la brecha con un cepo sumamente restrictivo. Sin embargo, el Gobierno en los últimos meses profundizó la intervención en el mercado de los dólares bursátiles: vende bonos en pesos (absorbiendo, en el medio, parte del excedente de liquidez) y recompra esos mismos bonos en dólares, usando para ello reservas. Ya se fueron, por esa vía, entre unos 600 y 700 millones de dólares (cerca de un tercio de las reservas netas actuales). Naturalmente, no es sostenible, pero la efectividad cortoplacista de esta herramienta tienta al Gobierno de seguir aguantando por esta vía. Para frenar la caída en las reservas, también se intentará apelar al refuerzo del cepo, trabando importaciones y demorando aun más la recuperación del nivel de actividad.
Entre los vientos que soplan a su favor, está la soja y el potencial giro de dólares del FMI a todos los países del mundo. La soja, a 500 dólares la tonelada y con estimaciones de producción optimistas para nuestro país teniendo en cuenta las recientes lluvias, ayuda y no poco: podría aportar entre 5.000 y 6.000 millones de dólares frescos en concepto de exportaciones, cuya materialización dependerá en gran medida de la brecha cambiaria -que desincentiva a los exportadores a liquidar- y de las amenazas (con rendimientos decrecientes) del Gobierno al campo. El giro de dólares del FMI, todavía a definirse pero con alto grado de probabilidad, aumentaría las arcas del BCRA en unos 3,3 mil millones de dólares, duplicando así las reservas netas.
El sendero estable, donde se alcanza un acuerdo con el FMI, hay una consolidación en el plano fiscal y se mantiene cierta consistencia en el frente monetario (con la tasa ganando la carrera contra la inflación), a esta altura está descartado. No hay consolidación fiscal posible con congelamiento tarifario, impulso de obra pública en el año electoral y riesgos de una nueva ola de Covid-19 que aumente los programas sociales para compensar. El acuerdo con el FMI podría demorarse más de la cuenta si el giro a nivel global se confirma, permitiendo pagar algunos vencimientos sin tener un plan con el FMI, dilatando así el potencial costo electoral de un acuerdo con el organismo. Por último, con la inflación corriendo al 3,8% promedio, el Gobierno no movió la tasa; si no sucedió hasta ahora, ¿qué es lo que podría llevar a hacerlo en los próximos meses?
En cuanto a la segunda realidad, el excedente de pesos del año pasado y la suba sostenida del tipo de cambio pasará factura este año, acelerando la inflación (piso del 50% para 2021) con un tipo de cambio que buscará atrasarse apelando al típico reflejo de los Gobiernos en los años impares, pese a los riesgos señalados.
De fondo quedará la discusión que el país se debe: la necesidad de consensuar un modelo de crecimiento sostenible, inclusivo y orientado hacia el crecimiento de las exportaciones y la inversión. Para eso, también requerimos cerrar el déficit fiscal, e incentivar la demanda de pesos con tasas reales positivas. Con cambios sistemáticos en las reglas de juego, y atajos cortoplacistas con fines electorales, la discusión queda para un mediano plazo que nunca llega.
(*) Economista de Empiria.
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