Al César, lo que es del César

Opiniones

Un recorrido por el antiguo y vigente tema de los impuestos en los distintos rincones del planeta.

La cuestión impositiva es tan antigua como la humanidad misma. Ya se discutía en los tres evangelios sinópticos de la Biblia cómo los fariseos intentaron que Jesús se pronunciara de forma explícita sobre si los judíos debían pagar impuestos a Roma: su respuesta dio lugar al popular refrán “Al César, lo que es del César”. Sin ir tan lejos en el tiempo, desde la creación de los Estados Nacionales modernos el contrato social sostiene que los gobernantes, en nombre del Estado, recaudan dinero – mayoritariamente a través de la vía impositiva -, para luego redistribuirlo en pos del bien común. Simplemente eso.

Por supuesto y como ocurre en toda ciencia social, podemos discutir si el Estado se parece más a un ‘Gran Hermano’ que a una institución libre de toda subjetividad; que si la elección de los gobernantes y su posterior desempeño se emparentan o por el contrario se distancian abismalmente de sus promesas o el mismo deber ser; o qué es realmente el bien común en un mundo donde prima el desempleo, la desigualdad y la exclusión. La realidad es que vivimos en un sistema económico global de demandas crecientes en la mayoría de los rincones del planeta, parí passu nos encontramos con sociedades cada vez más informadas y, lentamente, más educadas. Ello se ve reflejado, por un lado, en que cada vez más personas tienen acceso a lo que ocurre en otros lugares del mundo. A través de los diversos medios de comunicación, pueden observar que otros seres humanos, sus pares, poseen claramente una mejor salubridad, educación, u ocio. Por otro lado, no podemos dejar de lado el espíritu per se de la lógica de la evolución: no hay lugar en el mundo donde una persona no quiera que sus hijos y nietos vivan mejor. La consecuencia, mayores exigencias y presiones fiscales para solventar una realidad social que lo reclama. Y gobiernos temerosos que si no dan respuestas, las tensiones sociales se puedan incrementar. Y como lo hemos visto en nuestras latitudes últimamente, a una velocidad y con una voracidad inusitadas.

La realidad global es que un puñado de personas y corporaciones, más poderosos y ricos que naciones enteras, no quieren cubrir el costo de una imposición que derive en ingresos a las arcas estatales para su posterior distribución. Con una quirúrgica ingeniería de operaciones globales, vivimos en tiempos de secretismo bancario y exuberantes paraísos fiscales – existen unos 50 territorios en ‘listas negras’ -, que alimentan el fraude y la elusión fiscal (se calcula que las prácticas de elusión de las multinacionales deja unas pérdidas de 500.000 millones de dólares al año en el planeta). Por ello es que el economista Thomas Piketty propone un impuesto global sobre el patrimonio que grave con un 5% o 10% a las fortunas superiores a los 10 millones de Euros. O la misma propuesta de James Tobin, cuya idea fue aplicar una tasa que grave las transacciones financieras mundiales como forma de generar recursos de bienes públicos globales y contribuir a la estabilidad financiera internacional. Pero más allá de estos proyectos macroaltruistas globales, que han quedado hasta el día de hoy en la nada – igual que todo lo que proponen los Organismos Internacionales, denostados bajo un mundo de nacionalismos crecientes y alianzas estratégicamente pensadas -, cada país intenta hacer lo que mejor puede. O quiere.

Por un lado, los países nórdicos que personifican el mundo más desarrollado – Islandia, Dinamarca, Bélgica, Suecia, Finlandia -, tienen los impuestos más altos del mundo. Y además poseen una mayúscula calidad de vida, son profundamente competitivos y poseen altos niveles de productividad. La clave: transparencia, sustentabilidad, ética, eficiencia y eficacia en la recolección y el expendio de los recursos gubernamentales. Un ejemplo minimalista es el caso austriaco: como política de incentivos al cuidado del medioambiente, han reducido la carga fiscal para bicicletas y otros vehículos eléctricos.

Como contraparte a las altas cargas impositivas, se encuentran varios Estados del mundo árabe: Qatar, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos pertenecen a los países del Top 10 donde la carga tributaria es la menor del planeta. La respuesta a ello es muy sencilla: la recaudación proviene de sus altos ingresos hidrocarburíferos, los cuales suplantan ampliamente cualquier tipo de imposición.

En el caso de nuestra región latinoamericana, el promedio de los tributos llega a un 23% del PBI (hay que tener en cuenta que en la OCDE es el 34%). Los países de la región que menos impuestos pagan son Guatemala, República Dominicana y Perú (12,6%, 13,7% y 16,1% del PBI respectivamente). En el otro extremo se encuentran Cuba (41,7% del PBI), seguido por Brasil (32,2% del PBI) y Argentina (31,3% del PBI). Salvo la excepcionalidad socialista del caso cubano, son todos Estados con enormes niveles de desigualdad. Pero la diferencia entre Argentina o Brasil y los que menos tributan, es el nivel de ‘tolerancia ciudadana’ ante las exigencias de incrementos del gasto social bajo el marco redistributivo de los recursos escasos. Diferencias educativas y culturales, se podría decir.

Saliendo de los escenarios estructurales, la dinámica económica también requiere de cambios puntuales en términos impositivos. Un claro ejemplo ha sido la crisis europea de hace una década. Si nos fijamos en el caso de España, la enorme deuda pública contraída previamente ‘obligó’ al gobierno a incrementar el IVA en el año 2010 y nuevamente en el año 2012 – del 16% al 18%, para luego pasar al 21% -, lo que le permitió generar ingresos extras (unos 8.000 millones de Euros) destinados casi con exclusividad para el repago de sus compromisos externos. La misma suerte han tenido los contribuyentes griegos, que desde el año 2007 al 2017 tuvieron un incremento de 8,2% - hasta alcanzar el 39,4% del PBI – en términos impositivos totales. El objetivo recaudatorio, en mayor o menor medida, se cumplió para ambos países mediterráneos. Queda en el deber el impulso a las mayoritarias clases medias y bajas, todavía ahogadas en un mar de endeudamiento, mercados internos deprimidos, y disminución en el gasto social y las inversiones estatales.

Un caso similar de ajuste fiscal se dio en Irlanda, con la excepción que su situación previa le permitió capear la crisis con mayor solvencia y menores consecuencias socio-económicas. En este aspecto, en la década de 1980’ se iniciaron reformas que incluyeron, por ejemplo, la diferenciación de los niveles de aportes al Estado según el tipo de empresa y su ubicación geográfica. Poco más de una década después se evaluó que era conveniente unificar los regímenes, con una tasa de imposición a las sociedades del 12,5% (antes de los cambios ese porcentaje había llegado al 50%). Luego se sumaron incentivos específicos, como un menor nivel de impuestos - hasta el 6,25% - para los beneficios logrados por inventos patentados en el país; lo que a su vez se complementó con una deducción por invertir en investigación y desarrollo, lo que conllevó a que muchas compañías multinacionales – sobre todo del sector tecnológico - se instalaran en el país. Los opositores hacen hincapié en que el “race to the bottom”, donde países como Irlanda ceden una cierta cantidad de ingresos y beneficios directos para con las arcas estatales – inclusive perforando la legislación laboral o medioambiental –, terminan perjudicando al conjunto. No es el caso de Luxemburgo, que ha hecho de la competencia fiscal una política de Estado. No son pocos los que sostienen que si Amazon, que se instaló en aquel país en el año 2003, se ha transformado en el mayor retailer del planeta, es en parte porque ha arrinconado la fiscalidad hasta el borde de lo ético. Como indica el dicho, el tango se baila de a dos. O de a tres. En este sentido, Francia fue más allá y ya decidió aplicar una tasa a la digitalización. Desde los Estados Unidos ya comenzaron las quejas: en el discurso dicen que afectarían a consumidores y pymes dentro de la cadena de valor tecno-productiva; aunque implícitamente, sabemos que el dilema es geoeconómico. Las principales empresas afectadas, entre las que se encuentra Google, por ejemplo, son estadounidenses.

China es otro caso de políticas tributarias dinámicas y quirúrgicas. El gigante asiático redujo recientemente la alícuota del impuesto al valor agregado, con porcentajes diferenciales según el tipo de actividad y el tamaño de la empresa; también hubo reducciones tributarias referidas a los ingresos obtenidos por inversiones en bonos. En este sentido, la motorización el consumo y la multiplicación de las operaciones bursátiles son un debe para con la mejora de la macro y microeconomía china; pero sobre todo, es necesario geopolíticamente para con el achicar la brecha con el resto de las principales economías capitalistas.

No podemos dejar de mencionar que, en ciertas ocasiones, la dinámica tributaria viene acarreada de fuertes pactos sociales. En Japón, por ejemplo, hubo una modesta caída del aporte de los empleados para el fondo de desempleo, contrabalanceado por un aumento en las contribuciones para las jubilaciones y pensiones. Este tipo de medidas mixtas (alzas y bajas), también se dio en otros países, como es el caso de Finlandia, donde un pacto de competitividad derivó en una reducción de lo que aporta el empleador, en contraposición a un incremento de lo que se encuentra a cargo del empleado.

Por último, más allá de lo estructural y coyuntural, debemos analizar qué tipos de impuestos se cobran y, por ende, que grupos o sectores económicos se perjudican/benefician con cada política impositiva. Por ejemplo, en algunos países se decide incrementar el IVA (en nuestro país representa casi el 50% de la recaudación, mientras que el promedio OCDE se sitúa en torno al 10%), un impuesto regresivo pero sencillo de recaudar. En la mayoría de los Estados hay espacio fiscal para gravar la renta – proveniente de la economía real, pero también de la especulativa -, pero suele contar con una férrea oposición de los sectores concentrados de mayores ingresos, con una discursiva ligada a los perjuicios sobre las tan mentadas inversiones que ellos solo pueden generar.

Ello puede centrarse en una discusión ética, aunque en nuestro país se puede traducir en una cuestión de racionalidad económica: la presión impositiva es la segunda más alta a nivel global en términos de las contribuciones obligatorias que pagan las empresas que producen — después de las deducciones y exenciones permitidas — como parte de las ganancias comerciales. Aunque podemos discutir sobre la explicación técnica que menciona la imposibilidad de las empresas locales de ajustar sus balances por inflación, la verdadera respuesta a la problemática se encuentra en otro lado: la mala praxis económica que ha llevado a una inercia inflacionaria de más de dos dígitos por años, tasas de interés exorbitantes y prohibitivas para mejorar la producción (o simplemente para apalancar las deudas contraídas), gran cantidad de Pymes proveedoras de bienes y servicios que cobran con suerte a 120/150 días en un mercado interno deprimido, o la alta evasión impositiva de una gran parte del empresariado más rico, y por lo tanto, con mayor capacidad contributiva. Pero sobre todo, la real imposibilidad de la mayoría de las Pymes de poder pagar todos los impuestos dado el contexto descripto. Para una parte importante de los actores económicos, manejarse, al menos en parte, en la informalidad, se ha tornado una realidad cotidiana para poder sobrevivir. Ello a su vez promueve el discurso lógico de quienes sostienen que los pocos que pagan todo, terminan pagando por los que no lo hacen. Una discusión inerte y que no conlleva ninguna solución.

Por lo tanto, podemos afirmar que la recaudación impositiva es un eslabón determinante, pero no es el único. Hasta podríamos decir que no es el más importarte. Por ende, urge una necesaria complementariedad con otras políticas económicas apropiadas. El caso de Sudáfrica es emblemático: el país tiene uno de los sistemas fiscales más progresivos del mundo y, al mismo tiempo, una de las sociedades más desiguales del planeta.

En este sentido, los ricos pagan altas imposiciones – el decil con mayor nivel de ingresos debe tributar en torno al 42% -, el impuesto corporativo es difícil de eludir, y los gravámenes al consumo incluyen excepciones para los alimentos y otros suministros básicos para los hogares de menores ingresos. Por otro lado, la naturaleza redistributiva del impuesto es modélica en términos de poner el foco en los pobres y en la asistencia social. Sin embargo, luego de décadas de 'apartheid', no solo la mayoría de la población es incapaz de acumular capital humano o financiero, sino que además la tasa de desempleo supera el 20%, lo que cerciora la capacidad contributiva. Evidentemente, la concentración de la riqueza en un minúsculo grupo de la población dedicado principalmente a los servicios financieros, tiene un límite fiscal para con las soluciones que se puedan generar en términos de mayor igualdad y desarrollo socio-económico. Y el no generar un escenario macro y microeconómico pro-positivo, suele terminar en la necesidad de recaudar ‘a como sea’. Este es el caso de Chad, un país agrícola de los más pobres del mundo, que aplica un impuesto corporativo del 1,5% sobre el volumen de negocio, o el 40% de los beneficios, en función simplemente de cuál sea el más elevado.

Por último, como me dijo una vez un profesor cuando daba mis primeros pasos como estudiante de economía, “no hay sistema económico que funcione, ya sea de derecha o izquierda, si se embebe en la ineficiencia y la ineficacia, pero sobre todo si perdura bajo un manto inmoral de total corrupción e impunidad”. Instituciones éticas y sólidas, una sociedad que culturalmente castigue la corrupción, la evasión y la mala praxis económica, y un modelo de solidaridad impregnada en cada uno de los actores sociales en pos de una mayor justicia distributiva, podrían ser el norte para generar un sistema tributario racional, eficiente y eficaz. Y que por sobre todo, ayude a los más necesitados. Que en definitiva, como se mencionó al principio, para ello fue creado.

* Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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