Inflación en la era Macri: el pecado original

Opiniones

La inflación en la era Macri tuvo tres etapas. La última comenzó en abril de 2018 y se originó por un shock cambiario.

La inflación en la Argentina suele verse como un problema en sí mismo y no como el reflejo de inconsistencias o desequilibrios a lo largo del tiempo. En este caso, el pecado original fue la pontificación de la desregulación de la cuenta financiera del balance de pagos como parte del camino hacia el libre mercado.

Finalmente el recorrido tuvo que ser desandado a la fuerza por la anterior administración, echando además por tierra los principales logros en materia de crecimiento e indicadores sociales.

La inflación en la era Macri tuvo tres etapas. La primera, asociada al brusco abandono de los controles cambiarios heredados, bajo la falsa premisa de que el tipo de cambio que formaba los precios en la economía era el financiero y que, además, el tipo de cambio flexible desvinculaba el andar del dólar de los precios domésticos.

La segunda etapa, fue de la mano de la consolidación fiscal. Alcanzar el equilibrio en las cuentas públicas es inflacionario en el corto plazo porque implica reducir subsidios a bienes regulados (agua, gas, luz, transporte, entre otros) que forman parte de la canasta básica.

Para amortiguar el impacto el Banco Central utilizó un único instrumento para coordinar la inflación y el tipo de cambio confiando en que los desequilibrios en el mercado de cambios finalmente se ordenarían. Esto no pasó. El déficit de cuenta corriente fue cubierto por endeudamiento del sector público e ingreso de capitales por carry trade, mientras que el BCRA incurría en déficit cuasi fiscal por la suba de intereses pagados por Leliq.

La tercera etapa comenzó en abril de 2018 y se originó por un shock cambiario producto de la reversión del flujo de capitales sin ninguna barrera de contención, en el marco de la mencionada desregulación de la cuenta financiera. Hasta las PASO, y con el apoyo del FMI, el gobierno anterior resistió quizás como parte del dogma que caracterizaba a parte de su cartera económica.

La administración Fernández heredó este esquema cambiario con un agravante: la incapacidad de renovar los vencimientos de deuda (en pesos y en dólares). También recibió un esquema tarifario atrasado por los sucesivos congelamientos de 2019 y la necesidad de frenar 60% del gasto público indexado por ley a inflación pasada.

Dado que necesita los dólares para pagar deuda, se ve imposibilitado de sostener por mucho tiempo el atraso cambiario. A la vez, como tiene poco espacio fiscal, el congelamiento de tarifas tampoco puede extenderse mucho tiempo más. La otra variable de ancla nominal es la política de ingreso. En plena negociación y con sindicatos más preocupados por cuidar el empleo que el poder adquisitivo del salario, esta parece ser el ancla más factible.

Con un escenario de paritarias de 35% anual, un sendero de tipo de cambio que no permite apreciación real y una actualización tarifaria razonable en el segundo semestre, no vemos la inflación perforando el 40% en 2020. Algunas políticas lucen orientadas en la dirección correcta: la veloz negociación de la deuda con bonistas privados y el FMI en simultáneo.

En tanto, el Tesoro se hace de “caja” a través de aumentos de algunos impuestos y nuevos tributos para llegar a la renegociación con la mayor palanca posible, que es la demostración de buena voluntad. La política monetaria y la propia política fiscal están supeditadas, en definitiva, al resultado de esta puja entre bonistas, FMI y Estado.

En la primera mitad del año vemos anclas operativas sobre los precios, el tipo de cambio, salarios, tarifas y acuerdos de precios para desindexar, pero la sostenibilidad del modelo depende de la capacidad de la Argentina de volver a tener un resultado externo que permita contener el tipo de cambio nominal.

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