¿Por qué creemos que hay una emigración fuerte?

Opiniones

La historia echa luz sobre nuestra relación con el mayor ajuste de todos.

“La publicación del jueves 19 de agosto ha sido pausada para revisar los informes citados en el artículo”. Hace un mes, un medio colega publicó que Argentina tenía más emigración de profesionales que Venezuela. De hecho, la nota aseguraba que nuestro país encabezaba el ranking de emigración de profesionales de toda la región. El informe que lo respaldaba fue desmentido por el mismo autor, el economista del Banco Mundial David Mackenzie. Era todo humo.

El decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Di Tella, entre otros, se había hecho eco de esos datos que resultaron ser falsos. A los pocos días, un investigador que trabaja tanto para el Wilson Center como para el Economist Intelligence Unit publicó en Twitter datos de la Cancillería uruguaya que muestran que 10.311 argentinos solicitaron la residencia permanente en el vecino país durante 2020 y en lo que va de 2021. Pero ¿Es mucho o es poco 10.311 personas?

Los datos oficiales argentinos y también los de Naciones Unidas revelan que hay fuera del país alrededor de un millón de argentinos, no más del 2,5% del total, y que quien más generosamente nos ha recibido fue España con 291mil compatriotas viviendo allí. Ningún dato prueba que haya un “éxodo masivo” como afirmó el expresidente Mauricio Macri y otros los dirigentes del no-peronismo. El portal Chequeado.com consultó a tres especialistas y terminó calificando a las afirmaciones del ex presidente como “insostenibles”.

De hecho, según el último informe del departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas sobre migraciones, Argentina es uno de los países de la región que más inmigrantes recibió y de los que menos habitantes expulsó en 2020.

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¿Están emigrando los ricos? Argentina tiene una historia larga de millonarios viviendo en el exterior en todas las épocas, incluso en la que los liberal-conservadores consideran la mejor de todas: 1880-1928. Por otro lado, que Marcos Galperín o Hugo Sigman se hayan exiliado parece responder más a sus batallas perdidas dentro del empresariado concentrado y menos a los cambios de gobierno.

¿Es entonces la clase media alta la que emigra? Aún cuando a más de un medio le gustaría titular en tapa que desde que asumió Alberto Fernández “emigró a Uruguay el equivalente a un Nordelta” no pueden hacerlo por una simple razón: sería absolutamente falso. La ciudad privada de Nordelta tiene cuarenta mil habitantes y el éxodo a Uruguay fue de diez mil.

¿Todo el revuelo con la emigración es ilusorio? No. Los argentinos están respondiendo crecientemente en encuestas que si tuviesen la oportunidad se irían del país. Además, Argentina dejó de ser un fuerte país receptor y ahora su saldo es mas bien neutro, igual al de Uruguay, que era un país de emigrantes y que todavía en la actualidad tiene al 15% de los uruguayos fuera de sus fronteras.

La emigración masiva representa acá y en cualquier parte del mundo el mayor ajuste económico de todos. Funcionarios de la dictadura militar uruguaya (1973-1985) como su ministro de economía Alejandro Vegh Villegas calificaban al éxodo masivo de sus compatriotas como “positivo” justamente por este hecho. No sólo echaban a cientos de miles de uruguayos y no tenían que solventar ni su salud ni educación, sino al contrario: los expulsados en buena medida sostienen la salud y educación del país del que emigran con el dinero que envían a sus familias.

Argentina tuvo siete millones de inmigrantes a partir de 1860, pero hay un dato que a veces elegimos olvidar: alrededor de la mitad fueron trabajadores golondrina y volvieron a sus países. Quién escribe estas líneas se sorprendió al enterarse que todos sus tíos abuelos italianos había residido en algún momento en Argentina y no solamente su abuelo, quién ya no volvió a Italia. Como lo prueba el historiador David Rock, los gobiernos argentinos fomentaban, en cada crisis económica, que los inmigrantes volviesen a sus países y que no fuesen una carga para el nuestro. Hasta que estalló la segunda guerra mundial.

En la posguerra, el modelo agroexportador se hundió no sólo para Argentina, también se terminó para nuestro país hermano: Uruguay. Y al finalizar en 1953 el breve auge en los precios de los granos y carnes que generó la guerra de Corea, la estructura social uruguaya que se había construido en los años de vacas gordas era insostenible y los gobiernos uruguayos comienzan a implementar -todavía en democracia- un ajuste efectivamente brutal que generó una estampida del 10% de su población entre 1963 y 1975. Como ese ajuste no fue suficiente, la dictadura uruguaya (un “surrealista ejército de ocupación” según la definición de Alain Rouquié) fuerza otro éxodo. De estos años son las obras fatalistas sobre el incierto futuro de Uruguay como El país cola de paja o Gracias por el fuego del gran Mario Benedetti. De hecho, la frase “el último que apague la luz” fue acuñada por nuestros vecinos durante esas oscuras décadas.

El caso argentino

Ese proceso de expulsión económica nunca se dio en la Argentina.

¿Por qué? Porque uno de los fines explícitos del golpe militar de junio de 1943 que clausuró el largo capítulo oligárquico -y cuyo heredero fue el Coronel Juan Perón- era evitar que la prosperidad de entreguerras y de la misma guerra se traduzca en una posterior depresión económica que, según esos militares de 1943, habría hundido al país en la izquierdización, la emigración y la guerra civil. La industria liviana subvencionada y el mercado interno cerrado fueron las respuestas del peronismo para evitar el éxodo. Funcionó. Por supuesto que a un precio muy alto de ciclos de más inestabilidad, de una inflación insólita y de una decadencia lenta pero segura. Pero, específicamente para evitar el emigración, funcionó.

Con la hiperinflación de 1989 el país derrapó otra vez con un aumento de precios del 3079%. Pero a los dos años de esa debacle, Argentina crecía fuerte con la convertibilidad. En 2002 sucedió algo parecido: al naufragio por las consecuencias de la devaluación del 75% le siguieron años de recalentamiento de la economía y de una impresionante recuperación del empleo y del salario real: la edad dorada del kirchnerismo.

Si hoy volvemos a hablar de emigración masiva -que por ahora no se produce- es porque nos encontramos en un largo estancamiento que arranca en 2012 y del que no tenemos idea sobre cómo salir. La pandemia aceleró -con una caída del 9.9% del PBI- nuestra propia ansiedad y fatalismo, sentimientos parecidos a los que sintieron los uruguayos en los años 60.

La industria liviana subsidiada y el mercado interno cerrado del primer peronismo ahora se transformaron en masivas jubilaciones sin aportes, empleo público sobredimensionado y millones de planes sociales. Sin lugar a dudas, son parte de las barreras contra un fuerte éxodo.

También es cierto que los cientos de miles de argentinos que poseen ciudadanía española o italiana generan la ilusión de un irse que es menos traumático que el de los mexicanos que cruzan el Río Bravo o de los seis millones de venezolanos que huyeron como pudieron de la dictadura de las Fuerzas Armadas Bolivarianas. La doble ciudadanía reafirma una sensación de salvación individual que tiene poco de positiva para un país que necesita salir de la catarsis y pasar a la reflexión.

Hoy Uruguay ha logrado detener la sangría sin todavía conseguir que vuelva el 15% que se fue, porque su economía no lo resistiría. Chile es un caso más exitoso: de país emigrante a fuerte país receptor. Las colectividades chilenas de nuestra Patagonia, tan comunes en el pasado, hoy brillan por su ausencia. Volvieron a un Chile relativamente próspero.

Pero el panorama argentino es un gran signo de interrogación. Puede seguir en saldo neutro o puede terminar en estampida. Lo que seguro no ayuda a terminar con nuestros círculos viciosos son los períodos maníaco-depresivos de plata dulce, la desesperación de nuestra clase política por la reelección ni tampoco un gran empresariado que se atora de prebendas del Estado mientras no deja de aceitar a panelistas de TV que sermonean sobre el “verdadero capitalismo”.

Qué camino finalmente se tomará no está escrito en ningún articulo periodístico ni en ningún discurso político. Está en lo que usted, estimado lector, y todo el resto de los ciudadanos y ciudadanas decidamos hacer con nuestro inmenso y bello país.

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