31 de mayo 2005 - 00:00

La emisión para la compra de dólares no genera inflación

La idea de que cuando el Banco Central compra dólares, emitiendo pesos, genera presiones inflacionarias, es errónea. Y el error surge por no distinguir lo que es emisión de pesos con origen en un aumento previo de la demanda de pesos, de lo que es una emisión por ingreso de divisas para aumentar el gasto interno, o de lo que es emisión con origen en un déficit fiscal o créditos al sistema financiero.

Parece complicado, pero se aclarará bastante el concepto con un ejemplo sencillo. Para ello consideremos el comportamiento de un individuo cualquiera, que llamaremos «Juan», quien tiene $ 20 en su bolsillo un día 30 a la noche y se va a dormir. Al día siguiente cobra su sueldo de $ 300, que luego gasta durante el mes, quedándose con los $ 20 que ya tenía por cualquier eventualidad. Sin embargo, un mes desea ser más precavido, y quiere terminarlo con $ 30 de reserva en su bolsillo. Para eso, en principio no le quedaría más alternativa que bajar de $ 300 a $ 290 su gasto.

Lo primero que debemos observar como consecuencia del cambio de conducta de Juan es que el aumento en la demanda de pesos genera simultáneamente una disminución idéntica en la demanda de bienes o del gasto. Luego, para entender cómo se eliminan estos desequilibrios simultáneos, tendríamos que preguntarnos de dónde salen los $ 10 para satisfacer el aumento en su demanda si no hay emisión monetaria, y quien va a gastar los $ 10 que Juan deja de gastar.

Veamos las siguientes respuestas:

1) Keynes diría: si Juan no quiere gastar y prefiere aumentar su tenencia de pesos, pues que los emita el Banco Central y los gaste el gobierno. Y efectivamente tendría razón -si lo hace por única vez- ya que la caída circunstancial del gasto de Juan es compensada por el aumento del gasto del gobierno, y la mayor demanda circunstancial de pesos de Juan es satisfecha con emisión, por única vez. Luego, Juan vuelve a gastar sus $ 300 por mes, y si el gobierno retorna a su gasto original, se vuelve al equilibrio inicial. El problema surgiría si posteriormente Juan quiere volver a su demanda original de pesos en otro mes, lo que incrementaría su deseo de gasto a $ 310.

En este caso, o bien el gobierno retira los pesos excedentes con algún instrumento financiero, o bien los retira con superávit fiscal, o bien deja que se expanda la demanda total de bienes, que se traduciría en un aumento de actividad y precios, y finalmente en una pérdida de divisas y déficit comercial si el Banco Central interviene en el mercado cambiario. Esto ocurriría también por única vez, ya que al mes siguiente se restablecería el equilibrio inicial.

2)
Contrariamente, un ortodoxo fiscal y flotador puro no intervendría en absoluto, y dejaría que el exceso de oferta de bienes presione hacia la baja al nivel de actividad, al nivel general de precios y al tipo de cambio, lo que en algún momento haría desistir a Juan de aumentar su demanda nominal de pesos y contraer simultáneamente su gasto. Aquí no aumentaría la cantidad de pesos, pero aumentaría su valor real. De cualquier modo, bajo este esquema, la cantidad nominal de pesos sería siempre la misma, y lo que cambiaría en cualquier dirección serían la actividad económica, los precios y el tipo de cambio. 3) En cambio, un defensor del tipo de cambio fijo, como lo era la convertibilidad, podría actuar como un keynesiano, pero nunca como un flotador. De hecho, dejaría que ocurra cualquiera de dos alternativas. Primero, el exceso de oferta de bienes presionaría a la deflación y/o contracción en la producción de los bienes no comerciables internacionalmente (los que por sus características no se pueden exportar -e importar-), y al mismo tiempo generaría un superávit comercial (con los bienes comerciables internacionalmente).

Con los dólares de este superávit, Juan o cualquier otro individuo terminaría recurriendo al Banco Central, quien compraría los dólares emitiendo pesos. Luego, como al mes siguiente Juan vuelve a su nivel de gasto habitual, desaparece el superávit comercial, y los precios y la actividad vuelven a su nivel inicial. Segundo, Juan podría haber optado por pedirle un préstamo en divisas a su tía europea, o sacar unos dólares de su propia alcancía, para luego vendérselos al Banco Central y hacerse de los $ 10 sin tener que contraer su gasto. Este mecanismo de ajuste es por movimiento de capitales, que cuando se destina a aumentar la demanda de pesos no genera aumentos de la demanda de bienes.

•Presión

Claro que si luego vuelve a caer la demanda de pesos de Juan, sin que decida devolver los euros a su tía o los dólares a su alcancía, los efectos serán expansivos, aunque sólo durante un mes. Luego todo volvería a su equilibrio inicial. Para que el efecto dure en el tiempo, todos los meses Juan debería recibir transferencias de su tía o retirar dólares de su alcancía y gastarlos. (En un caso así, debiéramos distinguir si Juan lo hace para aumentar el consumo, o si lo hace porque está aumentando la inversión, temas para discutir en otra ocasión.)

Ahora bien, estos ejemplos debieran ayudar a comprender lo que está ocurriendo en nuestra economía, luego de la fenomenal huida de capitales y depresión sufridas durante 2001 y 2002: la posterior reversión en el flujo de huida de capitales y su contrapartida en la precomposición de la demanda interna, la paulatina desaparición de la capacidad ociosa, las recomposiciones salariales y tarifarias, y hasta un eventual proceso sostenido de inversión y crecimiento económico, inevitablemente generarán una persistente presión inflacionaria, que no tiene nada que ver con las compras de dólares ni con algún mecanismo espurio de emisión por parte del Banco Central
, y que es sólo parte de un mecanismo de ajuste (precomposición de precios relativos) con origen en esa depresión. Intentar mantener el tipo de cambio nominal y al mismo tiempo contener la tasa de inflación sólo será posible enfriando innecesariamente la economía, retrasando la recuperación y un proceso sostenido de crecimiento.


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