Libreta negra

Opiniones

Como una contabilidad paralela, Néstor Kirchner debe llevar una libreta negra en la que anota pérdidas. No declaradas, por supuesto. Y políticas. En estas horas se conoce el balance favorable que realiza el gobierno sobre la suspensión del paro rural, con justificativos poco sustentables, pero se ignora lo que computa como saldo en rojo. Esa contabilidad la lleva Kirchner en Puerto Madero, de ahí que el día de los cacerolazos sobre la residencia de Olivos saliera al jardín de la casa, marcara el número de uno de los principales funcionarios de la Casa Rosada y, bramando, levantara el celular para que del otro lado del aire se captara el estruendoso sonido ambiente: «Escuchá, escuchá, escuchá bien». Por supuesto, agregó un insulto complementario, en catarata, ligado a la familia.

Nadie mejor que el santacruceño, experto en plazos fijos, para realizar el primer cálculo: debido a la poco elaborada medida de Martín Lousteau -no precisamente elegido por él para el cargo-, el aumento de 9 puntos porcentuales de las retenciones desató una rebelión del campo que ha puesto una alerta roja para las elecciones de 2009 (como se sabe, único pensamiento de los dirigentes políticos). Si en algunas provincias -ejemplo,Córdoba-el kirchnerismo ni siquiera ganó hace menos de un año y su candidato a gobernador llegó al cargo gracias al voto del agro, al sufragio «gringo» o del interior, en disentidos comicios contra la oposición urbana, ahora esa efectiva colaboración ha desaparecido tras 20 días de conflicto. Se licuó esa reserva con una velocidad extraordinaria, al menos en los primeros cálculos; y esa abstinencia del sector, cuando no la oposición acérrima, se propaga en el Litoral, Centro, Norte y hasta buena parte del Sur. Inclusive, es obvio, aunque no sea relevante en número, también la sangría habrá que observarla en el tesoro más preciado del oficialismo: la provincia de Buenos Aires.

Falta, obvio, un trecho gigante y desconocido hasta 2009. También, es cierto, ningún dirigente opositor se pudo apropiar de ese voto codiciado (blanco y oligarca, según descalifica Luis D'Elía). Tampoco es irreversible el distanciamiento, pero Kirchner debe preguntarse: ¿era necesario todo esto a 100 días de gobierno? ¿Había que pagar este costo por una medida, a corregir además, que no significaba demasiado en el presupuesto Nacional? Y si bien se apuntó el impulsor de las respuestas de su esposa que exacerbaron más la protesta, hoy con su libreta en la mano debe reflexionar sobre el medio más idóneo para recuperar esa voluntad perdida del campo.

No es lo único. Sea cual sea el desenlace con el agro, otras dos picas se le han instalado con la crisis en la cercanía del gobierno de su mujer: l) la posible discusión coparticipable de los impuestos; 2) la necesidad de que los nuevos tributos sean discutidos en el Parlamento. Esos debates no figuraban en la agenda ni por asomo (a pesar de que habían sido instalados por una dictadura militar, la de Juan Carlos Onganía vía Federico Frischknecht) y, ahora, se pueden volver calientes: hay gobernadores e intendentes que no saben cómo enfrentar los reclamos vecinales y muchos legisladores, todos de afiliación K, han empezado con el interrogante ético (por usar un término) entre la fidelidad al gobierno o a quienes dicen representar. La lista de sospechosos ya circula por propia determinación de sus protagonistas: la encabezan Juan Carlos Schiaretti, Carlos Reutemann, Mario Das Neves, Celso Jaque, Hermes Binner, Roberto Urquía, como dijo uno de los productores agrarios, «son muchos más los que adhieren en silencio a nosotros». No parece casual que estas dos cuestiones también se relacionen con 2009: si para entonces no hay respuestas, ese asegurado sector que «estaba bien y votaba por nosotros» quizás mantenga, como ahora, una resistencia crítica capaz de impedir la repetición de los éxitos electorales. Un arreglo, claro, significa vulnerar un mandamiento: menos caja. Dilema para Puerto Madero.

Dejá tu comentario