Los superpoderes y los subpoderes
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La Constitución nacional no prevé la ejecución de un plan de gobierno de parte del Ejecutivo sin la intervención aprobatoria del Congreso, pues supondría un plan de uno solo de los dos poderes que comparten las responsabilidades de gobierno (el de horizonte más «miope»). La oposición parlamentaria reivindicó con razón esas facultades compartidas que le corresponden al Parlamento, pero lo hace principalmente recurriendo al amparo del texto constitucional, y no a su propia práctica de ejercicio del poder que pretende serle arrebatado. No queda suficientemente claro que lo que reivindicó para sí sea la facultad de gobernar a través de la sanción del Presupuesto. Más bien parece reivindicar la facultad de no ser ignorado del todo en la aprobación formal de ese proceso.
El oficialismo parlamentario, por su parte, tampoco reclamó lo que no desea, ya que esa facultad la ejercen ya sus propios partidarios desde el Ejecutivo, y se da por conforme con eso. No sienten sus miembros que, como legisladores, les corresponda nada propio en ese ejercicio de gobierno que es la sanción anual del Presupuesto. Pero se equivocan: lo que sus partidarios en el Ejecutivo no pueden hacer es lo que sólo un Congreso puede hacer, a saber, gobernar mediante políticas generales de largo plazo. Esta facultad estratégica, sin embargo, no parece reclamarla ningún legislador, ni oficialista, ni opositor, y no lo hacen ahora ni antes. El legislador argentino no se siente parte del gobierno de la Nación, sino fundamentalmente «caja de resonancia» de las discusiones políticas. Y, en casos extremos, testigo privilegiado para acceder a la Justicia en nombre de la Constitución o los derechos generales, con la pretensión de ser más escuchado de lo que lo sería un ciudadano común, un privilegio que tampoco le corresponde legítimamente. Ni las personas que ocupan el Ejecutivo ni las que ocupan cargos en el Legislativo hacen bien en actuar así, pues están interpretando mal el sistema republicano de gobierno. Pero la cultura política de la dirigencia argentina es así. El problema es que este sistema lleva indefectiblemente al fracaso, porque nadie piensa ni instrumenta políticas, sólo actos de gobierno. Los superpoderes son sólo la cristalización formal de esta concepción equivocada, la parte visible de un grave error políticoinstitucional.




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