Hay pocos acontecimientos capaces de revelar con tanta claridad cómo una nación se piensa a sí misma como un Mundial de fútbol.
El pasado también juega en los mundiales
Los mundiales no solo reflejan el presente de los países. También revelan la memoria desde la cual las naciones siguen interpretando su lugar en el mundo.
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El Mundial vuelve a mostrar que el fútbol también funciona como un espacio donde las naciones proyectan su memoria, su identidad y la forma en que se piensan frente al resto del mundo.
Durante unas pocas semanas, el fútbol deja de ser solamente un deporte para convertirse en una de las formas más intensas de representación nacional del mundo contemporáneo. En cada país, las diferencias políticas, sociales o generacionales parecen quedar en un segundo plano. La selección pasa a expresar algo que trasciende a un gobierno, a una dirigencia e incluso a los propios desencuentros de una sociedad. Representa la idea que una comunidad tiene de sí misma.
Quizás por eso algunos partidos nunca son simplemente partidos de fútbol. En ellos se condensan recuerdos, orgullos, derrotas, frustraciones y aspiraciones nacionales. Durante noventa minutos, una sociedad proyecta sobre una cancha una parte de su historia y la imagen de un futuro deseado.
Al finalizar el partido frente a Inglaterra, los jugadores argentinos desplegaron una bandera reafirmando la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. El gesto provocó una inmediata repercusión en ambos países. Durante varios días se escribieron ríos de tinta sobre aquella imagen. Miles de publicaciones en redes sociales, cargadas de emoción y de referencias históricas, multiplicaron el debate mucho más allá de la Argentina y el Reino Unido. La discusión excedió ampliamente al fútbol. En realidad, aquel episodio habló de historia y de memoria colectiva.
Ese episodio ayuda a entender por qué un Mundial puede decir tanto sobre las naciones.
Hace unos días, el periodista británico Matthew Rose publicó en The New York Times un artículo particularmente sugerente sobre Inglaterra. Su punto de partida era futbolístico, pero su reflexión iba mucho más allá del deporte.
Rose sostiene que el peso de 1966 no reside únicamente en haber sido el año del primer y único Mundial ganado por Inglaterra. A su juicio, aquel triunfo terminó convirtiéndose en un componente central de la memoria nacional británica: el recuerdo de un país que ocupaba una posición gravitante en el escenario internacional.
Por eso escribe que 1966 sigue siendo «el parámetro con el que Gran Bretaña se mide a sí misma, no solo en el fútbol sino también en ese concepto difuso llamado “su lugar en el mundo”». Y agrega: “La nostalgia vuelve más difícil enfrentar los problemas reales del presente». Según Rose, Inglaterra continúa cargando «con el peso muerto de unas expectativas imposibles”, comparándose con un pasado que ya no existe.
En realidad, Rose escribe sobre algo más que fútbol. Escribe sobre la relación entre memoria nacional y política internacional.
Su reflexión plantea un problema que trasciende ampliamente el caso británico. Los mapas del poder cambian con rapidez. Se transforman las alianzas, las tecnologías, las economías y la distribución del poder internacional. Los mapas de la memoria nacional, en cambio, evolucionan mucho más lentamente.
Esa diferencia de velocidades ayuda a explicar muchas de las tensiones del mundo contemporáneo.
Las naciones no actúan únicamente desde la posición que ocupan en el sistema internacional. También lo hacen desde el lugar que creen haber ganado en la historia y, en muchos casos, desde el lugar que consideran que todavía les corresponde ocupar en el mundo.
Solemos explicar el comportamiento de los Estados por sus intereses, sus capacidades, su geografía o el equilibrio de poder. Todo eso importa. Pero Henry Kissinger mostró, a lo largo de su obra, cómo la historia y la cultura estratégica de las grandes potencias también condicionan su conducta internacional.
En las últimas décadas, distintas corrientes de las Relaciones Internacionales enriquecieron ese debate al subrayar que las ideas, las identidades y las memorias colectivas también influyen sobre la conducta de los Estados. La lógica del poder sigue siendo indispensable para comprender la política internacional, pero no alcanza por sí sola para explicarla.
Las naciones no solo heredan una historia. También construyen, transmiten y actualizan una memoria de esa historia. Esa memoria conserva determinados episodios, relega otros y ofrece el marco desde el cual cada sociedad interpreta el presente y proyecta el futuro.
Entre esos dos mapas —el del poder y el de la memoria— se desarrolla buena parte de la política internacional contemporánea.
China habla del “gran rejuvenecimiento de la nación china” y presenta su ascenso como el retorno a una centralidad perdida.
Rusia reivindica su condición de gran potencia como parte inseparable de la memoria de la Rusia imperial y soviética, una continuidad histórica que suele sintetizarse en la evocación de la “Madre Rusia”. No es casual que el diplomático y estratega estadounidense George Kennan -uno de los grandes intérpretes de la política exterior soviética durante la Guerra Fría- sostuviera que Rusia solo podía comprenderse a la luz de su experiencia histórica.
Francia sigue concibiéndose como una potencia de alcance universal, con responsabilidades que exceden sus propias fronteras.
Estados Unidos debate si continúa aspirando a ser el líder indispensable del orden internacional o si debe redefinir su papel.
Brasil, por su parte, procura traducir su dimensión continental en una gravitación internacional acorde con sus aspiraciones.
En todos los casos, la política exterior expresa no solo intereses. También refleja una determinada idea del lugar que cada nación cree haber ganado en la historia y del papel que entiende que le corresponde desempeñar en el mundo.
Tal vez por eso un Mundial nunca habla solamente de fútbol. También habla de historia. Porque detrás de cada selección nacional hay una memoria compartida. Y porque, muchas veces, las decisiones de política exterior no se explican únicamente por los mapas del poder, sino también por los mapas de la memoria.
Tal vez por eso, en cada Mundial, el pasado también juega.
Presidente Fundación Embajada Abierta. Ex Embajador ante ONU, EEUU y Portugal
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