Mejor que prometer es realizar

Opiniones

El título de la nota transcribe una expresión del general Perón, mi maestro en política, para conocimiento de los jóvenes y de algunos distraídos. En nuestro país, grandes sectores de la población están enfrascados en una carrera de recomendaciones y críticas, a la que se suman incluso dirigentes que no tuvieron éxito en su gestión. Nadie parece reconocer lo complicado de gobernar la Argentina, ni nuestras dificultades de convivencia. Prueba de ello es que ningún presidente pudo completar su mandato constitucional en el último medio siglo, salvo quien escribe en 1995 y 1999.

Consciente de que la intolerancia de unos y la escasa paciencia de otros ponían en peligro nuestra convivencia, desde el inicio de mi gestión procuré la pacificación y la creación de riqueza para nuestra gente. Pues siempre creí que los conflictos agudos que anidan en nuestra querida Patria sólo pueden irse solucionando con más libertades y bienes para todos. Conociendo las enseñanzas de la administración moderna, me di cuenta de que las decisiones había que dejarlas en los niveles más cercanos a cada problema. Empresas privatizadas, amplios sectores desregulados, piloto automático en otros, facilitación del comercio exterior e interior, supresión rápida de la inflación que desequilibraba las posibilidades y los bolsillos de los más desguarnecidos fueron fórmulas que colaboraron en conseguir las mejoras detalladas en el gráfico.

• Compromiso

Con la pacificación e infraestructura conseguidas en 1999, la confianza que despertaban los principios que rigieron nuestra acción de gobierno y las extraordinarias condiciones internacionales actuales, inversores y emprendedores de todo el mundo estarían bregando para volcar recursos, demandar trabajo y hacer cola para operar en la Argentina. Productores y exportadores saben que, con nuestro programa, estarían vendiendo mucho más que ahora, puesto que eliminamos las retenciones y otras gabelas a las exportaciones y estábamos comprometidos a mantener esa libertad para siempre. Tampoco soportarían el impuesto al cheque, la mordaza de tarifas desconectadas de la realidad, ni nuestra gente tendría que pagar por los platos rotos de la pesificación asimétrica, el «corralito» y la persistente cesación de pagos de nuestras obligaciones. Finalmente, los argentinos podríamos seguir disfrutando de créditos bancarios para trabajar, construir y consumir, cuya ausencia impacta en la escasa demanda por los bienes que insumen mano de obra nacional. En nuestra mirada, la extrema pobreza e indigencia son resultados de esa falta de confianza.

• Emigrantes

En abrupto contraste con esas posibilidades ciertas, hemos visto que las colas las hacían las familias argentinas para emigrar a donde tuvieran mejor trato que el brindado por quienes nos sucedieron. Nuestros vecinos nos temen por inconfiables, tenemos desencuentros con Chile, Uruguay, los inversores del mundo nos huyen por incumplidores y oportunistas. A pesar de la crítica persecutoria, que intenta desinformar a nuestros compatriotas, algunos añoran la década de los '90. En esos años podían transitar por las calles y rutas, libremente y sin temor a ser detenido por piquetes ni secuestrado, asesinado o robado. Confiaban en que los contratos y convenios serían cumplidos. Nadie temía ni se angustiaba por el poder adquisitivo de sus sueldos, depósitos bancarios, alquileres. Sin duda cometimos errores durante nuestro gobierno. Pero, para corregirlos, no se necesitaba tirar todo lo conseguido a la basura, aumentando la desazón e indigencia de nuestra gente. Hoy los argentinos estamos peor, sufriendo y desandando los avances de mi gobierno, que terminó hace ya casi cinco años.

Yo, como siempre, estoy y estaré al servicio de mi pueblo, listo para escuchar sus reclamos y colaborar para superarlos.

Mejor que repartir culpas es hallar soluciones.

Estos históricos avances se lograron en la más amplia y total libertad que los argentinos hayan gozado en toda la historia. En ese clima de buena convivencia, entregué el bastón presidencial al candidato de la oposición, quien triunfó en las elecciones más limpias conocidas. Aquí también marcamos un hito, pues desde 1916, cuando Yrigoyen fue ungido por V. de la Plaza, ningún presidente había sido sucedido por el candidato de la oposición, luego de completar el período constitucional.

Me criticaron duramente en todo mi mandato. Los funcionarios y yo aprendimos con esos comentarios. Fueron útiles para corregir errores que seguramente cometimos durante tan larga y fecunda administración. Nos hicieron bromas y tomaron el pelo. Aprendimos a reír juntos. Gobiernos anteriores incurrieron en compromisos no documentados, nosotros nos hicimos cargo y encima nos enrostran el aumento de la deuda pública.

Creamos entendimientos, acordamos las fronteras con nuestros vecinos y concretamos negocios a largo plazo con todos ellos. Que, ahora con otros criterios, se entorpecen. Nos aliamos con los EE.UU. y fortalecimos los lazos con Gran Bretaña, el enemigo elegido por la dictadura militar para distraernos de nuestros verdaderos intereses. Establecimos que el principio de la defensa de los derechos humanos en todo el continente no debe ceder ante conveniencias mezquinas, que pueden perjudicar a los pueblos, como es el caso de los hermanos cubanos. Indultamos a quienes nos persiguieron y encarcelaron con encono y también nos acusan por ello.

• Nuevo país

Al asumir la Presidencia, pensamos que, para la Argentina de 1989, hubiera sido demasiado conflictivo seguir en la puja por alterar las visiones del pasado, reescribir la historia vieja, revanchas sin fin que tanto dañaron la convivencia. Preferimos construir oportunidades para amplias mayorías, con salarios dignos, un nuevo país con una perspectiva promisoria, emprendedores confiados en desarrollar negocios, sin temor a que les endilguen falencias inventadas o que los reten por las culpas de los funcionarios de turno.

Hoy, denostado y perseguido como ningún otro presidente desde Perón, se me acusa de todos los males, igual que se hizo con el creador de nuestro movimiento, durante su exilio. Sin embargo, hasta las mismas cifras oficiales desmienten esas falsedades. Después del «crecimiento asombroso» de nuestro país, el ingreso por habitante es todavía apenas la mitad del de 1999, último de nuestro mandato y hay por lo menos dos millones de nuevos desocupados, perdiéndose los puestos ganados durante nuestra administración.

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